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Muere el actor Álvaro de Luna, el inolvidable Algarrobo de la serie «Curro Jiménez»

El popular intérprete ha fallecido en Madrid a los 83 años víctima de un cáncer de hígado

Álvaro de Luna, en una imagen de archivo
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La mayoría del público recuerda a Álvaro de Luna como el bandolero El Algarrobo, montado a caballo y trotando por la serranía andaluza, pero lo que a él le gustaba, cuando no estaba actuando, era sentarse por las tardes con sus compañeros de tertulia en un rincón del Café Gijón, en Madrid. Allí, decía, se hizo demócrata, y allí se podía oír su voz roqueña y oscura al lado de Fernando Fernán-Gómez, su referente, o Manuel Alexandre, el eterno Manolito, al que acostumbraba a llevar en coche hasta allí.

A Álvaro de Luna le ha podido el cáncer de hígado que padecía desde hace unos años. Tenía 83 años, y desde hace casi más de cuatro décadas convivía con el personaje que le marcó: el de El Algarrobo en la serie «Curro Jiménez» (TVE, 1976-1978). «Yo nací para el público con El Algarrobo», decía, y se reía con que le identificaran con este noble bandolero. «Yo soy mucho menos bueno, o más malo que él», bromeaba.

Quien pensara que, como su personaje, Álvaro de Luna era bruto, tosco y salvaje, se equivocaba, porque él, actor casi por casualidad, había estudiado la carrera de Medicina -aunque nunca llegó a ejercer-. Lo hizo en Madrid, ciudad donde nació el 10 de abril de 1935. Alternó sus estudios con la práctica del deporte: gimnasia, esgrima, atletismo, hípica... «El mundo del espectáculo era totalmente lejano para mí -confesaba en una entrevista para la Academia de Cine-; empecé sin ninguna ilusión por la profesión». Fue Paco Lara quien, en la piscina del SEU, le habló de que en una película se necesitaba gente. Empezó como especialista y tuvo la oportunidad de trabajar en filmes como «Espartaco» o «Barrabás», al lado de actores como Kirk Douglas, Tony Curtis o Anthony Quinn, y directores como Stanley Kubrick. Como especialista viajó por todo el mundo y pasó varios años en Italia.

Debutó como actor de la mano de Tito Fernández en «Objetivo: las estrellas». Vendrían después títulos en el cine y la televisión como «La máscara de Scaramouche» -su director, Antonio Isasi-Isasmendi, fue quien le enseñó, reconocía, a amar el cine-, «Las que tienen que servir», «Lola, espejo oscuro» o «Los días de Cabirio», además de varios spaghetti western, hasta que llegó «Curro Jiménez», la serie que le marcaría para siempre. No renegaba, sin embargo, de la sombra del Algarrobo. «Lo que quema -dijo en la mencionada entrevista- no es que te pongan etiquetas, sino que el público no te conozca o que no te llamen los productores».

Hace apenas unas semanas se estrenó la última película en la que intervino: «Miau», de Ignacio Estaregui, que se suma a títulos tan variados como «Dulces horas», «Mi General», «Pesadilla para un rico», «Teo el pelirrojo», «La marcha verde», «Maestros», «El viaje de Carol», «Las voces de la noche», «Y tú quién eres» o «El prado de las estrellas», por la que tuvo su única nominación a los premios Goya.

En televisión trabajó en varios Estudio 1 y en otros programas dramáticos y series como «Historias para no dormir», «La barraca», «Régimen abierto», «Cuentos imposibles», «Farmacia de guardia», «Señor Alcalde», «Herederos», «Águila roja», «Luna, el misterio de Calenda» o «Sé quién eres».

También frecuentó los escenarios, aunque es el medio, recordaba, en que menos trabajó. Al teatro llegó pronto, y con el dramaturgo Jaime Salom estuvo un tiempo en el teatro Marquina, al lado de figuras como Antonio Vico. Su último trabajo en escena fue la adaptación de la película «El hijo de la novia», que interpretó hace tres años al lado de Tina Sainz y Juanjo Artero.

No le fue fácil, confesaba Álvaro de Luna, convertirse en actor. «Tardé mucho -reconocía- en entender cómo tenía que expresar la ternura, la soberbia... Tardé mucho en jugar y en no sufrir con el miedo al examen, que era llegar delante de la cámara y ser capaz de decir un texto escrito por otro y con una historia que no tenía nada que venir conmigo». Pero, con el tiempo, descubrió que era lo que más le gustaba. «Lo más difícil -decía- es la medida de los tiempos y la intensidad, dos cosas importantísimas que a veces no llegamos a aprender los actores». A la profesión, concluía, le debía mucho. «Me ha dado conocimientos que no hubiera llegado a tener de otra forma; me ha acercado a gente que me ha enseñado a vivir, como Fernando Fernán-Gómez o Manuel Alexandre y muchos otros».