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Festival de San Sebastián

Manuel Martín Cuenca: «Con 'El autor' quería contar la historia de un necio, reírme de mí mismo»

El cineasta almeriense compite por la Concha de Oro tras ganar el premio de la crítica en el Festival de Toronto

Manuel Martín Cuenca, en el Festival de San Sebastián
Manuel Martín Cuenca, en el Festival de San Sebastián - EFE
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Manuel Martín Cuenca (Almería, 1964) está relajado en el Festival de San Sebastián tras haber ganado el premio de la crítica en Toronto. Mientras se veía por primera vez «El autor» en España, el cineasta se fumaba un habano en la terraza del Hotel María Cristina y conversaba con ABC. «Es la tercera vez que vengo a la sección oficial y la cuarta a San Sebastián. A lo mejor me dan el premio por pesado, para que no vuelva más», contaba entre risas, aunque inquieto al pensar en lo que sucedía en el interior del cine, apenas a unos metros de donde estaba.

P - ¿Cree que el público anglosajón tiene más admiración por la idea del creador, del intelectual?

R - Puede ser… En Toronto empezó a hablarse de que «El autor» era una comedia negra, aunque no es exactamente una comedia negra. Pero juega a la ironía, y eso es lo que o se entiende o no se entiende. Hemos jugado mucho con un punto en el que no sabes si reírte o quedarte serio. Es como: «¿Perdona? Esto que estoy viendo es una putada, ¿me río? ¿no me río?...» Hemos jugado con ese punto y eso no sé si aquí… Confío en que sí. Volver a estar en San Sebastián una vez más, es la tercera vez que vengo a la sección oficial y la cuarta a San Sebastián... Pues a lo mejor me dan el premio por pesado, para que no vuelva más. Pero yo no se cómo son las otras películas, no se cómo será este jurado… La línea es tan fina… Depende de que haya un tío en el jurado u otro, porque cambian a tres y dan otro palmarés.

P - En "El autor" habla del proceso de creación intelectual. ¿Se siente cercano a lo que ha relatado?

R - Después de hacer «Caníbal», de alguna manera tenía ganas de hacer otra cosa. Es decir, «Canibal» ya está hecha, pues ahora qué. Siempre me ha parecido muy peligroso quedarte en lo que tú crees o te dicen que te ha ido bien. Y así, leyendo muchas cosas, pensando, escribiendo posibles historias, sinopsis… Durante el proceso me encontré con una novela de [Javier] Cercas. Lo que me gustó mucho de la novela, y lo potenciamos aún más en el guión, fue el punto de ironía. Se habla de una creación, de una metaficción, todas esas cosas… Pero hay un punto de ironía. El protagonista probablemente es un necio, es probablemente el Bouvard y Pécuchet de Flaubert, que era la historia de dos idiotas que quieren ser sabios y el esfuerzo por eso. El tema era subvertir el edificio este de la solemnidad de lo que significa ser un autor. Y hablar de esto, que a mí me parece serio, es mi vida, pero no de manera solemne, porque creo que ya lo han hecho otras películas.

P - El necio que va de listo, que manipula a todos, hasta que se la acaba pegando...

El necio es el necio porque tú lo ves como un necio en función del resultado. Pero el proceso probablemente de obsesión y de entrega del necio es igual que el del genio. Y al final el tipo es muy atrevido, valiente, echado para adelante. Es un tipo admirable en cierto sentido a pesar de las barrabasadas que hace. Lo que me parecía más interesante es tratar este tema no con una gran historia ni con un personaje que de pronto se revelara como alguien. Eso me parece en el fondo un esquema dramático convencional. Me gusta mucho más la historia del necio.

P - Hay dos escenas en «El autor» que generarán un impacto en el espectador, ¿Se lo planteó a la hora de rodar?

R - No me lo planteé. He intentando romper la autoconcencia de lo que se supone que son las películas. ¿Qué género tiene? No lo sé. ¿Qué resultado queremos buscar? No lo sé. Así que qué va a sentir el espectador… A mí me parece que hay que ir al límite, quiero arriesgarme, quiero tener la posibilidad de equivocarme, quiero no pensarlo, y me tiro. Rodando esa escena [Javier Gutiérrez, desnudo, pone su miembro sobre la mesa] hubo un momento que el equipo decía: «Pero de verdad vamos a hacer que el tipo ponga los huevos en la mesa?» Y yo: «Claro». Había todavía como un pudor… Y fuimos Javier y yo los que empezamos a hacerlo, medir la altura de la mesa… Hubo una cosa de gamberrada, el equipo pensaba que no lo iba a acabar haciendo, que al final no me iba a atrever a rodarlo. Pero yo les decía que estaba en el guión.

P - ¿Y no temes que al final el público recuerde más esa escena que la propia película?

R - Howard Hawks decía que una buena películas son cinco grandes escenas que recuerda el público. Es una secuencia que tiene un impacto que se te queda. En Toronto hubo una gran carcajada.

P - Hay un personaje, el de la portera, que es también muy potente...

Es Madame Bovary. Hay mucho de Flaubert porque hay mucho de Flaubert en Javier Cercas. La portera es una señora de 50 años que se siente joven, que nunca ha sido amada, y se entrega a los brazos de un canalla moral que comete la canallada moral más terrible, que es hacerla creer que es amada. Es la historia de Madame Bovary. En el relato constructivo convencional del cine, Bovary siempre ha sido una jovencita de 25 años, guapísima, de la que todo el mundo se enamora. Pero la de Flaubert tenía 44 años. Era una señora como la portera. Se enamora y esa es su tragedia, se entrega y rompe su vida completamente. Y el canalla moral en este caso es Álvaro. Yo desde el principio le decía a ella «tú eres mi Madame Bovary».

P - ¿Has tenido alguna vez en un rodaje la sensación de manipular a un actor hasta el extremo tan radical de la pelicula?

R - Yo manipulo a los actores y ellos lo saben. Pero es normal, es un juego. No es una manipulación en un sentido malvado, es la base del sentido creativo, que es jugar como juega un niño, y tiene que haber sorpresas. En ese sentido, manipulación hay, por supuesto. Yo no sé cuál va a ser el resultado de lo que ruedo cada día.

P - Tras un día de rodaje, cuando ves el material en la sala de montaje, ¿coincide con la idea que tenías?

R - No, porque yo no soy ese tipo de director. Eso es una fórmula mecánica, puede valer para determinado tipo de películas mecánicas. Yo creo que eso no existe nunca, eso está en el manual de primero de montaje. No se puede hacer una buena película con mal material, no se puede salvar una película en montaje, pero sí se puede afinar, se puede hacer que todo fluya. Hay un momento en montaje en el que tienes que quitar algunas de las cosas que no han funcionado, o lo que es más doloroso para los directores: quitar cosas que funcionan en sí mismas como escena pero lastran la película completa. Cuesta, aunque película a película me cuesta menos, pero evidentemente hay que cortar y conseguir la películas más perfecta posible dentro de lo imperfecto que es una película.

P - ¿Y al verla proyectada?

R - Yo nunca veo mis películas después. Las he visto tantas veces, las he juzgado, que hay un momento que no se qué película he hecho. Y es una sensación que me gusta. Y la película me vuelve a través de los ojos de los demás, de la gente que quiero, del público… Yo no veo la película porque no tengo el efecto sorpresa, me voy a estar fijando en si a alguien le ha gustado o no… Es una angustia, así que no la veo nunca más. No he vuelto a ver nunca más «La flaqueza del bolchevique».

P - ¿Hay un cierto reproche en "El autor" a los críticos, a los teóricos, a los que dan lecciones sin haber estado nunca al otro lado?

R - Puede ser una lectura. Las cosas que dice el profesor de inglés al principio son sensatas. Pero colocadas en un sitio solemne son ridículas también. Antonio de la Torre, lo que dice, también es sensato, pero también está el tipo pontificando. Pero todo esto, en función de cómo lo coloquemos, se descontextualiza que da gusto. La película es una sátira, pulsiones exageradas de las que te ríes.

P - ¿Cómo es la mirada del autor, del creador? ¿Debe ser perfecta?

R - Es totalmente imperfecta, eso es lo maravilloso. El autor es un idiota que consigue llegar a puerto. El mérito es llegar a puerto. Hacer una película o escribir una novela. Y luego ya veremos qué es. Todo el que está haciendo una película piensa que es una película magnífica; si no, dejarías de rodarla. Y todos quizás somos unos necios, porque pensamos que tenemos grandes películas. ¿Pero dónde está la línea que separa eso de lo otro? Yo quería contar todo esto pero sin solemnidad. No una gran historia, solo la historia de un necio.

P - ¿Tuviste claro desde el principio que querías hacer una sátira?

R - Quería reírme de mí mismo y de lo que hacía, pero no de los demás. Yo soy Álvaro, no pongo los huevos en la mesa cuando escribo pero podría ponerlos. En un momento de pulsión, yo soy ese. Que los demás se la tengan consigo mismo. Yo ironizo porque como es mi vida, no me lo quiero tomar tan en serio.

P - Te arrogas a ti mismo la crítica tan dura que haces en la película

R - Claro. Es decir ‘vaya capullos que somos, que hacemos películas y escribimos libros pensando que vamos a trascender, que vamos a ir con suerte a un festival… y dentro de 30 años, ¿vamos a trascender de verdad? Esa idea de trascender, que es maravillosa y hermosa, también es ridícula.

P - ¿Qué es trascender?

R - (Piensa) Nada… Que dentro de dos años alguien se acuerde de ti o en el mejor de los casos dentro de 300. Nada más. Y al mismo tiempo una reivindicación: vivir eso, escribir aunque seas un necio, rodar películas aunque te quedes mal, es hermoso, y es la vida. Ese es el mensaje positivo de la película.