Artistas, amigos, familiares y residentes en Madrid

El Museo Thyssen revisa en una exposición el trabajo de los realistas de Madrid, un grupo más generacional y afectivo que artístico

MadridActualizado:

Es ésta la historia de un grupo que nunca existió. Sus protagonistas: Antonio López, los hermanos Julio y Francisco López Hernández, María Moreno, Isabel Quintanilla, Amalia Avia y Esperanza Parada. La crítica se empeñó en etiquetarlos, en adscribirlos a un grupo artístico, los realistas de Madrid, pero ese grupo jamás se creó ni se firmó manifiesto fundacional alguno, como sí hicieron los abstractos con El Paso. «Nunca sentimos esa necesidad, advierte Antonio López. Por algún motivo, yo no sé por qué, nos agruparon dentro del realismo y, más en concreto, en el realismo madrileño. Éramos amigos, pero sentíamos cierta aprensión, y yo todavía la siento, respecto al hecho de formar un grupo de manera voluntaria, y como una especie de estrategia, con unas reglas y unas normas». Los demás se muestran de acuerdo. Tan solo a Julio López parece molestarle algo menos: «Situarnos en un grupo nos da más presencia».

En realidad, es un grupo generacional («como el del 98, apunta Antonio, cuyos miembros fueron inocentes de tal invento») y afectivo, integrado por jóvenes pintores y escultores que coincidieron en los años cincuenta en Madrid, fueron compañeros de estudios en la Escuela de Bellas Artes, se hicieron amigos e incluso se casaron entre ellos. Han expuesto en colectivas por todo el mundo. Tienen afinidades: todos apostaron por el realismo y la figuración. Y nacieron en la capital, salvo dos excepciones: Antonio López, que es de Tomelloso, Ciudad Real; y Amalia Avia, natural de Santa Cruz de la Zarza, Toledo. Pero todos ellos reivindican sus individualidades.

«Antoñito», el «cabecilla» del grupo

El Museo Thyssen revisa el trabajo de «Los realistas de Madrid» en una exposición que reúne 87 obras (óleos, esculturas, relieves y dibujos) y que abrirá sus puertas del próximo día 9 al 22 de mayo. Queda todo tan en familia que hasta uno de loscomisarios es María López, hija de Antonio. El otro es Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, que vuelve a apostar por el realismo, tras el enorme éxito de la monográfica de Antonio López en 2011.

A mediodía de ayer cuatro de los artistas presentes en la muestra mantuvieron un encuentro con un reducido grupo de periodistas. Faltaban María Moreno, a causa de su delicado estado de salud; Esperanza Parada y Amalia Avia. Ambas murieron en 2011. La complicidad entre ellos se aprecia desde el primer instante. Pese a que le molesta que se le diga, Antonio López es el «cabecilla», el líder del grupo, aunque involuntario. Cara visible del realismo español en todo el mundo, no solo lidera las ventas, también la conversación. Ya apuntaba maneras «Antoñito», como le llamaban cuando a los 14 años aprobó en 1950 el examen de ingreso en la Escuela de Bellas Artes y sorprendió a todos con una genialidad que aún hoy admiran sus colegas.

Tanto a él como a Julio y Francisco López les debemos el verbo «lopecear», que debería aceptar la RAE en su diccionario: son los tres López con más talento del arte español. Buena prueba de ello fue la escultura de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía que hicieron a seis manos en 2001 para el Museo Patio Herreriano de Valladolid. Bueno, en realidad a ocho manos, pues Isabel Quintanilla confiesa que ella hizo el zapato de la Reina.

De Madrid... al cielo

Dicen que no se han sentido maltratados, ni incomprendidos, ni desamparados por el hecho de ser realistas. Julio discrepa:«No se nos ha estudiado ni estimado tanto como a los artistas abstractos y de vanguardia». En este grupo no hay cuotas de género que reivindicar: cuatro mujeres frente a tres hombres. «Tuvimos la suerte de que nuestros maridos eran también artistas, comprendían nuestro trabajo y nos alentaban para que siguiéramos», dice Isabel. Madrid ha sido una constante, un protagonista indiscutible en sus obras. «Era importante hasta para los que no pintaban la ciudad», apunta Antonio. Julio aprovecha para elogiar las vistas aéreas de la capital de su colega y amigo:«Es fantástico ese Madrid que pinta entre el cielo y el cemento».

Todos ellos se admiran, se respetan, se quieren. Unos tienen obras de los otros. «Yo les he necesitado mucho –advierte Antonio–. Estaba solo un tiempo, pero luego volvía. No podía estar sin ellos». Toda una declaración de amor. Pero, ¿son sinceros en sus críticas?, les preguntan. «Sí, sinceros y prudentes», responde Antonio, quien confiesa que en alguna ocasión ha recurrido a ellos en su trabajo:«Paco me ayudó en el grupo “Hombre y Mujer”. Les pediría ayuda siempre que lo necesitase. Ojalá nos hicieran más encargos juntos, sería estupendo». Ya sabe, tiene que pedírselo a Pedro Sánchez. «Es el que manda ahora, ¿no?», dice Antonio. «Cada vez comprendo y estimo más la obra de mis compañeros», apunta Julio.

Isabel habla de «la preciosa luz de Madrid». «Pero está ya muy contaminada», apostilla Antonio. «También hay sombras y oscuridad en esta ciudad», remata Julio. Paco escucha, asiente... pero apenas habla. Dice Antonio que nota mucho que sus compañeros son madrileños y él no:«Yo pinté Madrid como alguien que llega a esta ciudad y se queda asombrado, como si viera las Pirámides. Vosotros teníais con Madrid una cercanía que yo no tenía». «Pero a mí me cansa pintar siempre el paisaje de Madrid, sus casas, sus ventanas... Me atraen más otras cosas», apostilla Isabel.

Una limosna para Antonio

La charla discurre amena, va de un tema a otro. Cuentan anécdotas: como el día que una mujer le dejó una moneda a Antonio mientras pintaba en la Gran Vía. Y evocan aquellos días de juventud en que estudiaban en la Escuela de Bellas Artes, visitaban el Prado y el Museo de Reproducciones Artísticas (estaba entonces en el Casón del Buen Retiro). ¿Quién sacaba mejores notas? Antonio presume de expediente. «Yo era regular», puntualiza Isabel. Compartieron galerías (Juana Mordó, Biosca...) con los pintores abstractos. ¿Qué tal se llevaban con ellos?«Nos tratábamos con cortesía. Pero tuvimos grandes amigos, como Lucio Muñoz y Enrique Gran».

Se sienten unos privilegiados por haber podido vivir del arte («es muy difícil»), pero advierten de que hay mucho narcisismo en el arte moderno y que ellos han renunciado a la modernidad para acercarse a los demás. Paco e Isabel consideran ARCO muy inhóspito. Por eso no van a la feria. «Si me llevan, yo voy», dice Antonio:«Los salones franceses del XIX son el ARCO de hoy. Hay que sacar el arte al mundo y mostrar lo que se está haciendo». ¿Sus hijos y nietos han seguido sus pasos en el arte? «Mi nieta sí, comenta Isabel. Y mi nieto es escultor, desgraciadamente» (Ríe). Julio tiene una hija pintora y un nieto diseñador.

No pierden la esperanza de que algún día se inaugure el museo de arte realista en Albacete. La primera vez que expusieron juntos fue en 1970 en Múnich. Su última gran exposición en Madrid, en 1992. «Esta muestra es un regalo», dice Antonio López, que exhibe cuadros tan célebres como «Lavabo y espejo» y «Cuarto de baño». Es la primera vez que ve este último en 50 años. La exposición se cierra con su obra «Ventana de noche», aún sin terminar, que destaca por su original visión de gran angular.