LIBROS

El léxico familiar de Shirley Jackson

Tras los «Cuentos escogidos», «Deja que te cuente» aporta relatos y ensayos inéditos de una autora que no solo cultivó el género gótico

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Que Shirley Jackson (San Francisco, 1916; Bennington, 1965) poseía una de las escrituras más portentosas de la escena literaria estadounidense del siglo pasado lo pudimos comprobar hace tres años, cuando Minúscula rescató al español sus «Cuentos escogidos». Fue así como «La lotería», publicado en 1948, trascendió por fin las antologías de relatos y ganó entidad propia. Recién adaptado por Miles Hyman a una versión gráfica en Nórdica, este cuento sobre un macabro ritual de los habitantes de un pueblo de 300 habitantes escandalizó a los lectores de «The New Yorker».

«La gente no dejaba de enviarme cartas, diciéndome que era una historia aterradora –dijo la autora–. Estuve un tiempo intentando decirles que solo había tenido que pensar en mis vecinos, pero no me creían». Pero Shirley Jackson es mucho más que «La lotería» y que «Siempre hemos vivido en el castillo», su novela más importante.

«Deja que te cuente» viene a completar el perfil de una escritora que no solo cultivó el género del terror. Editado por sus hijos, este volumen incluye cuentos y ensayos que habían quedado perdidos en cajas sin identificar: montones de papeles amarillos con la tipografía de la vieja máquina de escribir Royal de una autora que, «por una serie de errores de juicio propios de la ingenuidad y la ignorancia», se vio sumida en una familia con cuatro hijos y un marido, el crítico de libros Stanley Edgar Hyman, «en una casa de dieciocho habitaciones y sin ninguna ayuda».

Más allá de los cuentos incluidos –algunos de iniciación; en los que se adivina su ingenio; otros góticos, con esos finales afilados marca de la casa, e incluso cuentos sin terminar, como el que da título al libro–, el valor de «Deja que te cuente» está en las conferencias sobre el oficio de escribir y sus divertidos ensayos sobre la vida familiar.

Jackson se descubre como una ama de casa que se contaba historias mientras hacía las camas o lavaba los platos. «Al fin y al cabo, ¿quién puede aspirar una habitación y concentrarse en ello? –se preguntaba–. Un escritor siempre está escribiendo, viéndolo todo a través de un delgado velo de palabras». Si su marido le regalaba una barra magnética de cocina, ella se imaginaba que podría atraer cualquier cosa, incluso su anillo de boda. Con Jackson el batidor o los tenedores tenían vida propia, y la «casa encantada» en la que vivían la ayudaba en las tareas del hogar.

«Creo que una historia puede hacerse a partir de cualquier pequeña combinación de circunstancias, dispuestas de la manera más provechosa y adornadas con cierto uso de la imaginación», escribió. En las suyas comenta con gracia cómo lo que realmente regía su vida era la vida de las amigas de su hija. «Uno a uno, nosotros, los cuatro hijos, nos convertimos en personajes de la obra de Shirley –dicen–. A menudo cuando abríamos las revistas nos encontrábamos a nosotros mismos haciendo, sin querer, de actores cómicos». Nunca les molestó, como tampoco les molestaba el ruido que hacían sus padres con las máquinas de escribir cuando trabajaban en el estudio cod o con codo, a poco más de un metro de distancia.