Los palacios perdidos del Paseo de la Castellana de Madrid
Palacio de Xifré - Virgilio Muro

Los palacios perdidos del Paseo de la Castellana de Madrid

Hoteles, rascacielos y bloques de oficinas reposan sobre el alma de los palacios que un día vertebraron este eje de Madrid

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«No son los tiempos propicios a las residencias fastuosas». Con esta frase, que hoy podría tener significado pleno, evocaba ABC los palacios perdidos de la Castellana hace ya 55 años. Desde entonces, siempre sensible a la pérdida de nuestro patrimonio, este periódico ha denunciado cada derribo de los edificios históricos de la capital. «Otro palacete menos», se lee en el anverso de muchas de las fotografías que acompañan este reportaje (Pincha aquí para ver la fotogalería de «Los palacios perdidos de la Castellana»).

Más de medio siglo después, hoteles, rascacielos y edificios de oficinas del paseo de la Castellana reposan sobre el alma de aquellas casas señoriales. Desde el paseo del Prado hasta el Paseo Nuevo de las Delicias de la Princesa —luego paseo de la Castellana—, medio centenar de mansiones rivalizaban por ser las más bellas. Neogóticos, neoárabes, neoclásicos o modernistas... Hasta nuestros días solo han sobrevivido poco más de diez palacios.

Infografía: C.G. sIMÓN

Las residencias de la clase adinerada daban vida al eje por el que la capital se ensanchó hacia el norte. Tras sus muros se celebraron las mejores fiestas de la época. En sus estancias durmieron buena parte de los protagonistas de los siglos pasados.

La mayoría se concentraban entre la Cibeles y el Hipódromo de la Castellana, que dejó en 1933 su solar a los Nuevos Ministerios. Donde se levanta el Ministerio de Sanidad en el paseo del Prado —antigua Casa Sindical edificada en 1951—, se erigía el palacio de Xifré. Construido en 1865 por Rafael Contreras, restaurador de la Alhambra de Granada, sus mamposterías árabes no tenían parangón.

«Y pensar —se lamentaba el banquero José Xifré, indignado— que esto es el resultado de estudios largos, profundos y minuciosos del arte musulmán… Y que varios amigos han sido capaces de decirme: '¡Enhorabuena! Ya sabemos que se ha construido usted un palacio chino!'», recordaba ABC en dicho artículo.

A mediados del siglo XX, tras una Guerra Civil que se cobró alguna víctima palaciega, la sangría fue creciendo. En la otra punta de la Castellana, donde hoy se levanta el hotel Villamagna, se alzaba la otra pequeña «Alhambra» capitalina: el palacio de Anglada o de Larios. Lo construyó Emilio Rodríguez Ayuso en 1870 para Juan Aguado, un banquero que –según dicen las crónicas–, se arruinó con esta obra. Tras su fachada neoclásica se escondía un patio árabe digno de un palacio califal.

Muy cerca tenía el Palacio de La Huerta Cánovas del Castillo, a la altura del número 50 de la Castellana. Tras ser asesinado y muerta su viuda, pasó a ser propiedad de los marqueses de Argüelles. Fue entonces cuando comenzó a frecuentarlo Emilia Pardo Bazán para organizar tertulias reivindicativas de los derechos de las mujeres en España. Tras ser Embajada de Cuba, acabó siendo el solar de la Embajada americana.

«La calle de la S»

Entre Serrano y Castellana, existía además una calle de recorrido serpenteante, llamada Martínez de la Rosa pero conocida como "«a calle de la S». La ocupaban varios hoteles-palacetes con fachada a la Castellana —entre el número 36 y el 44—, que también sucumbieron a la piqueta.

En uno vivió el conde de Romanones, a la izquierda del edificio de ABC de Serrano. A la derecha estaba el Palacio de Luis Canthal. En otro, doña Adela de Larra, hija de Mariano José. Pero dominaba el territorio una inmensa parcela enfrente: el palacio del duque de Montellano, donde recibió sus primeras clases en España el Rey Juan Carlos.

El drama de Medinaceli

Los duques de Medinaceli tuvieron dos palacios en Madrid. El primero, en plena plaza de las Cortes, fue demolido en 1910 para levantar uno de los hoteles, ya centenario, de la capital: el Palace. El otro, al que se trasladaron los duques de Medinaceli, estuvo ubicado en Colón.

Entre otros avatares, esta residencia sufrió un incendio en 1917, fue saqueado por milicianos durante la Guerra Civil y finalmente derribado para alzar en su solar el Centro Colón.