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La Voz «La Voz», desde plató: Que parezca un accidente

El público de «La Voz» obedece las órdenes de los técnicos y cumple mansamente con su papel de comparsa

Un momento de la actuación de Viki Lafuente en la semifinal de «La Voz»
Un momento de la actuación de Viki Lafuente en la semifinal de «La Voz» - ANTENA 3
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Al televidente le conviene creer que un programa emitido en directo es una garantía de cierta autenticidad, un espacio abierto a la incertidumbre donde las cosas ocurren por generación espontánea. Se supone que los programas en directo están, de algún modo, a la intemperie, expuestos a fallos técnicos, lapsus de memoria o al amotinamiento del público. Y aunque algo de eso pueda haber, lo cierto es que grabar un programa de televisión en directo con espectadores en plató es una inmensa hazaña logística y coreográfica que no permite dejar nada en manos del azar, pero obliga a que todo parezca un accidente.

En la semifinal de «La Voz» metieron a 1.100 personas en plató en lo que puede parecer el «más difícil todavía» de la televisión en directo, pero es a la vez un experimento de control y coordinación de multitudes. Los invitados, antes de entrar al plató, deben firmar el contrato de cesión de los derechos de imagen y reciben a cambio un tristísimo bocadillo de mortadela y una botella de agua: un negocio redondo para Antena 3. Una vez en el vestíbulo, los espectadores dejan sus abrigos en el ropero para pasar al sofocante calor del plató, donde serían comprimidos en las gradas o apelotonados en el foso. Estos últimos, los más incondicionales del programa, debían concentrarse a pie firme en un perímetro muy limitado para no escapar al ángulo de la cámara y dar sensación de lleno junto al escenario.

Una hora y media antes de que comenzase la gala casi todos los invitados estaban ya en su sitio. El tiempo de espera lo amenizaron a medias un speaker, un cantante y el jefe de plató pidiendo silencio y dando instrucciones. Para disgusto de los asistentes se anunció que estaba prohibido sacar fotos, y los guardias de seguridad oteaban las gradas para reprender a quienes incumpliesen las normas. Pese a la obstinación de los vigilantes, los invitados aprovecharon los descuidos de la autoridad y la oscuridad del plató para llevarse un buen álbum fotográfico en el teléfono.

Minutos antes de que empezase la semifinal, las familias de los concursantes hablaban entre ellas y suplicaban por votos entre sus vecinos de asiento. «Es que Ángel también es de Zaragoza, entonces los votos de allí se reparten», se lamentaba la madre de Viki Lafuente, «además él es policía y muchos policías le van a votar a él». Tuvo buen ojo la mujer y Ángel se convirtió en el primer finalista de «La Voz», aunque no por mucha diferencia.

El público reacciona en todo momento a las órdenes de los técnicos y cumple mansamente con su papel de comparsa: «Aplausos», «en pie» y «manos arriba». Esta última fue la más frecuente, pues pegaba a la perfección con el tono melancólico y desgarrador de casi todas las canciones. Las gradas de las familiares a punto estuvieron de encharcarse a causa de la llorera generalizada. Un cebo muy apetitoso para las cámaras, que hacían guardia frente a la bancada para sorprender a hermanos, padres y abuelas secándose las lágrimas.

En total fueron casi tres horas de programa, doce actuaciones y cuatro finalistas que se verán las caras el próximo miércoles. A la salida del plató una decena de autobuses esperaba a los asistentes para llevarlos de vuelta a casa: Toledo, Cuenca, Sevilla, Ciudad Real…Seguro que alguno volverá la semana que viene a por otro bocadillo.