Ignacio Camacho - Una raya en el agua

El paisaje de la conciencia

La Semana Santa es un paisaje moral sobre el que el tiempo y la cultura han levantado una arquitectura de convivencia

Ignacio Camacho
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Bajo la luna rosa de abril has visto alejarse el palio hacia las frondas del parque mecido entre el júbilo de la gente por una vibrante marcha de trompetas, y una vez más has recordado hasta qué punto la Semana Santa de los tuyos es una fiesta ausente de tristeza. Ni siquiera parecen doloridas las lágrimas que perlan el rostro de la Virgen; la expresión del Cristo torturado que la precede refleja más misericordia que sufrimiento y mueve más a la dulzura que a la pena. Lo sabes porque lo sentiste desde niño y cada año lo vuelves a experimentar en el rito que se renueva: no es la muerte sino el perdón el eje de esta gran ceremonia que tu pueblo oficia como un reencuentro con sus emociones más íntimas, más profundas, más intensas.

Pero ese fondo teologal es sólo el origen, el sustrato, la esencia sobre los que el tiempo, el arte y la cultura han construido la arquitectura de una celebración abierta. Fiesta total, la llaman los antropólogos: religiosa, civil, integradora, completa. En torno a una liturgia de símbolos sagrados se desarrolla una descomunal demostración de convivencia. La fe y la penitencia sirven de guía, de hilo conductor, de esquema; el resto es la memoria de una sociedad que a través de la tradición atraviesa los pliegues de su historia para encontrarse con sus sentimientos idealizados en un despliegue de belleza. Bajo su fabulosa plasticidad estética, la Semana Santa es el dibujo colectivo de un paisaje moral sublimado con los elementos sensitivos de la primavera. Un paisaje pintado en el lienzo de la calle surcada de multitudes que recorren los viejos, familiares itinerarios grabados en su médula.

En ese escenario memorial te gusta perderte al anochecer, cuando los contornos urbanos cobran con el reflejo de los cirios la pátina de una luz nueva. Cuando los capirotes son sombras de misterio que discurren entre el esplendor imaginero del barroco y la sobriedad geométrica, enladrillada, del mudéjar; cuando la liturgia de los cortejos procesionales cose la geografía de la ciudad entre un dédalo de iglesias. Cuando tus pasos recorren el territorio de tu pasado siguiendo el rastro sentimental de antiguas huellas. Cuando el sonido de la música te orienta en un trayecto que sabes anclado sobre raíces de piedra.

Ahí está tu identidad y de la de tu gente, más allá de los dogmas, de las dudas o de las descreencias; indemne al tiempo para que la encuentres cada año como una infalible y puntual certeza. Como un paréntesis de esperanza en el desamparo de la existencia, incólume al fracaso y al desgaste, con la solidez inquebrantable de las cosas bien hechas. Como un mapa sobre el que orientarte en la soledad, en el frío del alma, en el páramo de las sensaciones huecas. Acogedora, bellísima, transparente, verdadera. Más que un rito, más que una costumbre, más que una fiesta: una cita indeclinable con tu propia conciencia.

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