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Actualizado Jueves , 18-02-10 a las 15 : 54
Medía 2,13 metros, pesaba 115 kilos, tenía un 58 de pie y en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976 promedió casi 20 puntos y 13 rebotes por partido, llegando obtener en la final, contra la potentísima Estados Unidos, nada menos que 32 puntos y 19 rebotes, en tan sólo 23 minutos de juego... sin ser Jordan, ni ser estadounidense, ni tan siquiera jugar en la NBA. Su nombre, Uliana Semenova, una de las mejores jugadoras de la historia del baloncesto mundial que, en la década de los 70 y los 80, deslumbró a todo el planeta con sus dimensiones mastodónticas.
«Su valor se traduce en una sola palabra: arrasar», decía ABC sobre la jugadora soviética en 1980, asegurando que, «en el baloncesto femenino universal, ningún equipo puede pelearse con alguna seriedad a la URSS. Ninguno tiene a Uliana Semenova».
Y eso fue lo que hizo «Uli», desde que debutara con 16 años en la selección absoluta de su país, durante toda su carrera, arrasar. Su palmarés es impresionante: dos oros olímpicos (Montreal´76 y Moscú´80), tres mundiales y 10 Eurobasket consecutivos con el combinado nacional, a los que habría que sumar 17 campeonatos de Liga, 14 Copas de Europa (nueve de ellas también consecutivas) y una Copa Ronchetti con el TTT de Riga, equipo con el que debutó como profesional en 1968.
Una de las tiranías más autoritarias y espectaculares que se hayan visto en la historia deporte mundial, que le llevó a establecer un record personal de 56 puntos en un partido y perder tan solo un encuentro en los 18 años que estuvo al frente de la selección de la URSS, contra Estados Unidos, en 1986. Todo ello la convirtió, hace tres años, en la primera jugadora no estadounidense que la FIBA incluía en su Salón de la Fama.
Pero todo este éxito deportivo no hizo de su carrera un camino de rosas... más bien un camino de espinas. Su gigantesca estatura –«que en masculino equivalía a 2,30 metros»– se debía a una enfermedad llamada acromegalia, provocada por el exceso de una hormona del crecimiento denominada somatotropa, que le producía fuertes dolores. Esa misma enfermedad ha afectado a jugadores como Roberto Dueñas o Gheorghe Muresan. A los 13 años, Uliana ya medía 193 centímetros, mientras que ninguno de sus siete hermanos superaba el 1,80.
Cuando en 1987 llegó al Tintoretto de Getafe, tras 17 temporadas en el TTT Daugawa de Riga, medía 17 centímetros más que Piluca Alonso, anterior techo del baloncesto femenino español. Aquello significó un revulsivo para su equipo, que, tras estar sentenciado para el descenso, acabó disputando el título de Liga.
«Las chicas se animaron mucho con el acontecimiento de tener en su equipo a la jugadora más alta del baloncesto mundial», comentaba la estrella a ABC en abril de 1988. Pero aquella responsabilidad y determinación no le trajeron nunca el bienestar económico que hubiera conseguido de ser hombre y jugar en otro país. «Cuando llegué a España no tenía dinero y el sueldo sólo podía recibirlo a finales de mes. He cobrado 480 dólares al mes (unas 53.000 pesetas), una cantidad con la que puedo vivir muy bien en Moscú, pero mal aquí», contaba la gigantesca jugadora, quien reconoció que gran parte de su salario se lo quedaba Moscú, recibiendo ella una ínfima parte que le hacía vivir casi en la pobreza.
Según el relato, el presidente del Tintoretto le daba a un dinero extra para su manutención, mientras que sus compañeras corrían con sus gastos, incluso llevándola a restaurantes.
Cuando en 1989 se retiró en el Valenciennes francés, acumulaba numerosos problemas de salud, como diabetes. Su enfermedad fue degenerando, hasta el punto de que, actualmente, le cuesta mantenerse de pie. Su situación económica tampoco ha mejorado, por lo que, hace poco, la FIBA organizó un partido benéfico para poder pagarle una operación de coxis.
A pesar de todos sus problemas, Uliana –«cuya envergadura sólo es superada por su modestia»– asegura que sólo ha llorado una vez en toda su carrera... cuando ganó la medalla de oro en el Mundial de Brasil de 1983 frente a Estados Unidos. ¡Grande Semenova!
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