LIBROS

Frank Conroy, un acto de fe

Libros del Asteroide recupera «Stop-Time», las singulares memorias del autor neoyorquino sobre su paso de la niñez a la juventud

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Un año antes de morir, con la serenidad de dejar tras de sí una brillante e inesperada carrera como pianista de jazz y escritor, con cinco libros publicados y asentado en la dirección del Taller de Escritores de la Universidad de Iowa, Frank Conroy (Nueva York, 1936; Iowa, 2005) concedió a «Narrative Magazine» una de esas entrevistas que quedan en el legado de un autor. En ella decía no creer en el escritor por naturaleza, sino en el lector por naturaleza que gradualmente se atreve con el folio en blanco: «Lees, lees, lees, lees y entonces comienzas a escribir».

Conroy no hacía sino describir su propia experiencia, la de un niño que heredó de su padre cientos de libros que leía de forma obsesiva para escapar de su laberinto interior. «El mundo real se evaporaba y yo podía vagar en la fantasía, viviendo mil vidas, a cual más poderosa, más accesible y más real que la mía», escribió. Es así, protegido en su habitación, con leche y galletas, como pensó por primera vez que podía ser novelista: «Dios mío, qué maravilla poder contestar eso».

De ahí su serenidad para no lamentar su corta producción literaria. Podría haber escrito doce libros más, desde luego tenía talento para ello, pero era feliz con haber firmado dos que perduraran. Ya era un éxito que solo uno lo hiciera, como ocurrió con «Stop-Time», el primero que Conroy publicó, en 1967. Libros del Asteroide ha tenido la feliz idea de encargarle a Eduardo Jordá la traducción de estas turbulentas memorias sobre el paso de la niñez a la juventud.

El libro se lee y debe leer despacio. Así es como uno se reconoce en ese abandono tan típico de los niños y que tan bien describe el autor neoyorquino. En esa mirada descreída y nada complaciente de sí mismo, un niño de 11 años cuya filosofía era el escepticismo. En esa manera de protegerse con la rabia durante su adolescencia.

El autor consigue destruir su pasado al tiempo que celebra su juventud. Más que un ajuste de cuentas –Conroy dice que lo escribió para «vengarse» de su memoria–, «Stop-Time» es una inclemente y deliciosa evocación de sus orígenes. «No había cambiado nada, excepto yo», dice exultante en las últimas páginas. Es difícil leerlas sin una sonrisa en la boca.

Conroy, una suerte de Holden Caulfield sin pretensiones, cerró las bocas de todos los que se preguntaban quién era ese treintañero que iba dejándose ver por los ambientes literarios de Nueva York. «No quiero sonar engreído, pero el libro tuvo una influencia real en cómo se entendió este tipo de escritura», dijo el autor.

Son varios los motivos que explican el impacto de esta obra. No solo puso de acuerdo a Mailer –«Una autobiografía con la honestidad íntima de una novela»– y Styron –«Un libro notable por su frescura, sabiduría y su falta absoluta de autocompasión»–; si «Stop-Time» pasó de mano en mano, como si fuera un libro clandestino, fue porque estrenó un patrón poco o nada transitado hasta la fecha en la no ficción, el de ponerle literatura a los recuerdos.

Por puro instinto, con la única voluntad de explicarse a sí mismo, escribió la novela de su vida vivida. Cómo comprendió que estar vivo es sinónimo del hecho de tener problemas. «Cada vez que terminaba un capítulo me quedaba exhausto, y salía a beber y a perseguir faldas –reconoció–. La gente imaginaba que yo sabía lo que estaba haciendo. Pero no lo sabía. El libro no fue otra cosa que un acto de fe».