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Neurociencia

La bacterias del intestino deciden cuándo y cuánto comemos

Producen proteínas que llegan al cerebro para influir en las señales de saciedad y hambre

MadridActualizado:

Cuando nos asalta una imperiosa necesidad de comer algo, puede que sea en realidad nuestra flora intestinal la que esta reclamando alimentos. Y a la inversa. Cuando sentimos que no podemos seguir comiendo, por muy apetitoso que sea el postre, es que ya se han saciado. Al parecer, las inquilinas de nuestro intestino mandan señales al cerebro para controlar lo que comemos. Así se aseguran su supervivencia. Estudios previos habían mostrado ya que además influyen en nuestros gustos alimentarios.

Al menos es lo que parece deducirse de una investigación que acaba de publicarse en “Cell Metabolism”, que muestra que 20 minutos después de una comida, curiosamente el tiemop que tardamos en sentir la sensación de saciedad, las bacterias intestinales producen proteínas que pueden suprimir la ingesta de alimentos. ¿Casualidad? Pues parece que no. Cuando esas proteínas se inyectan en ratones y ratas hambrientas los roedores dejan de comer, lo que sugiere que las bacterias intestinales pueden ayudar a controlar cuándo y cuánto comemos interceptando las rutas cerebrales que controlan el apetito.

La alteración de la flora intestinal se asocia con trastornos metabólicos y neuropsiquiátricos

La flora intestinal está atrayendo cada vez más la atención de los investigadores por la influencia que tienen estos microscópicos inquilinos en nuestra salud. Su alteración se asocia con trastornos metabólicos, como la obesidad y la diabetes mellitus, y trastornos neuropsiquiátricos como la esquizofrenia, autismo, ansiedad y depresión. Entre los últimos hallazgos, destaca el hecho de que también podrían estar influyendo en la eficacia de los fármacos y tratamientos que recibimos, como parece que ocurre en la imunoterapia del cáncer, la nueva y esperanzadora forma de luchar contra los tumores.

Según los modelos actuales de control del apetito, hormonas producidas en el intestino llegan a los sistemas del cerebro que regulan el apetito para indicar cuándo tenemos hambre o cuándo estamos ya saciados. Pero esto podría cambiar. Como se ha visto por primera vez en este estudio, las proteínas que produce la flora intestinal después de que hayamos comido pueden influir en la emisión de señales en el eje intestino-cerebro, así como activar las neuronas del apetito reguladas en el cerebro.

Eje intestino-cerebro

El eje intestino-cerebro es un sistema de comunicación bidireccional entre el sistema nervioso central y el tracto gastrointestinal. Se cree que a través de esta vía de comunicación, las bacterias intestinales influyen en el estado de ánimo, la cognición, el sueño, el dolor, la obesidad y la conducta alimentaria.

"Hay muchos estudios que se centran en la composición de la microbiota en diferentes condiciones patológicas pero no exploran los mecanismos que hay detrás de estas asociaciones", explica el autor principal del estudio publicado en Cell, Sergueï Fetissov, de la Universidad de Rouen, en Francia. "Nuestro estudio muestra que las proteínas bacterianas de E. coli pueden participar en las mismas vías moleculares que son utilizados por el organismo para indicar saciedad, y ahora tenemos que saber cómo un microbioma intestinal alterado puede afectar esta función".

Las bacterias se dividen cuando comemos para reemplazar a las que mueren

La hora de comer supone una afluencia de nutrientes para las bacterias del intestino. En respuesta a esa abundancia de comida, se dividen para reemplazar a las que se han perdido en la formación de las heces. Este estudio, según los investigadores, plantea una teoría interesante: como los microorganismos intestinales dependen de nosotros para vivir, es beneficiosos para ellas que sus poblaciones se mantengan estables. Y tendría sentido, entonces, que si tienen una manera de comunicarse con el cerebro, le indiquen mediante la producción de proteínas cuando no tienen suficiente alimento, para que experimentemos el deseo de comer.

Este razonamiento se basa en la investigación llevada a cabo en el laboratorio, donde Fetissov y sus colegas encontraron que 20 minutos después de disponer de nutrientes y reemplazar las bacterias que se han perdido, E. coli produce proteínas que son distintas de las que encontradas antes comer. Y esos 20 minutos son el tiempo necesario para empezar a notar la sensación de saciedad después de una comida.

Alentados por este descubrimiento, los investigadores determinaron las proteínas bacterianas que se producen antes y después de las comidas. Vieron que la inyección de pequeñas dosis de las proteínas bacterianas producidas después de comer reducían la ingesta en ratas y ratones hambrientos a los que se permitía acceder libremente a la comida.

Un análisis más detallado reveló que las proteínas bacterianas que indican sensación de saciedad estimulan la liberación de péptido YY, una hormona producida en la porción distal del tracto digestivo y también en el cerebro, asociada con la sensación de saciedad. Por el contrario las proteínas que producían las bacterias "hambrientos" no provocaban ese efecto saciante. Y ocurría lo contrario con el péptido similar al glucagón-1 (GLP-1), una hormona que se produce fundamentalmente en el intestino que la produce liberación de insulina cuando comemos.

"Creemos que la microbiota intestinal produce proteínas que pueden estar presentes en la sangre a largo plazo y modulan las vías cerebrales que regulan el apetito", concluye.