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Héroes espontáneos
Más peligro corrieron con el incendio de la Zarzuela el conserje del teatro, su mujer y sus cinco hijos, que vivían dentro del edificio. En el momento de iniciarse el fuego, se encontrabas todos durmiendo en sus respectivas habitaciones del segundo piso.

«Salvadores espontáneos no titubearon en romper con un martillo y piedras la puerta y se lanzaron al interior. Los intrépidos no hallaron en la habitación más que a María Germán y su hija María, joven de quince años. El conserje y sus otros hijos, aterrados, habían salido ya por una ventana».

La intervención heroica de aquellos ciudadanos anónimos evitó que se produjeran víctimas, aunque las dos mujeres sufrieron síntomas de asfixia y María Germán, incluso, quemaduras de segundo y tercer grado en la cara y las manos.

«Desafianzo al peligro y ganando tiempo, aquellos hombres generosos sacaron en brazos a las desventuradas mujeres y las trasladaron al portal núm. 5 de la calle de Jovellanos», donde se encontraba el doctor Farinós y donde «se la prodigó solícita asistencia, quedando en estado relativamente satisfactorio». La madre, más grave, fue Hospital de la Princesa.

Al enterarse de lo ocurrido, lo primero que hizo el Sr. Reynot fue pedir que instalaran a la herida en una sala de pago de dicho Hospital, «y que todos cuantos gastos ocasionara su estancia corriesen de su cargo».
Actualizado Martes , 17-11-09 a las 16 : 05
«El amanecer de ayer en Madrid fue verdaderamente siniestro. Desde los puntos más apartados de la población pudieron ver los madrugadores un resplandor rojizo que, partiendo del centro, teñía el cielo de púrpura». Cundió rápidamente la alarma entre el vecindario, que veía como densas columnas de humo, «cuajadas de chispas brillantes, entoldaban y enrarecían el ambiente», sin que nadie acertase a saber de dónde era aquel fuego espantoso «que el resplandor denunciaba».
Así despertaba la capital hace ahora 100 años, el 8 de noviembre de 1909, sobresaltada con el repiquetear de los carros y la maquinaria del servicio de incendios, con bandadas de gente corriendo por la Carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá hacia Jovellanos, sembrando el desconcierto entre las autoridades, que se apresuraban a acudir al lugar del siniestro, «precisamente a la hora que se disponían a vestir sus uniformes para recibir en la estación del Norte al soberano de Portugal».
La noticia no tardó en circular: el edificio que ardía era el teatro de la Zarzuela.
«Formidable explosión»
«Un espectáculo aterrador» que había dado comienzo a eso de las seis de la mañana, según aseguraron a ABC algunos vecinos que «fueron despertados por una formidable explosión, y seguidamente vieron salir del edificio una densa columna de humo que coincidió con el hundimiento de la techumbre del patio de butacas. Momentos después, grande y atronadora llamarada se alzaba sobre el grupo de casas contiguas al teatro».
En pocos momentos, el coliseo se convirtió en «una inmensa hoguera». Así lo demuestra el hecho de que las encargadas de la limpieza, nada más entrar al teatro, a las 6:45 horas, salieran despavoridas pidiendo auxilio, porque la sala estaba ardiendo: «Como un horno formidable se ofrecía a los ojos la sala o patio de butacas».
El riesgo más urgente eran las casas situadas entre las calles de Zorrilla y los Madrazos «que ceñían aquel volcán». «En vista de las enormes proporciones que el siniestro había alcanzado», tuvieron que ser movilizados nada menos que tres parques de bomberos, los cuales «trabajaron denodadamente en lucha contra el voraz elemento. Dirigieron sus primeros esfuerzos a localizar el fuego en el teatro, aislándolo de las casas medianeras que ya empezaban a ser lamidas por las llamas», contaba ABC.
Dado el enorme peligro, las Fuerzas de Seguridad y los miembros de la Guardia Civil del cuartel de Bellas Artes tuvieron que acordonar las cercanías del teatro –valorado entonces en 1.600.000 pesetas–, para contener al público que, «como río desbordado», acudía por todas las bocacalles inmediatas a ver el espectaculo.
Reducido a cenizas
Poco o nada quedó del edificio original, construido por los arquitectos Jerónimo de la Gándara y José María Guallart, que fue inaugurado el 10 de octubre de 1856 para coincidir con el cumpleaños de la entonces reina Isabel II, quien acudió a la sesión inaugural en compañía del resto de la familia. Una iniciativa de la entonces Sociedad Lírico Española, que quería tener un espacio propio para la interpretación de zarzuelas en Madrid. Fue llevada a cabo tras el éxito, cosas del destino, de la zarzuela «Jugar con fuego».
En la portada de ABC, podía verse una gran fotografía del edificio a los pocos momentos de declararse el fuego ilustrando el dramático suceso, con miembros del Cuerpo de Bomberos ascendiendo por la fachada o encaramados al tejado, tratando de dirigir las mangueras hacia las enormes columnas de humo.
Antonio, el popular avisador del recinto desde las década de los 80 del siglo XIX, «lloraba ante las humeantes ruinas del teatro en el que ha visto deslizarse la flor de su existencia», donde se convirtió en confidente y consejero de tantos artistas y donde vio desfilar a todos los grandes autores de la segunda mitad del siglo anterior: Narciso Serra, el coronel Barrutia, Mariano Trives, el maestro Casares o el sastre portugués Araujo.
Graves pérdidas
A las 9:00 horas las llamas quedaban, por fin, controladas, «merced a las hábiles maniobras de los bomberos dirigidos por sus jefes». Sin embargo, sólo quedaron en pie los muros de carga.
El Sr. Reynot, actual arrendatario del teatro, se acercó nada más conocer el incidente, declarando a los periodistas que las perdidas ascendían a más 300.000 pesetas, donde se incluían los decorados de la obras, los trajes del sastre del teatro, de cuyo «vastísimo y rico vestuario no se ha podido salvar nada», algunas partituras y todos los instrumentos, entre los que había un arpa y un stradivarius, de 5.000 pesetas cada uno.
Un año después del incendio, el teatro tuvo que ser reconstruido por el arquitecto Cesáreo Iradier. En 1956, en una reforma realizada por Antonio Vallejo y Fernando Ramírez, con menos madera y más metal, se suprimió la riqueza ornamental del interior y los arcos de la fachada. Fue el mismo años que lo compró la Sociedad General de Autores (SGAE). Más tarde pasó a ser propiedad del Estado y en 1984 el Ministerio de Cultura, a falta de un teatro de ópera en Madrid, amplió la oferta de actividades. En 1998, tras la declaración cuatro años antes del edificio como Monumento Nacional, fue de nuevo remodelado, recuperando buena parte de su estructura y forma original, siendo destinado en exclusiva a la lírica española.
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