Una niña, inmigrante de Honduras, en brazos de su padre, cruza el río Suchiate, frontera entre Guatelama y México
Una niña, inmigrante de Honduras, en brazos de su padre, cruza el río Suchiate, frontera entre Guatelama y México - Reuters/ Adrees Latif

Huida del infierno centroamericano

La mayoría de las cientos de personas que huyen cada día del temido Triángulo Norte de Centroamérica son refugiados que escapan de la extorsión y las amenazas de las maras

MadridActualizado:

La muerte de Óscar y Valeria, un padre y su hija ahogados en el río Bravo, no es un caso aislado. «Todos conocen la cantidad de vidas que el río se cobra, pero no se detienen», asegura José Luis Garayoa, agustino recoleto en la frontera sur de Estados Unidos. No se detienen porque es más fuerte lo que les empuja a huir de Centroamérica: la violencia de las maras, la miseria, la corrupción o los acuerdos comerciales con Estados Unidos que hacen insostenible la agricultura local. Pero al llegar a la frontera –los que consiguen sortear a las mafias y a los soldados mexicanos– no se encuentran con el sueño esperado. «No sé cómo decirles que ya no basta con huir de las maras para quedarse en suelo americano», dice Garayoa. Bienvenidos al viaje del infierno.

«Durante los últimos meses hemos tenido varios asesinatos diarios [en la Ciudad de Guatemala, con una población de 2,5 millones de personas]. La mayoría de los muertos son jóvenes emprendedores que no pagan la cuota, la extorsión semanal o mensual a la que someten las maras a quienes trabajan en su tiendita, en su peluquería, en su puesto de tortillas…». Muchos no pueden pagar –algunos impuestos alcanzan los 50 dólares al mes, casi la totalidad de los ingresos– y la consecuencia es morir baleados [asesinados a tiros] cuando menos lo esperan, o aparecer cortados a trozos en el río cercano, metidos en bolsas de basura. «Así encontraron a una mujer hace poco donde vivo, la Zona 6 de Guatemala, la segunda zona más violenta del país», asegura el jesuita José Luis González. «Los mareros la habían secuestrado y despedazado».

En los países del Triángulo Norte de Centroamérica (TNCA), formado por El Salvador, Guatemala y Honduras, todos los dueños de actividades comerciales están obligados por el crimen organizado a pagar un tributo. Como Fabio, dueño de un puesto de tortillas en el mercado de Tegucigalpa. Un día se presentaron dos hombres de la mara Salvatrucha y le exigieron el pago de una cuota porque, decían, aquel territorio era suyo. «Empecé a pagar, pero cada vez querían más. Amenazaron con matarme y tuve que escapar de mi país», asegura. O como Marlon, que se marchó de El Salvador acostado en una pick up sin decírselo a su familia, con cinco dólares y una mochila con tres cambios de ropa. Llevaba dos meses en casa sin poder salir ni a comprar, porque se negó a formar parte de una banda y estaba amenazado de muerte. O como Brenda, trabajadora del hogar para una familia acomodada de la capital salvadoreña. «Las maras estaban convencidas de que era rica y me pedían cuotas cada vez más elevadas. Cuando me quejé, me amenazaron con llevarse a mi hija de 11 años».

Estos tres países que conforman el TNCA «se ubican entre los diez países del mundo con un mayor índice de muertes por homicidio por cada 100.000 habitantes, con niveles incluso superiores a los de países afectados por conflictos armados». Tan solo en 2018, 10.531 personas murieron en estos países de forma violenta, a manos de las bandas criminales callejeras. Lo asegura Save the Children en su informe «En el fuego cruzado», presentado este martes, sobre el impacto de la violencia de maras y pandillas en la educación de los países centroamericanos. El Salvador, concretamente, «cuenta con la mayor tasa de homicidios en Centroamérica, con una media de 100 por cada 100.000 habitantes». En Guatemala, el primer país en situación de pobreza en América Latina, «la violencia homicida ha aumentado en las últimas décadas. La tasa de homicidios ya supera los 80 por cada 100.000 habitantes, siendo niños y jóvenes entre 11 y 30 años las principales víctimas», añade el informe.

También las niñas y mujeres jóvenes son captadas por los pandilleros, pero en la mayoría de los casos «con fines de abuso o explotación sexual», aseveran desde Save the Children. Por eso Brenda cogió a sus dos niñas y se embarcó en una de las famosas caravanas de migrantes, que comenzaron a organizarse masivamente a finales de 2018 con el fin de llegar juntos a suelo americano. «El objetivo de ir en grandes grupos era defenderse unidos –asegura José Luis González–, porque individualmente es más fácil ser atacados y secuestrados. Pero de esta forma eran más fuertes y, además, iban acompañados por periodistas», por lo que se convirtieron en el punto de mira de la opinión pública de medio mundo.

Aunque ya no de forma masiva, «seguirá habiendo caravanas», afirma el jesuita. El motivo de la desaparición de estos abarrotados convoyes es la nueva política migratoria del presidente mexicano López Obrador, que ha enviado 15.000 soldados y policías a la parte norte del país y otros 6.000 a la frontera con Guatemala –presionado por Trump y su amenaza arancelaria–, con el objetivo de interceptar y deportar a los migrantes. Pero los soldados no acaban con el miedo. Solo provocan que los centroamericanos «utilicen vías secundarias, donde el crimen organizado extorsiona, secuestra y mata más fácilmente».

González no habla de oídas. Lo vivió en primera persona el pasado mes de abril. «Diez jóvenes hondureños avanzaban por el Anillo Periférico de Guatemala. Era la primera vez que salían de su país, salvo uno de ellos, que ya lo había intentado antes y convenció a sus acompañantes de que continuasen por esa vía hasta llegar a la frontera con México». Cuando pasaban por la Zona 7, un sicario bajó de una moto y comenzó a dispararlos a la cara. Cuatro fueron heridos de gravedad y Evin, de 19 años, ingresó en el hospital en coma. Murió una semana después, «un Jueves Santo, a la misma hora a la que le balearon». No tenía corona de espinas, recuerda González, «pero estaba desfigurado como el nazareno, con dos balas en el cráneo». «No sabemos quién pagó al sicario, pero estaba esperando a estos chicos, campesinos a los que su trabajo no daba ni para comer. Desde que se firmaron los Tratados de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos, los campesinos ven que su trabajo no sirve para nada. Por ejemplo, si siembran maíz, no sale rentable vender la cosecha a precio de mercado porque el estadounidense, producido con grandes tecnologías, llega a Honduras más barato que el maíz del campesino local», sostiene el religioso.

Las otras «causas profundas»

Moisés Gómez, de la Universidad Centroamericana de El Salvador, añade la pobreza estructural como otra de las causas profundas que motivan la huida de sus compatriotas hacia Estados Unidos. «Son personas muy trabajadoras, pero por más que se esfuercen no pueden satisfacer necesidades básicas como la alimentación, la vivienda, la educación de los hijos… No queda otra que mirar hacia fuera». Como hicieron Evin y sus compañeros. «No podemos olvidarnos tampoco de la reunificación familiar. Por ejemplo, el 25 % los salvadoreños viven fuera del país, mayoritariamente en Norteamérica, y claro, las familias se quieren reunir. Piden el visado para migrar de forma documentada, pero son rechazados en un 90 %, orillados a la ilegalidad y obligados a buscar vías fuera de las establecidas para emigrar».

También es un problema cada vez mayor, añade, «la corrupción en los gobiernos» y la desvinculación de los mandatarios centroamericanos de los problemas reales del pueblo. Y pone como ejemplo el famoso Plan de Desarrollo Integral para Centroamérica y el Sur de México, elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de la ONU, «que estima una inversión de 10.600 millones de dólares para crear oportunidades económicas y mejorar la seguridad en las comunidades». Algo que a priori suena revelador, pero que «ha sido elaborado unilateralmente por México». Para Gómez es sorprendente que los gobiernos centroamericanos «no vean la migración como un problema y en cambio sea el país mexicano el que proponga una solución» externa «que no creemos que solucione nada».

Alberto Ares, coordinador adjunto del SJM España, habla con Alfa y Omega desde El Salvador y añade otra situación que fomenta el éxodo centroamericano: «No podemos olvidar el efecto llamada. Los que migraron antes envían imágenes desde Estados Unidos en las que parecen estar en el paraíso. Raramente dicen en qué trabajan, cómo viven.. Intentan maquillar una situación vital complicada». Y sus jóvenes compatriotas se preguntan: «¿Por qué yo no?». De hecho, «las expectativas de los estudiantes no son tanto ir a la universidad como buscar una manera de llegar a suelo estadounidense».

Ya no vale con huir de las maras

El camino hasta la frontera es arduo. Save the Children, sobre el terreno, afirma ser testigo de cómo los migrantes, en especial «las niñas y niños, están expuestos a terribles privaciones y peligros». Ellos son los más vulnerables a los «traficantes, las redes de trata, a sufrir violencia y sexual y a todo tipo de vejaciones de las Fuerzas de Seguridad». Sin contar con «las condiciones de viaje, en las que tienen que recorrer cientos de kilómetros a pie en zonas desérticas, bajo un sol abrasador y sin acceso a agua ni comida».

Pero hay quienes –¡por fin!– llegan hasta la frontera. Ahora llena de militares. «Por eso se aventuran a cruzar a Estados Unidos por el río Bravo, y todos conocen la cantidad de vidas que el río se cobra cada año [NdR: como la de Óscar y Valeria], pero no se detienen», asegura José Luis Garayoa, misionero agustino recoleto en El Paso (Texas).

Para evitar este peligroso cruce, el obispo estadounidense Mark Joseph Seitz, titular de la diócesis de El Paso, acompaña en ocasiones a familias que quieren cruzar la frontera. El pasado jueves, sin ir más lejos, «se puso todos sus capisayos y cruzó a una familia hondureña, el papá, la mamá y dos niñas, por el puente Paso del Norte de Ciudad Juárez», explica Garayoa. Monseñor Seitz acusa a su país de creer «que estos padres no tienen derecho a salvar a sus hijos de la violencia o la desnutrición, no tienen derecho a un trabajo, ni tienen derecho a reunirse con la familia». «Hemos olvidado el mandamiento de amar, hemos olvidado a Dios», añadió en declaraciones a la prensa tras el gesto público.

La mayoría de los que logran cruzar son llevados al centro de detención. Adiós, sueño americano. «Me decía un padre de familia que estaba en el centro que, cuando no tienes nada que perder, te arriesgas a cualquier cosa por ver crecer a tus hijos con una mínima calidad de vida. Todos creen que, después de tanto sufrimiento les concederán asilo. Y no me atrevo a decirles que las condiciones han cambiado, que ya no basta con ser amenazado por los cárteles de la droga o las maras, que para quedarse deben de tener una historia creíble de persecución política», explica el misionero.

El tiempo de estancia varía dependiendo de la situación personal de cada uno. «Hay que tener en cuenta que entrar ilegalmente al país ya se considera una felonía o delito». Lo más sorprendente de los centros, añade Garayoa, es «uno, que los detenidos casi nunca se quejan del trato recibido, porque el dolor es otro: estar lejos de sus seres queridos, no saber dónde están sus hijos, su mujer, sus padres ancianos… –curiosamente me dicen que uno de los momentos más felices en el centro es la celebración de la Eucaristía los viernes–; y dos, el hormiguero de abogados de toda monta que pululan ofreciendo a los familiares “llevar su caso” y liberar al migrante. La mayoría de las veces lo único que se consigue es retrasar la deportación después de vaciar la cuenta corriente de la familia». Welcome to the United States.