Imagen del vídeo de «Black Lake», perteneciente a su nuevo disco, «Vulnicura»
Imagen del vídeo de «Black Lake», perteneciente a su nuevo disco, «Vulnicura» - abc

Björk inunda el MoMA de paisajes sonoros

El museo neoyorquino dedica a partir de este domingo una retrospectiva multimedia a la artista islandesa, coincidiendo con la publicación de su disco «Vulnicura»

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Björk es intensa. Puede gustar más o menos, pero nadie negará la excitación que impregna todo lo que le rodea. Esa intensidad desembarca a partir del domingo en Nueva York, en la retrospectiva que le dedica el Museo de Arte Moderno (MoMA).

La exposición muestra el universo «björkiano» en toda su extensión, con música, poesía, narración, vídeo, manuscritos, fotografías e instalaciones que se entremezclan. De la artista islandesa solo se podía esperar una muestra diferente y ese es el gusto que se ha dado en el MoMA. Ha podido trabajar con libertad y ambición, sobre todo por montar la exposición de la mano de Klaus Biesenbach, comisario todoterreno del MoMA, director de la sucursal más experimental del museo – MoMA PS1, en Queens- y gurú de la contemporaneidad neoyorquina.

El bloque central de la retrospectiva es un recorrido por los ocho álbumes de Björk y los lenguajes visuales y sonoros creados alrededor de cada uno. Tiene lugar en una estructura de dos pisos construida en el amplio atrio del museo. El piso de arriba es una ruta unidireccional e interactiva por salas dedicadas a cada uno de los álbumes. Se visita con cascos que reproducen música y una narración biográfica ficticia, de la escritora islandesa Sjón. Es una experiencia íntima y envolvente, en la que el sistema de audio cambia automáticamente al pasar de sala en sala. La instalación sonora, diseñada en el Electronics Research Lab de Volkswagen, es una muestra más de la inclinación tecnológica de Björk; la aplicación móvil que ejecutó para su álbum «Biophilia», fue la primera creación de este tipo en entrar en la colección permanente del MoMA.

Señas de identidad

En cada espacio se ven multitud de cuadernos de notas y letras de la artista, instalaciones relacionadas con la atmósfera de cada álbum y máscaras y vestidos icónicos –una de las señas de identidad de la islandesa-, como el de robot diseñado por Chris Cunningham para el vídeo musical «All Is Full of Love», el de cisne de Marjan Pejoski, la camisa ribeteada como «correo por avión» de Hussein Chalayan, un diseño de su gira más reciente –la de su álbum «Biophilia»- y vestidos firmados por Alexander McQueen.

En este viaje queda clara la complejidad del lenguaje sonoro y visual de Björk, que ha bailado en sus casi tres décadas de carrera entre lo clásico y lo experimental, entre el folklore y los sonidos digitales, entre lo tradicional y lo futurista… «Llega incluso a cerrar las grietas entre el hombre y la máquina, entre los seres vivientes y el material muerto», dice el catálogo de la muestra.

Para ello, la artista siempre ha sido permeable a otras disciplinas, algo que caracterizado su carrera. «Durante décadas, ha desarrollado una colaboración intensa para visualizar y expresar su música y letras. Ha trabajado con fotógrafos, cineastas, diseñadores, arquitectos, artesanos e inventores para atravesar en todas las categorías de la alta y baja cultura, en lo digital y lo analógico, para llegar a los territorios más creativos», explica Biesenbach.

La exposición también presenta instrumentos no convencionales usados por Björk en «Biophilia», desperdigados en zonas comunes del museo, como una bobina Tesla que produce sonidos, un arpa gravitatoria o un «gameleste», una mezcla de «gamelán» (una instalación de percusión de la música indonesia) y celesta (un tipo de órgano).

Los mejores vídeos

De vuelta al atrio, el piso inferior está dedicado a dos espacios de proyección de vídeo. Uno recoge una selección de los mejores videos musicales de Björk, con ejemplos icónicos como «Hunter» (Paul White, 1997), dominado por la cabeza rapada de la cantante y los efectos especiales que se crean en torno a ella, «Who is it» (Dawn Shadforth, 2004), en el que se ve el «vestido de campanillas» que Alexander McQueen creó para ella; o el legendario «Big Time Sensuality» (Stephane Sednaoui, 1993), en el que Bjork recorre Manhattan bailando sobre un camión. Este último vídeo –lleno de posturas, exclamaciones, suspiros, sonrisas desatadas y miradas insólitas, el repertorio gestual clásico de la islandesa- se proyecta sin parar en una pared gigantesca del atrio.

En la otra sala, dos pantallas alargadas y enfrentadas proyectan el último vídeo musical de Björk, que pertenece a su álbum más reciente, «Vulnicura». Estaba previsto que se publicara este mes, pero una versión –en teoría completa- del álbum se filtró en internet el 18 de enero, y la discografía lo sacó a la venta en iTunes dos días después.

El vídeo –de la canción «Black Lake»- y la instalación en el que se muestra es una comisión del propio museo y es un buen ejemplo del carácter dual de Björk: mezcla los paisajes diáfanos de Islandia con una cueva claustrofóbica, los arreglos digitales con la cuerda natural de los violines, el vestido elaborado con la desnudez de sus pies sobre la tierra negra, la serenidad con el histerismo gestual… Ese dualismo de la islandesa probablemente se traslade a los visitantes. Habrá quien vea en Björk creatividad, espiritualidad, vanguardia, personalidad y relevancia artística y habrá quien vea rareza, teatralidad, impostura, excentricidad y capricho. O incluso se puede salir del MoMA con las dos sensaciones.