Rommel, en uno de sus vehículos - ABC
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Muere el chófer militar que salvó la vida a Erwin Rommel, el general nazi al que odiaba Hitler

Según han afirmado fuentes de la familia, Hellmut Von Leipzig ha fallecido a los 95 años de edad en Namibia (África)

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Desde 1941, Hellmut Von Leipzig tuvo la responsabilidad de ser el chófer de Erwin Rommel, más conocido por el apodo que se ganó en el norte de África combatiendo contra los aliados: el Zorro del Desierto. A partir de entonces, ambos convivieron horas y horas en los asientos de todo tipo de todoterrenos visitando en primera línea el frente de batalla. Una peligrosa manía que tenía este militar y que estresaba sobremanera a sus conductores.

Hoy, aproximadamente 75 años después de que comenzara su trabajo a los mandos de este vehículo, el escritor y divulgador histórico español Pere Cardona (autor del blog «Historias Segunda Guerra Mundial») ha publicado (y ha confirmado en exclusiva a ABC) que, según fuentes familiares, Von Leipzig falleció entre el lunes y el martes en Namibia a los 95 años.

Hasta hace bien poco, la historia de Von Leipzig había quedado sepultada -al igual que las más de 35.000 bajas que tuvo el «Afrika Korps»- bajo la arena de todos los lugares que el fallecido recorrió junto a Rommel. Sin embargo, en mayo de 2015 sus vivencias fueron recuperadas por Cardona en su blog.

Su final supone el adiós de un militar que, después de haber tenido que pasar los últimos años de la Segunda Guerra Mundial en un campo de prisioneros del que intentó escapar, vivió en el anonimato en el sur de África hasta su fallecimiento. De momento, no obstante, se desconocen las causas que llevaron a dejar este mundo al último hombre que tuvo una relación estrecha con el Zorro del Desierto.

Nacido en Namibia

Como bien se explica en la reseña hecha en «Historias Segunda Guerra Mundial» (un artículo que leyó y aprobó como veraz el mismo Von Leipzig en vida) el futuro chófer de Rommel fue alumbrado el 18 de julio de 1921 en la localidad de Keetmanshoop (al sur de Namibia). Su infancia la pasó junto a sus dos hermanos en la granja familiar. Así, hasta que -con 16 años- sus padres le enviaron a Alemania para cursar estudios en ingeniería.

Allí, en pleno despertar del nazismo, nuestro protagonista (blanco, esbelto y moreno) se dio de bruces con Adolf Hitler y sus soflamas contra los judíos y el Tratado de Versalles (las brutales reparaciones de guerra que los aliados exigieron al país tras declarar a los germanos culpables del inicio de la Gran Guerra).

Su vida continuó entre libros hasta que, el 1 de septiembre de 1939, Adolf Hitler inició la invasión de Polonia. El punto de inflexión que hizo estallar la Segunda Guerra Mundial. Años después, Leipzig se sintió atraído por el «Afrika Korps» (el Cuerpo expedicionario que Hitler envió a África para reforzar las líneas de sus aliados italianos) y decidido a regresar al país que le había visto nacer.

Como él mismo señaló posteriormente en una entrevista, se presentó voluntario para combatir en este cuerpo y, en octubre de 1940, llegó hasta el continente. Aunque, como bien se explica en «Historias Segunda Guerra Mundial», lo hizo como un sargento encargado de la mensajería.

Rommel, en África

Mientras Leipzig andaba de un lado para otro del globo terráqueo, Alemania envió hasta África a un, por entonces, desconocido general: Erwin Rommel. Un oficial que, aunque había combatido en Polonia y Francia, todavía no se había hecho famoso a ojos de sus superiores.

A él se le encargó evitar el descalabro de las líneas italianas y conseguir que las tropas de Mussolini no acabaran pasadas a cuchillo por los ingleses. «Hitler acudió en socorro enviando un Cuerpo Expedicionario a Libia, el “Afrika Korps”. Se trataba de la 5ª División Panzer, destinada sobre el papel a actuar en labores defensivas bajo el mando italiano», explica el periodista e historiador Jesús Hernández en su obra «Operaciones secretas de la Segunda Guerra Mundial».

El futuro Zorro del Desierto arribó a Libia el 12 de octubre de 1941 dispuesto a dar más de un quebradero de cabeza a los aliados. La llegada de Rommel no solo supuso un vuelco para la guerra en África (pues logró que sus hombres se adaptasen rápidamente a las duras condiciones del desierto y plantaran cara a los británicos) sino que también aumentó la moral de italianos y alemanes. Y es que, el oficial se hizo pronto famoso por su caballerosidad y por masticar el mismo polvo (como diría el sargento de hierro) que sus hombres.

De hecho, y como explica Hernández en «Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», siempre ordenaba a sus oficiales que le sirviesen la misma comida que ingería el resto de la tropa y podía pasar un día entero en el desierto con «una lata de sardinas y un trozo de pan». «En una ocasión, ante las quejas de un oficial sobre la calidad de la comida contestó: “¿Se cree usted que a mí me sabe mejor?”», determina el historiador español en su libro. Estos pequeños detalles hicieron que se ganase pronto el respeto de sus hombres.

Demasiado osado

Sin embargo, la característica más curiosa de Rommel era la misma que traía de cabeza a todos aquellos soldados que le hacían las veces de conductores: su osadía. Todo se debía a que el Zorro del Desierto era partidario de que el buen oficial debía estar siempre en primera línea de batalla. Por ello, no era raro verle abriendo la marcha o revisando las posiciones defensivas más próximas al enemigo. No en vano se solía afirmar que, si algún combatiente despistado buscaba el frente, lo mejor que podía hacer era preguntar donde diablos andaba Rommel.

«Su carácter osado le solía llevar a ser imprudente; le gustaba adentrarse en tierra de nadie, bordeando las posiciones británicas e incluso penetrando directamente en ellas. En una ocasión, conduciendo un automóvil inglés capturado al que tenía mucho aprecio y que llamaba “Mamut”, quedó rodeado de alambradas que señalaban campos de minas. Y no sabía cómo salir. decidió esperar el nuevo día allí mismo, en territorio enemigo», completa el experto.

Conociendo estas manías, no resulta raro saber que -como se explica en el perfil realizado por Cardona- a principios de 1941 Rommel buscara desesperadamente un conductor de guerra. ¿La razón? Que el hombre a sus órdenes había sido herido y su sustituto había abandonado el puesto tras solo 24 horas de servicio por no poder soportar la tensión a la que sometía el Zorro del Desierto. En ese contexto conoció Hellmut a su jefe. Más concretamente cuando, en busca de un chófer, un teniente recordó que había un sargento natural de la zona (y experto en la conducción por caminos de tierra) disponible.

La prueba de fuego

Al día siguiente, a las seis de la mañana, Hellmut fue convocado para una prueba de conducción cerca de Tobruk, en plena línea fronteriza entre el frente alemán y el británico. Aunque no se le dijo quien sería su jefe. Cuando se topó con Rommel esperándole dentro del vehículo no pudo evitar sorprenderse. Inmediatamente, el Zorro del Desierto ordenó a nuestro protagonista que le llevase a inspeccionar el frente. En palabras de Cardona, le instó a avanzar hacia las líneas enemigas para observarlas de primera mano.

Todo parecía ir bien hasta que, mientras conducía, Hellmut se percató de que había un extraño montículo de arena en medio del camino. Al agudizar la vista, se dio cuenta de que era una mina anticarro. Se habían metido hasta la ingle en un campo minado.

El conductor se detuvo inmediatamente y, con calma, informó a su superior de lo que sucedía. Rommel, manteniendo la cabeza fría, le preguntó si se sentía capaz de salir de allí. Nuestro protagonista respondió de forma afirmativa. A continuación, el Zorro del Desierto se bajó del coche y, poco a poco, le fue indicando el camino que debía seguir para no pisar ni un explosivo. Al final, salieron de allí.

Sin embargo, su calvario no acabó entonces. «Posteriormente llegaron a una posición muy cercana en la que estaban los ingleses y les descubrieron. Estos les empezaron a disparar con fuego de artillería y les dieron en las ruedas del coche. En ese momento, Rommel le ordenó volver a las posiciones alemanas. Hellmut dio media vuelta y deshizo todo el camino por el campo de minas, a todo correr y recordando donde estaban las bombas solo con su memoria», añade Cardona a ABC. Ese fue su pasaporte para convertirse en conductor del Zorro del Desierto.

Su lealtad a Rommel fue, a partir de ese momento, incuestionable. Ambos forjaron una amistad cuyo engrudo principal fue el pasar casi todo el día juntos, de un lado para otro. Según Cardona, para el Zorro del Desierto era algo más que un mero conductor. Así lo demuestra una situación que se dio en pleno desierto.

«En una ocasión, después de llevar varios días en el coche, ambos se pararon a descansar. Hellmut preparó un par de agujeros mientras Rommel estaba dando una vuelta por los alrededores. Cuando el oficial volvió se encontró que el chófer se había quedado dormido sin protección. Además, se había quitado la chaqueta y la había dejado en el suelo para que su superior la usase como colchón. Rommel la cogió y le tapó con ella», añade el escritor.

En un campo de prisioneros

Su trabajo como conductor de Rommel se extendió hasta 1943, cuando el «Afrika Korps» se retiró del continente derrotado por los británicos. Con todo, su buena relación hizo que el Zorro del Desierto le recomendara para estudiar en la escuela de oficiales de Plattenburg, donde el conductor se graduó como teniente. Desde allí continuó sirviendo en la División Brandenburg (una unidad de élite nazi). «Después de eso, fui destinado a Grecia y a los países del Este», expresó el propio Hellmut en una entrevista al diario «Allgemeine Zeitung» en 2011.

Dos años después, sus correrías por Europa acabaron cuando fue capturado por los soviéticos, que le llevaron a un campo de prisioneros donde permaneció hasta octubre de 1955. Fue uno de los últimos en regresar a su patria.

Ya como hombre libre volvió a Alemania, un país que -como señaló posteriormente- nunca llegó a llenar su corazón. Por ello, no fue raro que un año después viajase a Argentina para ver a su hermano y, desde allí, volviera al país que le vio nacer. «En Namibia trabajó como capataz en diversas explotaciones hasta que adquirió una finca y construyó su propia granja en el año 1962», completa Cardona en su página personal. Allí, en la década de los 80, se hizo con un guepardo mascota al que llamaba Conde.

«Tras su llegada, se implicó en su comunidad y participó en diversos proyectos de ayuda y cooperación. En 1986 fundó la Asociación Cultural Alemana de Namibia (Deutschen Kulturrat) que presidió hasta 1997. Tampoco se ha olvidado del problema del acceso a la educación en su país, siendo miembro de la AGDS (Arbeits- und Fördergesellschaft der Schulvereine in Namibia) y participando también como Caballero de la Orden de San Juan en la construcción de una escuela en la población de Otavi», completa Cardona. Así, hasta que dejó este mundo este octubre.