Historia

Enrique II «el Fratricida», el hijo bastardo que mató a su hermano para ser Rey de Castilla

El Conde de Trastámara inauguró con la muerte de su hermano Pedro «El Cruel», al que arrebató la vida con sus propias manos, la historia de una dinastía que reinó un siglo y medio en Castilla

Ilustración medieval que muestra la cabeza del Rey Pedro I clavada en una pica
Ilustración medieval que muestra la cabeza del Rey Pedro I clavada en una pica - ABC
César Cervera - Madrid - Actualizado: Guardado en: España

Fue una escena de una épica aplastante, de la que si Shakespeare fuera castellano habría dado cuenta en un drama donde los diálogos ya estaban escritos con sangre. Tras casi 20 años en guerra –donde Enrique de Trastámara y su hermano Pedro I «el Cruel» (o «el Justiciero», dependiendo del bando) se disputaron la corona de Castilla involucrando a numerosos reinos vecinos, incluidos los de Francia e Inglaterra–, ambos se encontraron frente a frente en marzo de 1369. «¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra Rey de Castilla?», gritó Enrique de Trastámara, hermano bastardo del Rey, antes de enzarzarse en un duelo fraticida que dio a Castilla un nuevo Rey y origen a una nueva dinastía: Enrique «El Fraticida» de los Trastámara.

Pedro I y Enrique de Trastámara se pasaron décadas jugando al perro y al gato. La repentina muerte de Alfonso XI de Castilla en 1350 a causa de la peste, cuando solo contaba 40 años, entregó la Corona de Castilla a un imberbe Pedro I. Hasta entonces, el joven príncipe había estado aislado de la Corte junto a su madre María de Portugal, que había sido desplazada por la hermosa amante del Rey, Leonor de Guzmán (tataranieta de Alfonso IX de León), y los diez hijos frutos de está relación extramatrimonial. Enrique de Trastámara fue uno de los hijos de Leonor y el primero en llegar a la vida adulta junto a su hermano gemelo Fadrique Alfonso de Castilla. Mientras Pedro –el legítimo heredero– permanecía marginado, Enrique recibía los condados de Noreña y Trastámara y los señoríos sobre Lemos y Sarria, en Galicia, y las villas de Cabrera y Ribera, junto a las otras concesiones de las que se beneficiaron los hijos de Leonor. El fallecimiento de Alfonso XI revertió la situación.

Con la llegada al poder de Pedro I y de su madre María de Portugal, los hijos de Leonor perdieron el apoyo de buena parte de la nobleza y tuvieron que huir de la corte. Cuando viajaba a Sevilla en el cortejo fúnebre del Rey, Leonor de Guzmán fue apresada sin que tuviera tiempo de poner tierra de por medio como habían hecho sus hijos. Desde su cautiverio, Leonor conspiró para convertir en Rey a su hijo Enrique, quien contrajo matrimonio con Juana Manuel de Villena, hija de Don Juan Manuel, adelantado mayor de Murcia y Señor de Villena, un poderoso noble al que se le atribuye la escritura de «El Conde Lucanor». Para terminar con las sublevaciones que levantaron los hijos de Leonor por todo el reino, Pedro I, que justificó con esa decisión por primera vez su apodo como Rey, ordenó que Leonor fuera ejecutada en Talavera de la Reina.

Dos hermanos en guerra durante décadas

Lejos de terminar con las sublevaciones, la cruel decisión convirtió la guerra en un problema crónico del reinado. Las polémicas Cortes de Valladolid, donde el Rey tomó medidas en contra de los privilegios de los nobles castellanos, fueron el germen de una rebelión masiva por parte de la nobleza, de la que dieron buena cuenta los hijos de Leonor. Enrique y sus hermanos se pasaron los siguientes años entre guerras, huidas al extranjero y reconciliaciones. En 1353, la malograda boda de Pedro I con Blanca de Borbón –a la que el Rey abandonó dos días después de casarse debido al incumplimiento de las exigencias económicas por parte de Francia y el desinterés mutuo entre los contrayentes– provocó la ruptura de las relaciones con Francia, el acercamiento a Inglaterra y una rebelión en Toledo, que pronto se extendió a otras ciudades con la ayuda de los hermanastros del Rey. La influencia de la amante del Monarca, María de Padilla, hija de un noble castellano de baja alcurnia, jugó a favor de la decisión de renegar de la francesa.

El enfrentamiento entre Pedro y su hermano Enrique cobró dimensión internacional con la intervención de fuerzas militares de Inglaterra y Francia, que todavía mantenían abierta la célebre Guerra de los Cien años. El conflicto en España se extendió al Reino de Aragón en 1357. Enrique, junto con otros castellanos, tomaron partido a favor del Rey aragonés Pedro IV; y el Infante Fernando, hermano del aragonés, ayudó a Pedro I. Durante el choche entre los reinos hispánicos, que se inició con la conquista castellana del Castillo de Bijuesca y de Tarazona, la fama de cruel de Pedro I crecía al mismo ritmo que la senda de ejecuciones que dejaba a su espalda. Con la ayuda de mercenarios ingleses, el Rey arrebató a Aragón importantes ciudades como Teruel, Caudete o Alicante y sembró de odio el conflicto con más muertes de nobles. Fadrique Alfonso –hermano gemelo de Enrique de Trastámara– acudió en 1358 a Sevilla en busca del perdón real, pero fue prendido por sorpresa. El hijo bastardo de Alfonso XI logró huir hasta el patio del Alcázar, pero allí fue alcanzado por los soldados del Rey, quien, según algunas crónicas, dio muerte a su hermanastro con sus propias manos.

Posteriormente, el ataque combinado de Enrique y de sus aliados castellanos, aragoneses y franceses (las compañías de mercenarios dirigidas por el astuto general Bertrand Du Guesclin) consiguió la expulsión del país de Pedro, que se refugió en Guyena, y la proclamación del Conde de Trastámara como Rey de Castilla en Calahorra (1366). Mientras Enrique buscaba la forma de pagar los favores a costa de dejar exhausto el tesoro real, lo que le valió el sobrenombre de «El de las Mercedes», Pedro «El Cruel» organizó al año siguiente un contraataque desde los dominios ingleses al norte de los Pirineos. Eduardo, Príncipe de Gales (conocido como «El Príncipe Negro»), puso a su disposición un gran ejército de caballeros y de arqueros que derrotó a Enrique en la batalla de Nájera, librada el día 3 de abril de 1367. «Señores, soy vuestro rey. Me habéis hecho rey de toda Castilla y jurado que no me fallaríais hasta la muerte. Mantened por Dios vuestro juramento y desquitaos conmigo que yo me desquitaré con vosotros, pues no huiré ni un solo pie, mientras os vea combatir», reclamó Enrique II a sus tropas, formadas en su mayoría por mercenarios francesas, según la crónicas de la batalla por Jean Froissart. No obstante, las palabras no sirvieron para evitar la derrota estrepitosa del Rey, que perdió a la mitad de sus tropas, a Bertrand du Guesclin, que fue apresado, y obligo al Monarca a retornar a Francia.

Cuando parecía que podría ser el final de la guerra, Pedro I volvió a desperdiciar su ventaja provocando la salida de España de «El Príncipe Negro». El Conde de Trastámara preparó desde el Castillo de Peyrepertuse (la región de Languedoc-Roselló) una nueva invasión del reino, siendo vencido Pedro por Bertrand Du Guesclin en la batalla de Montiel en marzo de 1369. A continuación, Pedro se encerró en la fortaleza cercana, donde fue engañado por Bertrand du Guesclin con la supuesta excusa de querer ayudarle en su fuga. Así, el Rey de Castilla acabó frente a la tienda de Enrique, en la que, entre el mito y la realidad, se inició un duelo fraticida con tintes literarios:

-¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra Rey de Castilla?

- ¡El hideputa seréis vos, pues yo soy hijo legítimo del buen Rey Alfonso! –respondió inmediatamente Don Pedro que fue el primero en iniciar el baile de metales–.

Habiendo desarmado Pedro a Enrique, Bertrand du Guesclin intervino sujetando al Rey por la pierna y haciéndolo girar, momento que aprovechó el hermano bastardo para asestarle una estocada mortal. Después de la lucha, el caballero francés se justificó con su cita más conocida: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». A continuación, la cabeza del Monarca fue clavada en una pica y exhibida entre las tropas.

Las victorias de Castilla sobre Inglaterra

Con la muerte de Pedro I terminó el reinado de la Casa de Borgoña en Castilla y empezó el de la Casa de Trastámara, que un siglo y medio después después llegaría también a su final con la muerte de Fernando «el Católico». Asimismo, Enrique II de Trastámara actuó durante su reinado de forma contraria a cómo lo había hecho para alcanzar el trono. Recompensó a sus aliados en un principio, pero supo también defender los intereses del reino de Castilla y León negando al Rey de Aragón todas las cesiones territoriales que le había prometido en los tiempos difíciles. En política interior, inició la reconstrucción del reino: protegió parcialmente a los judíos, a los que él mismo había perseguido en la guerra civil, y aumentó el poder de la Corona frente al de los grandes nobles que le apoyaron en el conflicto contra su hermano. La crisis económica fue inevitable al tener que atender las recompensas prometidas y hacer frente a los gastos de las continuas guerras.

A nivel internacional, destacó la rivalidad de Enrique «El Fraticida» con Inglaterra y los duques de York y de Lancaster, los antiguos aliados de Pedro «El Cruel». Dos hijas de Pedro con María de Padilla, Constanza e Isabel, estaban casadas con Juan de Gante, duque de Lancaster e hijo de Eduardo III de Inglaterra, y Edmundo, duque de York y también hijo de Eduardo III de Inglaterra, respectivamente. Inglaterra consideraba a los duques de York y a los de Lancaster como los legítimos sucesores al trono de Castilla, lo cual involucró intensamente a Enrique II en la Guerra de los 100 años a favor del bando francés. Junto a la armada francesa, las fuerzas castellanas liberaron a La Rochela de los ingleses y despejaron el canal de La Mancha. La batalla de La Rochela supuso una rotunda victoria de Castilla sobre Inglaterra que tuvo para ella favorables repercusiones militares y económicas. Castilla se consolidó como primera potencia naval en el Atlántico, otorgando así mayores posibilidades mercantiles a sus marinos. Poco tiempo después, el almirante castellano Fernán Sánchez de Tovar saqueó la isla de Wight y la costa sur de Inglaterra.

Enrique II de Castilla falleció el día 29 de mayo de 1379 en Santo Domingo de la Calzada. Murió, según algunas crónicas, envenenado por orden del Rey de Granada, otrora aliado de Pedro «El Cruel», o posiblemente de un ataque de gota. Fue sucedido en el trono castellano por su hijo, Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel».

Toda la actualidad en portada