Antonio López, en su estudio
Antonio López, en su estudio - ERNESTO AGUDO

Antonio López: «El Retrato de la Familia de Juan Carlos I es poderoso, tiene dignidad»

El próximo miércoles verá la luz un cuadro que se ha hecho esperar veinte años. Formará parte de una exposición que inaugurarán Don Juan Carlos y Doña Sofía en el Palacio Real de Madrid

Actualizado:

Si se registraran las llamadas de mi móvil en los últimos años, aparecería el número del estudio de Antonio López tanto como el de la casa de mis padres. Si hubiera en él un crimen -es un decir, claro-, sería sospechosa. «Hola Antonio, ¿cómo estás? ¿Qué tal llevas el cuadro de la Familia Real?» Un clásico. También su respuesta: «Va bien, estará terminado para el Santo del Rey». O: «Lo entregaré en su próximo cumpleaños». Veinte años, y cinco presidentes de Patrimonio Nacional después, al fin está acabado. A Antonio López se le pilla pelando nueces -es el caso del pasado miércoles, cuando cerramos esta entrevista- o pintando un membrillero. Los genios no entienden de esnobismos.

La cita es en su estudio, al norte de Madrid, al lado de la calle del membrillo -no podía ser de otra forma-. La conversación, con cabezas velazqueñas, la «Última Cena» de Leonardo, frescos de Pompeya y un retrato de su amada Mari como testigos, se desarrolla con tranquilidad, como a él le gustan las cosas. «Cascabel», su gato, no parece compartir, en cambio, su filosofía de vida y corretea sin parar. A partir del jueves, el público podrá admirar su flamante Retrato de la Familia de Juan Carlos I en el Palacio Real de Madrid, junto a otras 113 obras, en la exposición «El Retrato en las Colecciones Reales. De Juan de Flandes a Antonio López».

-Ahora sí que sí. Al fin el cuadro está acabado. ¿Satisfecho? ¿Moderada o totalmente?

-No sé decirle. En algunos momentos me parecía que tenía dignidad, plenitud, luminosidad y presencia. Otras veces me parecía que no era como quería hacerlo. Pero eso me suele ocurrir.

-Quizá se deba a que es un insatisfecho permanente...

-No, eso nos pasa a todos los artistas. A lo mejor dentro de cinco años...

-¿Cree que hay darle tiempo para verlo con perspectiva?

-Yo lo necesito. No estoy cansado de trabajar en él ni de verlo. Podía haberlo seguido perfectamente. Era un cuadro que no estaba cerrado para mí.

-¿Ya sí?

-Se ha enderezado mucho; es poderoso, tiene dignidad y las figuras tienen presencia y nobleza. Pero depende de dónde pongas el listón.

-¿Y dónde pone el suyo?

-Yo muy alto. No es que lo ponga yo, es que nos lo han puesto muy alto a los artistas que trabajamos en la figuración. Si hablas de retratos, piensas ya en Nefertiti hace miles de años. Desde entonces se han hecho unas representaciones humanas verdaderamente asombrosas.

-¿Le ha pasado con otros cuadros, que tampoco los veía cerrados?

-Sí, con el de la Asamblea de Madrid. Podía haberlo seguido.

-¿Hubo alguna imposición en el encargo del retrato de la Familia Real?

-No. Han tenido una actitud tan considerada... Me he sentido culpable, porque pasaba el tiempo y no veía la forma de que el cuadro se solucionara. Trabajaba como el que mueve una piedra pesadísima y no sabe si tiene energía suficiente para moverla.

-¿Se sintió realmente culpable?

-Sí, es que hay pinturas que no salen.

-¿En su caso muchas?

-Unas cuantas. Pero le pasa a todos los pintores. Hasta al más grande.

-¿Ha sido este retrato el mayor desafío de su carrera?

-Nunca pinto pensando en eso. Cada cuadro tiene una dificultad. Hay obras que no he podido con ellas. O no he sabido. El natural me ha sido hostil. Tengo muchas en el estudio sin acabar.

-¿Y no les da otra oportunidad?

-Se han quedado así.

-¿Ha llegado a quemar, romper, destruir obras?

-He llegado a dejarlas. Y a desorientarme muchísimo, y a perderme en toda esa batalla. No es el caso.

-¿Por qué se ha resistido tanto este cuadro?

-Algo que me ha atormentado todo el tiempo es dónde ubicaba a los personajes en el cuadro, la distancia entre las figuras. Está hecho a partir de fotografía, pero no de una sola. A la figura de la Reina le cambié el traje. En un momento me pareció que no funcionaba bien, que estaba un poco abarrotado de detalles. Lo hablé con Doña Sofía, vino con un traje distinto y lo cambié. Pero después he vuelto al primero. La única figura que ha permanecido en el sitio, y tal como la empecé -apenas unos leves cambios-, es el Rey. Aparece en el centro.

-¿Sabe un pintor cuándo está terminado definitivamente un cuadro?

-Yo sé cuándo me gustaría seguirlo. Lo de acabado o no... No hay un botón rojo que se enciende cuando lo está.

-Este retrato mide 3 por 3,39 metros. ¿Es su mayor cuadro?

-Sí.

-Pero, ¿en todos los sentidos?

-No se puede saber. Pero es un cuadro diferente a todos los demás. Ha sido una experiencia nueva para mí. Yo había hecho parejas, pero nunca una familia.

-Han pasado 20 años desde el encargo y ha habido muchos cambios en la Familia Real. De hecho, ha cambiado hasta la propia Familia Real. La que ha pintado es hoy la Familia de Don Juan Carlos I. ¿Cambia en algo el significado de este cuadro?

-Pienso que no.

-El día que abdicó el Monarca, ¿no le dio un vuelco al corazón pensando que habría que modificar el lienzo?

-No. Me he centrado en la solución de un problema pictórico. He trabajado con muchísimo placer en este cuadro. Para mí ha sido una experiencia valiosísima.

-¿Cómo vivió la abdicación del Rey?

-Tengo la misma edad que Don Juan Carlos. Bueno, dos años más. Me parece que se merecía un descanso. La sociedad es tan fisgona que no le dejaba ni respirar. No hay derecho. Tenía que descansar. Está bien así. Si no hubiera sido hace seis meses, hubiera sido en dos años. Estaba al límite.

-Si me permite la pregunta, aun a costa de parecer fisgona, ¿es usted monárquico?

-(Se lo piensa unos segundos) Yo no he conocido más que el Gobierno de Franco y los Reyes. Ha estado bien la Monarquía. Y creo que tal como van las cosas, la Monarquía, cuando funciona de una forma razonable, está muy bien.

-¿Y confía en que con Don Felipe seguirán yendo las cosas igual de bien?

-Tal y como es la Monarquía pienso que sí. La sociedad les exige demasiado.

-¿Le ha pesado continuar una tradición pictórica española de retratos reales con ejemplos tan espléndidos como «Las Meninas», de Velázquez, o «La Familia de Carlos IV» de Goya?

-No. Es una época distinta. El pintor vive de otra manera, no está metido en la vida de los Reyes. Es un problema pictórico. Yo lo he vivido así.

-¿Trabajar con fotografías y no del natural le complicó el trabajo?

-Sí, me ha complicado, me ha limitado, pero también me ha permitido hacerlo. Cuando me lo encargaron, sabía que tenía que hacerlo así o no lo hacía, dada mi manera de pintar. Si fuera Sorolla o un artista que tarda una semana en pintar un cuadro... Pero no es mi caso. Y yo quería hacerlo. Si otros pintores utilizan la fotografía, ¿por qué no voy a hacerlo yo? Yo deseaba pintar este cuadro y eso ha tirado de todo para continuar la pintura. En ningún momento me he cansado. A veces me he podido desanimar.

-¿En ningún momento pensó tirar la toalla?

-No, nunca. Antes hubiera llamado a algún pintor para que me hubiera echado una mano.

-No veo a ningún artista atreviéndose a ayudar a Antonio López a pintar un cuadro.

-¿Por qué no?

-Porque me parecería una osadía.

-Hay gente que pinta muy bien. Ha habido momentos en que no veía avanzar el cuadro. Trabajaba, trabajaba, y no lo veía avanzar. Eran dudas que no se solucionan de un día a otro.

-¿Ha sido más una lucha con la pintura o consigo mismo?

-Con la escultura del hombre y de la mujer que hay en el Reina Sofía me tiré en el estudio muchísimo tiempo, con muchísimas dudas. [Tardó exactamente 26 años] Y sin ningún deseo de dejarlo. Había algo que quería averiguar. Mi manera de trabajar es así. Lo que te hace continuar es la fe en que esa aventura es fascinante. Y trabajar en este cuadro ha sido una experiencia magnífica.

-¿En esta lucha entre el cuadro y usted quién ha ganado?

-He ganado yo: experiencia.

-Pero imagino que le ha llevado al límite de sus posibilidades, ¿no?

-Yo siempre estoy en el límite de mis posibilidades, es mi forma de trabajar. Cuando pinto una flor, que parece muy sencilla, estoy al límite. No sabes qué va a pasar. Hay personas que, por su naturaleza, viven así. Es mi caso.

-Quería retratarla como una familia más, ¿no?

-Al principio del proyecto me dijo el Rey que querría que el cuadro representara a una familia española.

-Pero eso era imposible...

-Bueno, no hay cetros, no hay mantos de armiño, no hay coronas... Si caes de Marte y no sabes que es la familia de los Reyes, dirías que parece una familia más.

-¿Cómo queda la composición?

-El Rey coge suavemente de la espalda a la Reina. Ella está delante de él, la presenta en cierta forma. Está a su izquierda. A su derecha está la Infanta Elena, a la que coge por el hombro. Una cosa que me complicó un poco es que en el posado inicial faltaba la Infanta Cristina. Estaba de viaje. Vino otro día. El Príncipe se halla en el extremo derecho del cuadro y la Infanta Cristina en el izquierdo.

-¿De qué figura está más orgulloso?

-Lo que más me gusta del cuadro es su tono moral, ético; la limpieza y la nobleza que emanan de él. No es un cuadro de detalles, sino una lucha por conseguir un conjunto armónico.

-¿Cree que ha conseguido captar en cada una de las figuras su auténtica personalidad?

-Seguramente podía haber estado más fino.

-Inocencio X exclamó «Troppo vero!» al ver reflejada su alma en el retrato de Velázquez. ¿Dirán algo parecido los retratados en este cuadro?

-No sé si les va a gustar. Me encantaría que así fuera.

-¿Sabe si lo han visto ya?

-No lo sé, pero creo que no.

-José Luis Díez, director de Colecciones Reales, decía que en estos diez metros cuadrados está el mejor Antonio López...

-No sé si es el mejor Antonio López o no, pero es un Antonio López distinto. Hay una cosa muy buena de este cuadro y es que no hablo de mí de una manera directa. Mi pintura, como la de casi todos los figurativos, es muy autobiográfica. Como la mayoría de los cineastas y de los poetas. Y acabamos siendo unos pesados, hablando de nuestras alegrías y nuestros pesares. Ha acabado siendo eso el arte. En la «Gioconda» está Leonardo, pero es involuntario. Y en el «Juicio Final» está Miguel Ángel, pero es involuntario. Ahora es voluntario todo, todo es tu vida, tus intestinos, tus sentimientos... Que la obra trate de algo que nos corresponde a todos es algo sano.

-¿Es su obra menos autobiográfica?

-Pero yo creo que para bien. He querido armonizar lo que querían los demás con lo que yo podía ofrecer.

-¿Es benevolente con su obra o es su peor crítico?

-Me llevo muy bien con mi trabajo y eso me ayuda a vivir.

-¿No es de los que se fustiga?

-Bueno, me fustigo todo lo que haga falta y me dejo el pellejo si es necesario. Soy de los españoles que se toman el trabajo en serio, pase lo que pase.

-¿Se planteó incluir a los entonces maridos de las Infantas, a Doña Letizia, a los nietos de los Reyes?

-Yo pregunté y me dijeron que no de una forma contundente. Pensaba incluirlos alrededor del cuadro.

-No ha querido enmarcar la escena en una sala palaciega...

-No, he hecho unos retratos como si fueran un grupo escultórico. El suelo, para que se posen en la tierra, y un fondo de pared. Toda la pintura es muy luminosa. Extremadamente luminosa. La luz entra en el cuadro y en los personajes y da carácter a la pintura. He intentado que el cuadro tuviera un mensaje luminoso. Sin mentir. Es lo luminoso que puede haber en la vida de unas personas.

-¿Se embarcaría en la aventura de retratar a la actual Familia Real?

-Pues mire, si me lo encargan, creo que lo haría con gusto.

-Sin embargo, sí tiene otro encargo de la Maestranza de Sevilla para retratar a Don Juan Carlos...

-Sí, está en marcha.

-Vamos, que no abandona a la Familia Real...

-No, he pensado estos años mucho en ellos.

-¿Ha sentido en estos veinte años la presión de Patrimonio Nacional por acabar el cuadro?

-No, nunca.

-Han pasado ya cinco presidentes por Patrimonio Nacional desde entonces...

-Me lo encargó Manuel Gómez de Pablos. En estos años me decían cosas, pero yo argumentaba y les convencía.

-De hecho, el cuadro ha estado tanto en su estudio como en el Palacio Real varias veces.

-Empecé el cuadro aquí, en mi estudio, luego me lo llevé al Palacio Real. Me lo volví a traer. Ellos me sugirieron que lo acabara allí. Y me he alegrado, porque he estado muy tranquilo, a gusto, pintando en el Palacio esta última etapa.

-Por curiosidad, ¿cuál ha sido la última pincelada del cuadro?

-Las últimas han sido en los rostros de algunas figuras. Trabajé en varias cosas a la vez en los últimos días y no recuerdo. Un hallazgo del final del cuadro es que he incorporado un reflejo del sol en la parte izquierda de la pintura. De repente vi un día que entraba un rayo de sol desde el jardín de Sabatini, que reflejaba muchísimo por un objeto metálico. Era mediodía.

-Cobró hace años los honorarios: 50 millones de pesetas. Hoy esa obra valdría muchísimo más en el mercado... ¿Se arrepiente de no cobrarlo ahora?

-Es una pintura que haría, no sé si gratis, pero no tiene mucha importancia el precio. De todas maneras fue para mí un buen precio. Tampoco pensé que iba a estar tanto tiempo trabajándolo. Me sentí muy honrado y muy feliz de que me encomendaran esta tarea.

-¿Encierra el cuadro algún lenguaje iconográfico, alguna simbología?

-Tiene algo que ver con lo religioso: la manera frontal de presentarse los personajes, con el Rey, protector, en el centro, puede aludir a la pintura bizantina.

-¿Está firmado?

-Sí.

-¿Y fechado?

-También. Lo he fechado: 1994-2014.

-¿Agotado, exhausto, feliz?

-He trabajado siempre con entusiasmo. Y cuando me cansaba, descansaba.

-Pero ha dicho en alguna ocasión que pintar este cuadro ha sido como escribir «Guerra y Paz».

-Bueno, pues sí, es un cuadro trabajoso, dificultoso. Pero ha sido una experiencia magnífica.

-¿No se ha quitado un peso de encima?

-Hay pesos que te gusta llevar encima y otros que no. Nunca lo he llevado mal. A veces he tenido mala conciencia, no como pintor. Podía pensar que no se me entendía por qué tardaba. Podía interpretarse como desatención y eso me ha creado sufrimiento. Pero no me ha hecho cambiar de actitud nunca. He soñado a veces con estos personajes.

-Hablemos un poco de la actualidad. ¿Cómo ve el país?

-Muy mal, horrible. Todos somos un poco culpables. Es como una forma de suicidio moral.

-¿A qué atribuye tanto caso de corrupción?

-Ha existido siempre. Pero veo en la actualidad una especie de cinismo: como cada vez hay más gente metida en el ajo, da igual. Me asusta que nos acostumbremos a esta especie de perversidad.

-Y en Cataluña los independentistas erre que erre...

-Si se quieren separar, está bien que vivan esa experiencia y que la vivamos los demás. Imagine que tiene un hijo y se quiera ir de casa. Si los catalanes deciden que somos una dificultad para ellos, les dejaría libres. A lo mejor es España la que sale ganando. Tener a alguien descontento no es bueno. Hay que dejarles que vivan esa experiencia. Quizás dentro de dos años estamos todos muy contentos, o no. Lo triste es que Pujol esté tan campante en la calle. Me asombra que haya tanta gente estropeada.

-Y Podemos hasta en la sopa...

-Esta gente mucho no me gusta. No creo en ellos, me parece que son muy facilones. Las cosas que dicen me suenan a antiguas. Algo tiene que pasar. Me gustaría que surgiera un partido nuevo que no hablara como los de antes.

-¿Cree que la Infanta Cristina debería renunciar a sus derechos sucesorios?

-Yo no me ensañaría ahí. Creo que el problema rebasa tanto, tanto...

-Pero el caso Nóos ha hecho mucho daño a la Monarquía.

-Ha hecho mucho daño, pero nada peor que lo que han hecho otros. Eso de ejemplarizar en unas personas, como el caso de Isabel Pantoja. ¿Por qué? No estoy de acuerdo. ¿Por qué ser más ejemplares con unos que con otros? De todas formas soy optimista: España se va a salvar. Veo peor la situación en otros lugares. Yo no me iría de aquí. Me gusta mucho nuestra tierra.