Museo de la marihuana en Barcelona
Museo de la marihuana en Barcelona - Inés Baucells

Barcelona emerge como un destino preferente para el turismo cannábico

Los clubes de Las Ramblas se saltan las leyes para lucrarse con los turistas

MIQUEL VERA
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Apenas catorce minutos. Este fue el tiempo que transcurrió desde que pusimos un pie en Las Ramblas hasta que nos vimos sentados en el sofá de un club cannábico con una generosa dosis de marihuana en las manos. Y eso porque el «overbooking» en el primer local que visitamos nos obligó a buscarnos otro. Era sábado y pasaban unos minutos de las ocho de la tarde. La muchedumbre subía y bajaba el icónico paseo de la capital catalana, repleta de turistas. Los forasteros son, precisamente, el blanco de los «agentes verdes». Se conoce así en la jerga policial a estos individuos, la mayoría subsaharianos, que escudriñan Las Ramblas a la caza del turista para llevarlos a estos locales. «¿Barcelona coffee shop?», pregunta uno de ellos. No habla español, «only english», nos dice. Aceptamos su propuesta y emprendemos el camino por callejuelas aledañas al mercado de La Boquería hasta un bajo perfectamente reformado, que cuenta incluso con un sofisticado sistema de alarmas.

La oferta. Veinte euros por cabeza para hacernos un carné con el que después poder comprar la marihuana en el mismo establecimiento durante un año. Exhibimos nuestra condición de barceloneses y entonces llegan las rebajas: dos por uno, como en la pizzería. Pero esta asociación tiene el aforo completo y el «agente verde» nos redirige a un segundo club, esta vez en el barrio Gótico. En este local, que no hace demasiado tiempo era una zapatería, nos hacen la misma oferta. Nos dan dos tarjetas del club para rellenar, hacernos socios y así poder comprar marihuana. Ni nos piden el DNI ni tampoco revisan que nuestros datos sean correctos. Fue suficiente con haber pagado diez euros cada uno para tener vía libre. Bajamos al sótano, un espacio amplio y diáfano, aún en obras. Entre una cortina de humo, barceloneses y turistas, sobre todo turistas, fuman tranquilos, charlando y recostados en los sillones.

Un enredo legislativo

La gama de marihuana se puede ver en una moderna pantalla «lead»: hay gran variedad de «hierba» a precios altos, entre 11 y 40 euros el gramo, que parecen más dirigidos a foráneos que a barceloneses. Para comprar no se nos exige ni el DNI ni la recién estrenada tarjeta de socio. Apenas un cuarto de hora después de haber pisado Las Ramblas ya habíamos conseguido la marihuana sin ningún tipo de control. Con pagar fue suficiente.

Según fuentes municipales, este local, en el que caímos de forma aleatoria, no tiene licencia y el Ayuntamiento está gestionando su cierre. Por el momento, sus responsables continúan lucrándose con un negocio claramente irregular.

Los «agentes verdes» se lanzan a la caza del turista vulnerando así de forma evidente la ley. ¿Son estas irregularidades exclusivas de clubes de La Rambla que se lucran con el «boom turístico» o se trata de una práctica generalizada? Los expertos discrepan. El presidente de la comisión de Drogas del Colegio de la Abogacía de Barcelona, Francisco Blázquez, cree que, en general, estas asociaciones sí cumplen. «Las propias federaciones de clubes cannábicos son las primeras en querer regularse», dice el letrado. No piensa lo mismo el fiscal antidroga de Barcelona, Gerardo Cavero. «Puede que haya algún club que lo cumpla, pero no conozco ni uno solo», explica a ABC.

En el trasfondo de esta discrepancia subyace el enredo legislativo en el que se encuentra en esta materia Cataluña, una de las tres comunidades con más clubes registrados, junto al País Vasco y a Navarra. Según datos de la Consejería de Justicia de la Generalitat, a los que ha accedido este diario, Cataluña cuenta con 803 asociaciones y federaciones de consumidores de cánnabis registradas. De ellas, un total de 344 están ubicadas en Barcelona, según datos del mes de mayo.

La ley catalana que regularía las asociaciones de consumidores de cánnabis, de julio de 2017, se encuentra suspendida por el Tribunal Constitucional tras un recurso del Gobierno central, que considera que invade competencias estatales.

Para el fiscal antidroga, ante este escenario, la doctrina jurisprudencial que debe marcar el compás en esta materia es una sentencia del Tribunal Supremo de septiembre de 2007, sobre el caso de un club vasco. Un fallo que interpreta de forma restrictiva lo que puede considerarse «consumo propio» o «bolsa común» y la delgada línea que lo separa del tráfico de drogas.

En todo caso, la práctica de estos locales de Las Ramblas que se abalanzan sobre los turistas con evidente ánimo de lucro destroza cualquier tipo de intento de camuflar su negocio como autoconsumo. Incumplirían, casi punto por punto, la garantista ley catalana, ahora suspendida. También se alejan de los códigos de buenas prácticas que promulgan las federaciones que defienden los intereses del sector.

Ni aval ni fines terapéuticos

A continuación, sólo algunos ejemplos sobre los incumplimientos de esta ley catalana. El artículo 9 establece que es imprescindible el aval de otro socio para ingresar en un club, o como alternativa, debe justificarse que la marihuana se necesita para fines terapéuticos. También debe firmarse la aceptación de los estatutos de la asociación. Nada de esto se nos exigió en nuestra incursión en el citado club del Gótico. Tampoco se comprobó nuestra identidad -como exigiría el artículo 21 de la misma ley- y, por consiguiente, no se tomó nota de la cantidad, que como socios, retirábamos (artículo 25).

Además se nos ofreció cerveza, cuando el artículo 33 establece que vender bebidas alcohólicas sería una infracción muy grave. Y por supuesto, también sería irregular contar con «agentes verdes» en la calle para captar clientela entre los jóvenes extranjeros que patean Las Ramblas.

«Cuando comenté que venía a Barcelona me dijeron que aprovechara y comprara “maría”, que aquí es buena y se consigue fácil», explica Harvey, un joven londinense de 21 años, que confiesa sentirse impresionado por el gran número de «coffee shops» de la capital catalana. «Se te acerca mucha gente para ofrecerte marihuana a todas horas. De hecho, uno de los amigos con los que he venido estaba tan emocionado que se ha ido a uno de estos y aún no ha vuelto». Harvey considera que Barcelona es un buen sitio para fumar, «mejor que Amsterdam incluso». Sus amigos lo corroboran asintiendo. Para estos jóvenes ingleses, el acceso fácil y rápido a la marihuana se suma a otros atractivos que de por sí tiene Barcelona. Incluso la describen como «capital de la maría».

Las instituciones

Francis es un estadounidense que roza la treintena. Firme defensor de las cooperativas de consumo de cánnabis -es miembro de dos de ellas-, celebra la facilidad con la que consigue cánnabis en España en comparación con su Missouri natal. Está convencido de que estos clubes cuentan con «el apoyo del Gobierno», lo que da una idea de la imagen que proyectan estos negocios.

¿Qué hacen las instituciones ante este panorama? El Consistorio dice estar trabajando desde hace años en una nueva ordenanza específica, que incluya criterios de salud pública. Desde la Fiscalía se apunta a que prestan atención a esta materia pero priorizan otras cuestiones, como el tráfico de droga a gran escala. Sus recursos son limitados. Mientras, florece en Barcelona un sector con mucho mercado y pocos escrúpulos, que sitúa a la capital catalana como un destino preferente para el turismo cannábico.