Pomés, en su casa de Barcelona, frente a un cuadro de Modest Urgell
Pomés, en su casa de Barcelona, frente a un cuadro de Modest Urgell - D. M.

Leopoldo Pomés: «¿Sabes qué me gustaría? No perder las ganas»

El barcelonés, premio Nacional de Fotografía 2018, repasa su pasión por el oficio en su casa de Barcelona

BarcelonaActualizado:

«Mira ahí, esa foto de La Pedrera. Y al lado, una de la Nico que hice hace años. ¿Sabes qué me gustaría? No perder las ganas de hacer estas cosas, porque eso es… Bueno, quizá es por esto por lo que me dan el premio, no?», sopesa Leopoldo Pomés (Barcelona, 1931) mientras señala dos de las fotografías que presiden el salón de su casa e intenta no hacer demasiado caso a la larga, larguísima, lista de llamadas que aún le quedan por atender.

Al poco de empezar a charlar, Pomés se interrumpe de pronto y le pide a su secretaria que le acerque un ejemplar de «Vidre de nit seguit de Polvo de sombras», poemario inédito que publicó en 2015 y en cuya portada aparece el enigmático perfil helénico de Núria Closas, su primer amor y también su primer modelo fotográfico. «Recuerdo que cuando hice esta fotografía sentí que estaba entrando en un mundo del que ya no saldría nunca más», destaca Pomés mientras viaja a los albores de una extensa y agitada carrera como fotógrafo y publicista que el Ministerio de Cultura y Deporte quiso reconocer ayer con el premio Nacional de Fotografía. «Tiene esta cosa la fotografía, que captura el aire. Supongo que como la pintura», desliza de pronto Pomés.

En su valoración, el jurado destaca «su contribución a la historia de la imagen en España» por, ente otras cosas, «haber participado en la configuración de nuestro imaginario colectivo, introduciendo un nuevo lenguaje fotográfico dentro de la publicidad». Para Pomés, sin embargo, todo es mucho más sencillo. «Modestia aparte, creo que me lo merezco», bromea. No es para menos: desde que se compró su primera cámara a los 16 años e instaló su primer laboratorio fotográfico en el bidet del cuarto de baño de casa de sus padres, Pomés no ha hecho más alimentar un currículum estelar que revolucionó, las dos al alimón, fotografía y publicidad entre retratos de la gauche divine y sugerentes anuncios de brandy. «Vázquez Montalbán escribió eso de que yo eroticé el país con mis imágenes», relativiza un artista que, a los 86 años, se presenta aún como un hedonista militante. O, como aseguraba hace un par de años, cuando presentaba la reedición de su insólito «Teoría y práctica del pan con tomate», «hedonista desde la punta de los pies».

Retratos y celebridades

Así, con el gozo y el disfrute compartiendo protagonismo con la fotografía, amor primerizo al que llegó de manera autodidacta e intentando trasladar al negativo las mismas sensaciones que a él le provocaban las pinturas de su adorado Modest Urgell, Pomés se estrenó en 1955 con una primera exposición que ya fijaría dos de las constantes de su carrera: el retrato y las celebridades. Un binomio que le llevó a disparar icónicas y estilizadas imágenes de Teresa Gimpera, Julio de Cortázar, Antoni Tàpies y Joan Brossa, entre muchas otras, y que le impulsó a dar su siguiente paso: la creación, en 1961 y junto a la que entonces era su mujer, Karin Leiz, de los Estudios Pomés, primera piedra de lo que sería una fructífera carrera en el campo del cine y la publicidad.

A partir de ahí vendrían las campañas internacionales, el León de Oro en Venecia, su implicación en la proyección exterior del Mundial de Fútbol de 1982 y los Juegos Olímpicos de 1992, la apuesta como empresario gastronómico con dos clásicos de la capital catalana como Flash-Flash y el Giardinetto, el reto de condensar sus vivencias en un libro de memorias que se espera llegue a las librerías en 2019... Con todo, ni los premios en Cannes ni los 3.500 spots que llegó a rodar le han hecho olvidar la fotografía, disciplina que nunca llegó a aparcar del todo y a la que, asegura, se dedica en exclusiva desde que abandonó la publicidad en 2006. «Para mí, el descubrimiento en el laboratorio fue definitivo: poner el negativo en la ampliadora, enfocarlo sobre un papel... Y, de pronto, verlo subir con el líquido revelador -recuerda ahora Pomés-. No creo que haya ningún artista que tenga un momento así, por la felicidad que te da. En mi casa yo pegaba gritos. ¡Gritos! Mi padre, pobre, se había levantado más de una vez a ver qué pasaba».