El Papa durante la ceremonia celebrada en la basílica de San Pedro
El Papa durante la ceremonia celebrada en la basílica de San Pedro - EFE

El Papa condena el genocidio armenio y a quienes «mantienen una herida sangrante sin medicación»

Enumera las siete «exterminios» del siglo XX y denuncia «el que vivimos hoy»

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En una ceremonia solemne, celebrada en la basílica de San Pedro ante las máximas autoridades políticas y religiosas de Armenia, el Papa Francisco ha lamentado este domingo «el primer genocidio del siglo XX», como había llamado ya san Juan Pablo II al que sufrieron los armenios y otros cristianos de Turquía hace exactamente un siglo.

Sin miedo a la irritación y a las posibles las represalias de las autoridades turcas, el Papa conmemoró el centenario del «martirio», el «Metz Yeghern» de los armenios y declaró doctor de la Iglesia a san Gregorio de Narek. Le escuchaban en primera fila, el presidente de Armenia, Serz Sargsyan, y los dos patriarcas, Karekin II, de Todos los Armenios y Aram I, de la Gran Casa de Cilicia, junto con el patriarca de los armenios católicos Nerses Bedros XIX.

En una basílica de San Pedro repleta de fieles, en su mayoría armenios de los diez millones que componen la diáspora, el Papa abordó el «despiadado exterminio» de sus compatriotas en un vigoroso discurso previo al comienzo de la misa.

Francisco denunció que «estamos viviendo un tiempo de guerra, un tercera guerra mundial ‘a trozos’, en la que asistimos cada día a crímenes despiadados, a matanzas sangrientas y a una locura de destrucción». Entre las víctimas, «sentimos el grito sofocado e ignorado de tantos hermanos y hermanas nuestros inermes, que por su fe en Cristo o por su pertenencia étnica son asesinados atrozmente en público –decapitados, crucificados, quemados vivos- , o forzados a abandonar su tierra».

Con todo vigor, el Santo Padre denunció que «hoy estamos viviendo una especie de genocidio causado por la indiferencia general colectiva y el silencio cómplice de Caín, que exclama: ‘Y a mí, ¿qué me importa?’ ‘¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?’».

El Papa recordó que «nuestra humanidad ha vivido en el siglo pasado tres grandes tragedias inauditas: la primera fue aquella que generalmente se considera ‘el primer genocidio del siglo XX’, en palabras de Juan Pablo II y el patriarca armenio Karekin II en el 2001. Castigó vuestro pueblo armenio, la primera nación cristiana, junto con los sirios católicos y ortodoxos, los asirios, los caldeos y los griegos».

Francisco citaba a todos los cristianos de las distintas iglesias y ritos víctimas del régimen turco, precisando que «fueron asesinados obispos, sacerdotes, religiosos, mujeres, hombres, ancianos e incluso niños y enfermos indefensos». Para poner la tragedia en contexto, el Obispo de Roma recordó también «los otros dos grandes genocidios, perpetrados por el nazismo y el estalinismo y, más recientemente, otros exterminios masivos como los de Camboya, Ruanda, Burundi y Bosnia».

El Papa lamento enérgicamente la indiferencia colectiva, pues «parece que el entusiasmo surgido al final de la Segunda Guerra Mundial esté desapareciendo y disolviéndose. Parece que la familia humana se niega a aprender de sus propios errores causados por la ley del terror, e incluso hoy hay quien trata de eliminar a sus propios semejantes, con la ayuda de algunos y el silencio cómplice de otros»

Volviendo al caso de Armenia en 1915, el Papa afirmó que «hoy recordamos con el corazón traspasado de dolor el centenario de aquel trágico acontecimiento, de aquel exterminio despiadado y loco, que sufrieron cruelmente vuestros antepasados».

En palabras muy fuertes, dirigidas claramente a Turquía, Francisco advirtió que «recordarlo es necesario. Es más, es un deber, pues donde no vive la memoria significa que el mal tiene todavía abierta la herida. ¡Esconder o negar el mal es como dejar que una herida continúe sangrando, sin medicación!».

Posteriormente, en la homilía, el Papa se preguntó «¿por qué?» y fue presentando las respuestas bíblicas al mal para concluir recordando que «los santos nos enseñan que el mundo se cambia empezando por la conversión del propio corazón, y esto sucede gracias a la misericordia de Dios», cuya fiesta, instituida por san Juan Pablo II, se celebra precisamente ese domingo.