La guerra aérea de España contra Abd El-Krim aterriza en Cuatro Vientos

El Museo del Aire de Madrid inaugura la segunda fase de su nuevo proyecto de reforma y modernización: un diorama a tamaño real de 1.000 metros de superficie recreando el aeródromo de Zeluán

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Un campo yermo, cubierto casi en su totalidad de tierra, ubicado a escasos kilómetros de la ciudad de Melilla y en el que cuatro centenares de soldados españoles fueron pasados a cuchillo por los rifeños en julio de 1921 tras resistir un largo asedio de forma heroica. Una zona, en definitiva, recordada con cariño por la Historia de España y más conocida por todos como el aeródromo de Zeluán. Esta instalación militar es la que ha querido representar el Museo de Aeronáutica y Astronáutica de España (ubicado en Cuatro Vientos, Madrid) en un diorama a escala real de casi 1.000 metros cuadrados donde se pueden ver, entre otras cosas, varios de los aviones que combatieron en las guerras que nuestro país mantuvo contra Abd El-Krim y sus predecesores en el norte de África desde 1913.

La finalización de esta maqueta, que ha sido inaugurada este lunes en una ceremonia a la que han asistido medio centenar de personalidades latinoamericanas, supone además la culminación de la segunda fase del nuevo proyecto de reforma y modernización del hangar 1 de este centro, más conocido simplemente como el Museo del Aire. «El museo tiene auténticas joyas aeronáuticas y hemos buscado mejorar la forma en la que las presentamos al público. Por eso hemos decidido remodelar el hangar más grande que hay en el recinto y presentar los aviones agrupados en cuatro grandes fases de la Historia. Esto es muy fácil de decir, pero muy costoso en tiempo y esfuerzos», explica a ABC el general de División del Ejército del Aire y jefe de su Servicio Histórico y Cultural, José Javier Muñoz Castresana.

En palabras del militar, la primera fase (abierta al público en 2015) rinde homenaje a los pioneros de la aviación, mientras que la segunda trata de recrear cómo era la vida en un aeródromo español ubicado en el norte de África entre los años 1913 (cuando los primeros aeroplanos se trasladaron al Rif para combatir contra los rebeldes) y 1927. «La tercera la vamos a comenzar a continuación. Va a estar dedicada al período que va de 1914 a 1938 y esperamos que esté terminada en otoño. La última incluirá varios de los aviones que hicieron algunos de los grandes vuelos de la aviación española como el “Jesús del Gran Poder” o el “ Cuatro Vientos”», añade Castresana. Lo cierto es que el trabajo ha merecido la pena. Y es que, todos aquellos que hayan disfrutado alguna vez del interior de este hangar (el más antiguo y laureado del complejo, pues recibió un premio extranjero por su buena construcción) les costará reconocer el lugar.

El Rif en Madrid

A pesar de que no es uno real, al aeródromo que se esconde en el interior del Museo del Aire solo le faltan los rifeños para ser similar al que, hace casi un siglo, se instaló en el Norte de África. A él se accede después de haber disfrutado de la primera fase de este proyecto y a través de un pasillo bajo y oscuro que imita, a tamaño real, uno de los refugios en los que los españoles se protegían de los combatientes que les trataban de pasar a cuchillo por órdenes de Abd El-Krim. «Antes de entrar en este corredor, el visitante se encuentra con dos carteles que le dan una pista de la ubicación real. Estos tienen un “mensaje oculto” porque muestran, exactamente, donde se hallaba el aeródromo: a 30 kilómetros de Melilla y al lado de una alcazaba o fortaleza», señala a ABC José Miguel Alberte, presidente de « Imperial Service», la asociación de recreación histórica a la que el Ejército del Aire ha encargado la construcción de este enclave histórico.

Tras escapar de este pasillo, los nuevos «reclutas» del Ejército del Rif se ven golpeados por las sensaciones que debían tener los combatientes que, desde España, partían para hacer la «mili» en un territorio en el que se luchaba a bomba y hélice contra el enemigo. Su primera vista es la de un terreno cubierto casi en su totalidad de arena. «Cuando hicimos la primera previsión calculamos que íbamos a gastar dos toneladas y media de tierra, pero al final han sido tres toneladas y media. Lo mismo pasó con los 50 litros de cola que pedimos para fijar este material, los cuales se transformaron al final en 250. El proyecto fue tan grande que las previsiones se quedaron totalmente cortas», explica Alberte.

A su vez, todo el diorama está rodeado por unos gigantescos paneles de varios metros de altura en los que se aprecian imágenes de época de lugares tan emblemáticos como, por ejemplo, el Monte Gurugú. Aunque también destacan mapas del Norte de África ideados para que el visitante pueda saber dónde se encontraban los diferentes puntos clave del Ejército en el Rif. «Casi todo el proyecto ha sido sufragado con fondos civiles y con subvenciones proporcionadas por un conocido banco nacional. El resto de los gastos (los de personal, por ejemplo) los sufraga el Ejército del Aire. Prácticamente todo está pagado con patrocinios de empresas», finaliza, en declaraciones a ABC, el general Castresana mientras muentra orgulloso cómo es posible trasladar un aeródromo africano en pocos meses hasta Madrid.

Los protagonistas

La arena, las imágenes gigantescas de las paredes… Todo ayuda a recrear el ambiente de un aeródromo. Sin embargo, no deja de ser un mero acompañamiento de los verdaderos protagonistas de este proyecto: los aviones. Y es que, el centro del diorama son las réplicas de cinco aeroplanos que combatieron en la región entre 1913 y 1927. El primero de ellos es un Morane Saulnier G, un aparato que surcó los cielos realizando la primera travesía mediterránea entre Túnez y Sicilia en 1912 y que fue enviado a Marruecos como regalo del Conde de Artal. El AVRO 504 es el siguiente. Esta aeronave, como bien explica el Museo del Aire, empezó a ser construida en 1913 en madera, lona y cuerdas de piano. Debido a su destacada actuación en la Gran Guerra al combatir contra zeppelines, así como por los excedentes que hubo en la contienda, España adquirió 50 ejemplares. Su buen servicio se destacó en el Norte de África.

Siguiendo la línea temporal, es imposible olvidarse del Fokker C-III, un avión de reconocimiento creado en 1918 que participó en el desembarco de Alhucemas y fue utilizado por la 3ª Escuadrilla de Melilla. A su lado, se encuentra también uno de los aviones que, en palabras de los representantes del Museo, está considerado uno de los más importantes de la Historia de la aviación de nuestro país: el De Havilland DH4. Este aeroplano llegó a España adquirido a buen precio debido a la ingente cantidad que se habían fabricado para la Primera Guerra Mundial. No obstante, fue comprado de una forma sumamente curiosa: por las provincias españolas. «Después del Desastre de Annual, en España los vecinos de los pueblos empezaron a juntar dinero para comprar un avión entre todos y regalárselo al Ejército. Gracias a eso, en el Desembarco de Alhucemas pudieron participar hasta 136 aviones», añade el general Salafranca a este diario.

Tampoco falta en este diorama uno de los aviones más destacados de la Guerra de Marruecos, el Bristol F2-B. Un avión biplano que, en palabras del Museo del Aire, se convirtió «en uno de los mejores y más eficaces aeroplanos de la Guerra del Norte de África». De hecho, varios pilotos de nuestro país se hicieron famosos a sus mandos gracias al denominado «Vuelo a la española» (una estrategia para atacar que consistía en hacer una pasada contra la posición enemiga a una altura ínfima para, acto seguido, soltar todas las bombas disponibles sobre él). El teniente de artillería Senén Ordiales demostró su valentía poco después del desembarco de Alhucemas pilotando uno de estos aparatos. Aquel día, este español lanzó varios ataques sobre un cañón enemigo con una de estas joyas a pesar de que los rifeños le atravesaron la cabeza y la muñeca de un disparo.

Pero…. ¿Cómo atacaban estos aeroplanos al enemigo? ¿Eran cazas o bombarderos? Tal y como afirma a ABC el Director Interino de este Museo, Juan Ayuso Puente, hacían básicamente de todo, desde lanzar explosivos hasta ametrallar a los rifeños. De hecho, algunos de estos aeroplanos fueron pioneros en tácticas tan famosas en guerras posteriores como los bombardeos selectivos. «El primer bombardeo con explosivos diseñadas específicamente para la aviación se hizo en la Guerra de Marruecos. Estos se diseñaron para que cayeran de punta y explotaran cuando impactaran contra el suelo gracias a una espoleta que tenían en el morro. En la Primera Guerra Mundial se desarrollaron bombardeos con explosivos habituales, pero estos fueron los primeros ideados para ser lanzados desde un avión. Todavía tenemos las bombas originales en el Museo», señala.

Recreando el ejército

En palabras del presidente de «Imperial Service», la producción les ha llevado un total de cinco meses. Tres de ellos solo para buscar las vestimentas y armas apropiadas para equipar a los 16 maniquíes que hay esparcidos por los casi 1.000 metros cuadrados que ocupa el diorama. «Cuando acometimos el proyecto nos dimos cuenta de que había un problema. Durante ese periodo solo había una uniformidad. Como queríamos huir de repetir una y otra vez el mismo uniforme, al final apostamos por representar todos los que llevó el ejército en mandos y tropa del 13 al 27», añade Alberte. Así pues, sobre este improvisado desierto conviven desde chambergos, hasta gorrillos de gajo. Todo ello, pasando por las guerreras de rayadillo heredadas de Cuba, hasta el uniforme caqui de reglamento de 1913.

Además, en el diorama convive todo el personal que podía encontrarse en un aeródromo de la época. Entre ellos mecánicos, armeros, pilotos, oficiales de inteligencia, oficinistas, señaleros o la tropa de guarnición (es decir, los miembros del ejército encargados de dar protección a los aviadores). «A lo largo del diorama se puede observar toda esa evolución. Desde aquellos militares que llegaron en 1913, hasta los que volaron en las escuadrillas de bombardero de Alhucemas», añade Alberte. Todos ellos, por descontado, cuentan con armas de la época e, incluso, podrían irse a dormir (en el caso de no ser de plástico) a una tienda que se ha levantado a un lado de este curioso aeropuerto y que es fiel históricamente (tanto por fuera como por dentro) a las que usaba nuestro ejército en el Norte de África.

Las cuatro fases

La primera fase del proyecto de renovación y modernización del hangar 1 finalizó en 2015 y, actualmente, es visitable. Como bien señala el general Salafranca, está dedicada a los precursores de la aviación española. Esta parte del Museo incluye una colección de decenas de «cadetitos» de plomo (pues representan a los alumnos de la Academia General del Aire de San Javier), reliquias de los primeros aviadores que se elevaron hacia los cielos de Madrid, banderas de la época, una maqueta a escala del aeródromo de Cuatro Vientos con sonido y movimiento y, como no podía ser de otra forma, multitud de paneles explicativos.

Esta gran sala guarda un lugar especial para los globos aerostáticos, los primeros que surcaron las nubes en España. «En 1884 se creó el servicio de aerostación y tenemos auténticas joyas de aquellos años. Desde tubos para lanzar mensajes, hasta chichoneras», añade el militar. Además, y como no podía ser de otra forma, la primera fase esconde también varios aviones de época como el Vilanova-Acedo. «Es una pieza única en el mundo. Blériot, fabricante y diseñador de aviones, solía venir a España a hacer exhibiciones para ganar dinero con su avión. El problema es que casi siempre se le rompía y se lo tenían que reparar en un taller de Valencia que se llamaba Vilanova. En una ocasión este taller, con la ayuda de los Acedo, reparó uno de esos aviones de Blériot y le cambiaron varias cosas. Al final se lo quedaron y ahora lo tenemos aquí», explica el general.

Tras la inauguración de la segunda fase, ahora le toca el turno a las dos últimas. La tercera, concretamente, estará dedicada al período de entreguerras. «En ella vamos a hacer una escenografía que recuerde a los campos europeos. Será muy verde y contrastará drásticamente con la de la Guerra de África. Contará con cuatro aviones de la época», explica Salafranca. Finalmente, la cuarta rememorará los grandes «raids» de la aviación española. Es decir, los grandes viajes que hicieron aviadores españoles como Ramón Franco (los cuales rompieron moldes y récords). «Los aviones de muchos de esos viajes están en el Museo, y queremos daros a conocer de forma distinta. La ambientación del diorama será marítima porque multitud de viajes se hicieron sobre el Atlántico», determina el general.