Récord de aviones surcando el cielo: 230.000 vuelos en 24 horas

La democratización del transporte aéreo lleva a que en julio sea habitual superar los 200.000 vuelos en un día

MadridActualizado:

Quizá usted acaba de ayudar a batir un nuevo récord mundial y aún no lo sabe. Todo depende de si voló el pasado 25 de julio, probablemente rumbo a su destino estival. Porque si se pusieran en la misma pista de despegue, uno detrás de otro, los aviones que surcaron el cielo ese día, sería necesaria una infraestructura que ocupara más de la mitad del diámetro de la Tierra, tomando como referencia las dimensiones de uno de los aviones comerciales más utilizados del mundo, un Airbus A320. Ese día se alcanzó la cifra más alta hasta la fecha de aparatos que surcaron el cielo: hasta 230.409 en 24 horas, según los datos de FlightRadar24, una empresa sueca que registra el tráfico aéreo alrededor del mundo.

El número de pasajeros aéreos no para de crecer. En Europa, por ejemplo, se han triplicado desde 1990. El precio de los billetes de avión se ha abaratado y las compañías aéreas de bajo coste han aumentado su cuota de mercado. «Esta evolución representa un gran porcentaje del reciente crecimiento del transporte de pasajeros en Europa», decía en un análisis reciente Anke Lükewille, experta de la Agencia Europea de Medio Ambiente. A ello hay que sumar el incremento del comercio con las economías emergentes, que ha dado lugar a unas distancias de viaje más largas.

Cada año, nuevas marcas

Por eso empieza a ser una constante que cada estío se logren nuevas marcas históricas. Por ejemplo, el verano pasado se superaron por primera vez los 200.000 vuelos operados en un lapso de 24 horas, un récord que se batió varias veces a lo largo de julio de 2018. Pero lo que el año pasado parecía todo un hito, este año en los últimos 30 días se ha superado 23 veces. «Nuestro pico anual generalmente se da en julio-agosto, por lo que o la semana pasada alcanzamos el punto máximo o aún podemos ver un pico de tráfico hacia fines de agosto», explican desde la empresa sueca. Las vacaciones llevaron a picos de hasta 30.000 aparatos en el aire al mismo tiempo, aunque los datos no solo incluyen aviones comerciales, sino también helicópteros o jets privados.

Pero tras la democratización del transporte aéreo, un movimiento de oposición está surgiendo. Critican el daño medioambiental de los aviones, al ser una importante fuente emisora de gases de efecto invernadero que, por ahora, no parece que vaya a menguar. Solo en Europa, las emisiones de dióxido de carbono de la aviación crecieron un 4,9% el año pasado.

La cara más visible de este movimiento es la activista sueca Greta Thunberg, que se niega a viajar en avión y, de hecho, se suele desplazar en tren.Para atravesar el Atlántico este agosto hacia Norteamérica, lo hará en un velero propulsado con energía solar y turbinas subacuáticas que no emite CO2.

La «vergüenza de volar»

La joven, además de las movilizaciones por el clima, ha impulsado así un movimiento que se ha llamo «Viergüenza de Volar», y plataformas como Quédate en Tierra, formada por 120 organizaciones de todo el mundo, que piden no recurrir a los aviones. Porque, a día de hoy, hay pocas soluciones técnicas en el sector de la aviación. «No hay forma de reducir las emisiones (en el sector) si volamos al nivel de ahora», dice Nuria Blázquez, responsable de transporte en Ecologistas en Acción. «Muchas aerolíneas proponen compensar las emisiones con proyectos, plantaciones de árboles, proyectos de energías renovables… pero no cuentan cómo se haría», critica.

Una de las aerolíneas que ha presentado un sistema voluntario para compensar las emisiones es Ryanair, que el año pasado entró por primera vez en la lista de los diez actores más contaminantes de gases de efecto invernadero de la Unión Europea, una clasificación que siempre había estado copada por centrales eléctricas de carbón, según los datos de la Comisión Europea analizados por el grupo Transport & Environment (T&E). Las flotas de las compañías aéreas de bajo coste son, en general, más modernas y más limpias, pero la proporción total de vuelos se ha duplicado a lo largo del último decenio.

Sin un plan global vinculante para reducir emisiones en el sector –no están sujetos al Acuerdo de París–, en diversos países europeos se están empezando a plantear iniciativas para prohibir los vuelos cuyo recorrido se pueda realizar en tren en tres horas o menos (como en Bélgica); o limitar a tres el número de viajes de ida y vuelta en avión por año y por persona (como en Alemania). Mientras, las previsiones de la Asociación de Transporte Aéreo Internacional (IATA) apuntan a que el número de pasajeros podría doblarse en las próximas dos décadas, superando los 8.200 millones hacia finales de la década de 2030. Buena parte del nuevo flujo se dirigirá hacia Asia-Pacífico, con más de la mitad del número total de nuevos pasajeros.

«De media, los aviones son unas 18 veces más contaminantes respecto al tren», explica Blázquez. Su organización forma parte de Quédate en Tierra, que promueve la creación de un impuesto al queroseno –no está gravado en Europa–, aunque también «tendría que haber una alternativa de transporte, como una buena red de trenes que sean asequibles».

Alternativas

Un vuelo entre Madrid y Barcelona emite unos 70 kilogramos de dióxido de carbono por pasajero, mientras que el mismo trayecto en ferrocarril supone unos 6 kilogramos. «Se puede hacer perfectamente en tren, pero en avión sale más barato. Hay que cambiarlo, para que la fiscalidad sea favorable al medio que es más sostenible», sostiene Blázquez.

La plataforma también pide una vuelta a los trenes nocturnos para trayectos algo más largos, como Madrid-Bruselas. Blázquez ha hecho el trayecto en tren, unas 12 horas, que aunque son «factibles», son «duras». «Con un tren nocturno sería más fácil. Lo coges por la noche y a primera hora de la mañana estás en Bruselas», resume.

Por si hoy parece lejano restringir el número de vuelos por persona, también se habla ya de fomentar cambios en el mundo de los negocios. «Quizá no podemos dejar de volar por completo, pero requiere un cambio de hábitos. Se puede estudiar un impuesto especial para viajeros frecuentes, en vez darles ventajas. Porque el que contamina, paga», concluye Blázquez.