Zona alicantina en la que se han abandonado los cultivos y, a la derecha, Toni Llorca frente a los cultivos de aguacates en Callosa d'En Sarrià
Zona alicantina en la que se han abandonado los cultivos y, a la derecha, Toni Llorca frente a los cultivos de aguacates en Callosa d'En Sarrià - Juan Carlos Soler

De la naranja a la papaya, los cultivos tradicionales dan paso a otros exóticos y más rentables

Las temperaturas más templadas están revolucionando la producción agrícola española

Callosa D'En Sarrià/ ToledoActualizado:

Cuando en la década de los 60 del siglo pasado, los agricultores de Callosa d’en Sarrià (Alicante) empezaron a notar que las alcachofas ya no cuajaban en sus campos, pensaron que «la tierra estaba cansada». No obstante, había otra razón. «Debe ser el cambio climático, porque yo he probado después con terrenos nuevos, donde no se habían plantado nunca alcachofas, y tampoco van bien», razona Toni Llorca, uno de los veteranos productores de níspero y -ahora también- aguacates del pueblo.

En cambio, otros cultivos subtropicales como el mango, la papaya, la chirimoya parecen el futuro y muchos están probando, incluso podría funcionar muy bien, la pitahaya, una especie de cactus de flores preciosas y fruto colorido que consume apenas un 30% del agua que necesitan las frutas más propias de esta zona del planeta, describe Toni Ferri, de La Unió de Llauradors-COAG. De hecho, uno de los principales efectos de la desertificación se ha dejado sentir aquí porque al alargarse la estación calurosa varias semanas, ha proliferado la mosca mediterránea de la fruta, lo que ha acabado con manzanos, perales y cítricos que tantas alegrías daban antaño a estos campesinos.

En el paisaje más visible, también el maíz, el trigo y la viña han desaparecido de las laderas de las montañas circundantes de este valle conocido ahora por sus infinitos bancales de níspero y las cubiertas de plástico para proteger del viento este fruto de piel tan sensible. Hoy a esas altitudes de las sierras solo han quedado algunas pinadas. «Ahora cuatro días seguidos de lluvia como esta Semana Santa no se ven nunca, pero yo oía a mis padres y abuelos que eso antes sí ocurría con frecuencia, y en otras épocas había quienes se ataban para bajar al río y se la jugaban para recoger la leña que arrastraba el agua con aquellas precipitaciones para luego venderla», rememora Ferri.

Lluvia a destiempo

En ocasiones, la lluvia también perjudica sus intereses, como ha ocurrido hace unos días con este temporal que ha malogrado casi un tercio de la cosecha de nísperos, al agrietar el fruto. «Somos de los pocos pueblos donde hay gente que sobrevive gracias a la agricultura, o es una fuente importante de sus ingresos», recuerda Josep Savall, alcalde de Callosa d’en Sarrià, este municipio con algo más de 7.000 habitantes.

Él mismo ha trabajado este cultivo laborioso con las enseñanzas de su familia, un fruto que requiere de dos podas en abril y septiembre, un «aclarado» rompiéndole algunas flores para seleccionar y que solo cuaje una parte del fruto, y otros cuidados para evitar que los hongos arruinen la estética, tan importante para un buen precio del níspero en el mercado español y también para la exportación. «No hemos conseguido transmitir a los consumidores que las manchas son sinónimo de buen sabor, de calidad, como sí han hecho con los plátanos de Canarias», lamenta Savall.

El níspero, además, requiere de una recolección progresiva, conforme madura cada pieza y en apenas un mes hacen falta muchas manos para evitar que se caiga al suelo. «La gente ya no quiere estar tan sacrificada para toda la vida y la mayoría de los jóvenes se van fuera», relata Llorca, quien no obstante ha tenido la dicha de ver el relevo generacional asegurado en su casa. Incluso su yerno, que tiene un restaurante y no conocía el trabajo en el campo, se ha entusiasmado con este preciado rincón de tierra llamado entre los callosinos «el hígado del conejo», metáfora para destacar que es el bocado más preciado de la pieza.

Cultivos leñosos

También en Mariana, un pequeño pueblo de 300 habitantes cercano a Cuencan, Ismael Sanz viene sustituyendo en los últimos años los cultivos de cereal y girasol por encinas truferas, de las que ahora tiene ocho hectáreas. El clima de la serranía conquense, con los inviernos fríos y un mínimo de precipitaciones, es «muy bueno» para la trufa silvestre. En su recogida, entre diciembre y marzo, organiza visitas guiadas en las que enseña a los turistas el cultivo e incluso les deja que participen acompañados de perros. Este joven agricultor de 37 años reconoce que la razón de la sustitución es económica: la rentabilidad.

Los terrenos de Ismael Sanz han pasado de tener cereal a tener encina trufera
Los terrenos de Ismael Sanz han pasado de tener cereal a tener encina trufera - ABC

Julio Raboso tiene una empresa de servicios en la comarca de La Mancha toledana y está realizando muchas plantaciones de viñedo, pistacho, almendro u olivar. Se trata de cultivos leñosos que están ocupando el lugar que tradicionalmente le ha correspondido al cereal. «Tiene muy poca rentabilidad y el agricultor está buscando la diversificación. Por ejemplo, este año que las lluvias han sido muy escasas, con el cereal no es que ganes, es que pierdes dinero», explica Raboso, de 56 años. En cambio, «en nuestra zona el olivo era residual y cada vez hay más gente que los ha plantado; también el almendro y el pistacho, unos cultivos que están obteniendo buenas rentabilidades», añade.

La economía tiene mucho que ver con el clima, un factor fundamental para los cultivos. Por ejemplo, la cosecha del cereal se puede venir abajo si en primavera no llueve. En cambio, los leñosos aguantan mejor al tener las raíces más profundas. Este contexto es imprescindible para explicar que en los últimos tres años la superficie de almendro en Castilla-La Mancha prácticamente se ha doblado, pasado de 60.000 hectáreas en 2016 a 114.000 en 2018. Por contra, la superficie de cereal ha bajado casi en la misma proporción, informan desde Asaja (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores).

Ángel Leandro Espada tiene 43 años y 35 hectáreas de viñedo en Villacañas, en La Mancha toledana. En los últimos tiempos ha ido sustituyendo las viñas más viejas, plantadas en vaso, por otras en espaldera. Espada dice que lo hace por la falta de mano de obra, lo que le ha llevado a la necesidad de mecanización, que al final resulta mucho más rentable.

En lo relativo al clima, coincide con Ismael y Julio. «Lo que observo es que los ciclos de sequía cada vez son más largos», cree, y añade: «Al no llover, el suelo no se recarga de agua, las plantas cada vez tienen menos fuerza y la producción va disminuyendo». Con este panorama, este agricultor admite que «sobrevivimos gracias a los pozos». Los solicitan a la Confederación Hidrográfica del Guadiana para que así las plantaciones tengan algo de agua. Porque si tienen que estar dependiendo del cielo...