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De «M», la jefa de Bond, a la espía atómica del KGB

Meterse en la filmografía de la veterana actriz Judi Dench es como enfrentarse a una barra de pinchos en cualquier bar de «lo viejo» en San Sebastián, lo ha hecho todo, y probablemente por eso se le ha otorgado uno de los Premios Donostia de este año

Judi Dench en el Festival de San Sebastián
Judi Dench en el Festival de San Sebastián - EFE
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Meterse en la filmografía de la veterana actriz Judi Dench es como enfrentarse a una barra de pinchos en cualquier bar de “lo viejo” en San Sebastián, lo ha hecho todo, y probablemente por eso se le ha otorgado uno de los Premios Donostia de este año. Pero elijamos solo un par de pinchos de ella, que ha sido “M”, la directora de los servicios secretos británicos en las películas de Bond, y que es, ¡vaya tela!, Joan Stanley, la mujer que estuvo tapada durante medio siglo al servicio del KGB, y cuya película, “La espía roja”, sirve aquí como homenaje al premio. Una historia real ficcionada por Trevor Nunn y que cuenta en un espectacular arranque cómo en el año 2000 la policía arresta a una venerable anciana y la acusa de proporcionar información secreta a los rusos.

La película no es tan interesante como su arrancada y los hechos reales, pero los ilustra a su modo y en dos tiempos: el presente y el interrogatorio a esa mujer dispuesta a colaborar y a contarlo tal y como sucedió, y el pasado lejano, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se enamora de un joven comunista y pasa información clave a los soviéticos sobre los avances británicos de la bomba atómica. La historia romántica, la intriga de espionaje y la “bonita” ambientación son los elementos narrativos del pasado de la historia, y el discurso moral y político sobre el “equilibrio de fuerzas” y la necesidad de ello para la paz del último medio siglo (mejor reparto de bombas que monopolio) son los ases del relato presente. Ni como película de espías resulta el no va más, ni tampoco como película de tesis, pero Judi Dench defiende con talento y emotividad al personaje real (Melita Norwood) durante el interrogatorio y Sophie Cookson con frescura, pasión y fragilidad en sus díscolos años mozos.

Por lo demás, la sección competitiva ofreció dos títulos bien distintos, el británico “In Fabric”, de Peter Strickland, y el coreano “La brigada del lobo”, de Kim Jee-Woon. El primero es como un film encontrado entre el terror de serie B de los años setenta, lleno de colores vistosos, imágenes confusas, música chirriante, humor de baratillo y un relato de frotarse los ojos, y todo ello lo convertía en un jajajá inexplicable y en eso que luego confecciona las películas de “culto”. La historia, demencial, es la de un vestido rojo endiablado que destruye las vidas de quienes lo llevan, pero hay que aguantar un par de horas y un par de historia separadas y complementarias para darse cuenta de que no hay nada más que eso. Ni siquiera la melancolía Jess Franco le presta algo de sentido a la insensatez de “In Fabric”.

El filme coreano dura una eternidad y está basado en un anime japonés; la historia se centra en un futuro cercano, y con la perspectiva de la reunificación de las dos Coreas y la aparición de un grupo terrorista que se opone a ella y de las Unidades Especiales que los combaten. Visualmente es espectacular, con mucha acción, gran despilfarro de metralla y personajes que se mueven entre las balas como un frutero entre su género. El argumento, liosísimo de por sí, con tantos cuerpos policiales enfrentados y tantas facciones terroristas, adquiere un gigantesco tono neblinoso por la variedad de nombres y rostros coreanos que se cruzan en loa pantalla para concentrar gran cantidad de inopia en los ojos del espectador. Pero es entretenida, adrenalínica y posee una música y un tonillo romántico a lo “Blade Runner” que ayuda a ir pasando un argumento que se hace bola.