Mussie Zerai en una rueda de prensa en Erlinsbach (Suiza), este 9 de octubre de 2015
Mussie Zerai en una rueda de prensa en Erlinsbach (Suiza), este 9 de octubre de 2015 - efe

Mussie Zerai, el sacerdote que ha salvado la vida a miles de refugiados

Poco antes de entregarse el Nobel de la Paz, donde partía como favorito, este eritreo se sinceraba con ABC

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Hace solo unos días, en fallida profecía, Mussie Zerai, entonces uno de los máximos favoritos al Nobel de la Paz 2015, se sinceraba con ABC ante un posible reconocimiento a su trabajo.«(El galardón) no sería solo para mí, sino para todo el pueblo eritreo y del continente africano», aseguraba.

Para muchos, puesta en cuarentena, esta cita quizá sea la expresión de una derrota. Sin embargo, a pesar de su total falta de premonición, la crónica de este sacerdote eritreo, uno de los principales apoyos para los miles de refugiados que, cada año, deciden escapar de la guerra y la persecución, merece ser escuchada.

Antes, eso sí, es necesario viajar 3.500 kilómetros: en los primeros seis meses de 2015, de los 137.000 refugiados y migrantes que llegaron a Europa por mar, el 12% eran eritreos, en la segunda mayor fuente después de Siria.

«Estas personas huyen de su país a causa de la dictadura en curso, así como ante falta de derechos y libertades fundamentales», reconoce a ABC Zerai, fundador de la organización humanitaria «Habeshia»

Desde su independencia en 1993, al menos 10.000 presos políticos, buena parte de ellos sin acusación formal, han sido encarcelados por el Gobierno de Eritrea como parte de su cruzada para acallar a las voces críticas.

Recientemente, el alto comisionado de las Naciones Unidas para los derechos humanos hacía público un informe donde se relataban los patrones horribles de tortura, detención arbitraria y la conscripción indefinida que provocan la huida de miles de eritreos cada año de su país de origen.

Las 484 páginas del estudio son un baúl repleto de crímenes contra la humanidad y violaciones sistemáticas de los derechos humanos en un «alcance y escala pocas veces presenciado».

El propio Zerai (60) sabe qué significa tener que abandonarlo todo. Con solo 14 años partió de su país hacia Italia. Más tarde, en 2003, convertido ya en sacerdote, su nombre se haría famoso entre los inmigrantes africanos tras colaborar como traductor con un periodista italiano en las cárceles de Libia. «Para cualquier emergencia, llamad a este número» se leía en los muros de la prisión.

Servicio militar indefinido

Desde entonces, son miles las llamadas que ha recibido en sus móviles suizo e italiano (Zerai reside a caballo entre El Vaticano y Suiza) de inmigrantes cuyas embarcaciones se encuentran a la deriva. Su labor, entonces, consiste en facilitar las coordenadas a la guardia costera para un pronto rescate.

«El trabajo que hago es dar voz a tantos millares de refugiados. Ya sean de Eritrea, de Etiopía, de Somalia, de Sudán... Mi batalla es por la justicia y por los derechos de estas personas», reconocía a este diario.

Ya en 2013, la relatora de la ONU en la región, Sheila B. Keetharuth, lamentaba que la obligación de realizar un servicio militar indefinido (en lugar de los 18 meses que marca la ley) fue citado como la razón principal de los propios eritreos para abandonar su país de origen.

En virtud del artículo 8 del acta de proclamación de 1995, todos los ciudadanos eritreos de edades comprendidas entre los 18 y los 40 años tienen la obligación de realizar el servicio militar, que consiste en seis meses de entrenamiento en un centro de capacitación y 12 meses «plenamente activos». Pese a ello, los 18 meses resultantes es habitual que se amplíen de forma indefinida.

«Eritrea continúa diciendo que está en guerra con su vecino Etiopía (…) Ha movilizado todo el pueblo a las armas. Tenemos un país militarizado», asevera Zerai, quien denuncia las condiciones de esclavitud que sufre la población.