EFE
EL PULSO DEL PLANETA

La nueva casa de Ana Frank

Situada en Ámsterdam y con 1,2 millones de visitas al año, ha sido remodelada con la intención de sensibilizar aún más a los espectadores más jóvenes

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«Quien no pierde el valor ni la confianza, jamás perecerá por la miseria». Podría ser el tuit de cualquier adolescente, lanzado a las redes sociales con hambre de identidad y autoafirmación, pero es una frase que escribió Ana Frank sobre las páginas de una especie extinta, un diario. A pesar de las absolutamente excepcionales condiciones en las que vivió y murió la sensible y luchadora niña judía, sus comentarios sorprenden por la similitud con las vivencias de cualquier chico de hoy en día. Pero a los chicos de hoy en día les es terriblemente difícil entender las condiciones que hicieron de aquellas vivencias algo absolutamente excepcional.

A los millennials hiperconectados les resulta imposible la aproximación a una realidad de aislamiento como la que supone un encierro de años en el ático sin ventilar de un almacén, sin apenas contacto con el exterior. La generación en la que el trastorno infantil más común es la hiperactividad, con tasas de incidencia que oscilan entre el 5% y el 20%, ni siquiera puede imaginar la disciplina autoexigida en aquellos sobretechos y sótanos, en los que la supervivencia de familias enteras dependía del silencio y la inmovilidad de los niños. Por eso los responsables de la Casa de Ana Frank, en Ámsterdam, han remodelado el museo, con la intención de hacer llegar con mayor eficacia la información que atesora a los más jóvenes.

El museo, con 1,2 millones de visitantes al año, narra de forma cronológica y con abundante material la historia de las nueve personas que malvivieron en aquella buhardilla durante dos años, hasta su deportación en 1944. «La mitad de los visitantes son niños y jóvenes, pero es una generación que no conoce la historia, que no es capaz de contextualizar las fotos y los escritos, por eso ha sido necesario encontrar otra forma de contarles las cosas», explica la directora del museo, Garance Reus-Deelder, «solo si entienden completamente lo que pasó podremos formarlos en la responsabilidad de una sociedad abierta y democrática». También el director de la Fundación Ana Frank, Ronald Leopold, reconoce que buena parte de los europeos menores de 25 años «apenas conoce la historia de la guerra y de la persecución sufrida por los judíos en los años 30 y ahora que los supervivientes, los testigos, empiezan a faltar, es más necesario todavía encontrar la manera de mantener vivo el recuerdo».

Después de entrar en el edificio por la calle Westermarkt y ascender por la estrecha escalera de madera, los visitantes encuentran tras una falsa biblioteca la entrada oculta al escondite en el que Ana Frank cobra vida. La nueva exhibición no es posible con una audiencia masificada, por lo que las entradas solo pueden adquirirse ya por internet con horario predeterminado, el 80% de ellas con dos meses de antelación y el 20% restante un día antes de la visita.

Ana, en todo caso, no fue la única niña escondida que escribió un diario. Otto Wolf, Mina Glucksman, Clara Kramer, Leo Silberman, Bertje Bloch-van Rhijn, Edith van Hessen y Anita Meyer también dejaron textos sobre sus días de confinación y miedo, palabras no tan lejanas sobre la más negra historia europea que se pierden en la traducción contextual y a las que la generación del ruido puede terminar condenando al silencio.