Claudio Magris, en una imagen de archivo
Claudio Magris, en una imagen de archivo - BELÉN DÍAZ

Claudio Magris: «Vivimos algo parecido a una cuarta guerra mundial»

El escritor advierte de que «la construcción política de Europa es más urgente que nunca, aunque los políticos y los Estados no responden con eficacia a esa exigencia histórica»

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Claudio Magris (Trieste, 1939) es uno de los grandes escritores europeos de nuestro tiempo. «El Conde y otros relatos» (Ed. Sexto Piso), recién traducido al castellano, es un pequeño libro de cuentos, buena introducción a su obra, que puede leerse, en su conjunto, como una reflexión sobre el destino de Europa y nuestra civilización.

–Durante los años 60 del siglo pasado, Henry Kissinger ironizaba con crueldad, preguntándose si Europa seguía existiendo o había comenzado a desaparecer como sujeto de la gran historia: nadie conocía su número de teléfono... En uno de sus relatos, incluido en el volumen que acaba de traducirse al castellano, un personaje tiene varios números de teléfono, pero no consigue comunicar definitivamente con ninguno. Me pregunto si su historia no pudiera leerse como una parábola del estado de crisis de identidad de Europa.

–No, no... Europa y su incierto futuro están muy presentes en mi obra, en mi vida. Y temo que se trate de una gran tragedia histórica. Todo nuestro futuro está hipotecado al futuro de Europa, a su melancólico destino. El sonambulismo de muchos líderes políticos europeos me parece una gran tragedia, como los estallidos de llamaradas populistas, inquietantes. Dicho eso, mi relato quizá sea otra cosa. Es una tragedia mucho más íntima, callada. Usted es muy libre de leer mi relato como quiera, claro está. Como lector, no leo mi relato como una fábula sobre el futuro de Europa. Lo leo como una historia mucho más íntima.

–El personaje de ese relato suyo, un europeo emblemático, en bastante medida, no consigue hablar con los interlocutores que busca, angustiado, hablando solo a unos teléfonos que no responden. Hay algo trágico, muy europeo, en ese fracaso. Sin embargo, su personaje termina diciéndose que, en verdad, lo importante es no darse por vencido. ¿Tiene salvación Europa, todavía?

–Nada está perdido, nunca. El nihilismo de la desesperación no conduce a ninguna parte. Sin duda, Europa vive días complejos, críticos, siempre al borde de la angustia. Yo plantearía el problema desde otro ángulo. Ningún Estado europeo puede resolver solo ninguno de los grandes problemas comunes a todos los pueblos europeos. La inmigración, la seguridad, la energía, son problemas colosales, para toda Europa. Y todas las naciones y todos los Estados necesitan colaborar en un proyecto común para afrontarlos. La construcción política de Europa es más urgente que nunca. Pero los políticos y los Estados no responden con eficacia a esa exigencia histórica.

–La mayoría de lugares de sus relatos son parábolas de Mitteleuropa, que algo tiene de infierno terrenal. Una pequeña isla en el Adriático puede ser una suerte de «síntesis» de todas las catástrofes europeas del siglo XX.

–En mi caso, casi todos los relatos parten de pequeñas anécdotas de la vida diaria. Y, lentamente, tras esas anécdotas, aparecen algo así como ventanas desde las que se contempla el abismo. Por otra parte, mi propia historia personal siempre ha estado relacionada con esa vida de frontera europea que, en ocasiones, ha precipitado el apocalipsis. La gran historia comienza siempre por la pequeña historia.

–En ese sentido, Europa vive hoy una tragedia de nuevo cuño. Todas sus fronteras, al norte y al sur, son frentes de nuevas e inquietantes crisis.

–La historia de Europa también se confunde con la historia de sus cambiantes fronteras estatales, precipitando grandes catástrofes. El viajero contemporáneo ha transitado por esa sucesión de fronteras de nuestra Babel contemporánea. Esa obsesión por las identidades culturales y religiosas ha creado muchas y nuevas fronteras precipitando sucesivas catástrofes. Tras la creación de nuevas fronteras nos acecha el riesgo de nuestras crisis y tragedias.

–Crisis inflamables, en todas las fronteras europeas.

–Sí. En cierta medida estamos viviendo algo parecido a una cuarta guerra mundial. Conocemos razonablemente bien el apocalipsis de las dos primeras guerras mundiales. Lo que llamamos «guerra fría» pudiera entenderse como una tercera guerra mundial, que terminó ganando Occidente. Ahora vivimos algo parecido a una cuarta guerra mundial, con muchos e inquietantes frentes, mucho más confusos, igualmente dramáticos. El islamismo es una amenaza mundial. Tiranos como Assad un día son nuestros enemigos y otro día son nuestros aliados. Esa confusión y relativismo moral tiene algo de profundamente trágico. Los europeos vivimos esa posible guerra mundial caídos de hinojos en la confusión, el sonambulismo y la incertidumbre, sin comprender completamente lo que está ocurriendo.

–Putin parece tener una visión menos idealista del futuro de Europa. Y es capaz de manejar con mucha eficacia las armas del relativismo y los cuerpos de ejército y ocupación militar.

–En Ucrania estamos viviendo una crisis que será capital para el futuro de Europa. Y los dirigentes europeos no están dando signos de una clarividencia palmaria. Algo patético, me temo.

–En su obra, los ríos, comenzando por el Danubio, todavía permiten soñar. Soñar que podemos escapar al infierno de la historia, a través de la alta cultura.

–Si. Quizá los ríos nos permiten imaginar otros caminos, otros horizontes. Los ríos nos conducen hacia otros horizontes, otros mundos, por descubrir. Los ríos conducen al mar y a otros mundos por descubrir.

–George Steiner dice en algún lugar que los viejos cafés europeos, en Viena, en Venecia, en Berlín, en París, continúan siendo como emblemas, símbolos, lugares de un modelo de vivir... amenazado por las cadenas de hamburgueserías.

–Si. Con la muerte del viejo café europeo, sustituido por cadenas de hamburgueserías, vivimos una crisis saturnal. Algo simbólico y profundamente real, histórico.

–Los grandes autores de su Mitteleuropa querida, Musil, Roth, el mismo Hesse, su paisano Italo Svevo, entre otros, ya contaron la historia del Apocalipsis que amenazaba el destino mismo de Europa. ¿Qué dicen sus escritos personales sobre Europa? ¿Qué dicen los escritores de nuestro tiempo del destino de nuestra civilización sobre nuestro destino?

–Sería un genio, si fuese capaz de responder a su pregunta. Esa gran literatura que usted recuerda anunciaba el fin del mundo. Nosotros vivimos una tragedia de otro tipo. Vivimos una cierta imposibilidad de comprender el mundo. Aquella época que usted me cita quizá no era mejor que la nuestra: pero existía la esperanza de otro futuro. A nosotros nos ha tocado administrar un vacío sin perspectivas. Un vacío insondable. A pesar de todo, me niego al nihilismo pesimista. Creo, como Gramsci, en el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad.