Varias mujeres exhiben carteles con la efigie del adolescente turco muerto como consecuencia de las heridas sufridas en las protestas contra Erdogán el año pasado - afp

«El niño muerto era miembro de una organización terrorista»

Los críticos del turco Erdogan le acFusan de buscar la polarización de cara a las elecciones locales del 30 de marzo

Actualizado:

El pasado 16 de junio, en mitad de la mayor revuelta de la historia reciente de Turquía, la señora Gülsum Elvan se disponía a salir a comprar el pan. Pero el barrio en el que vivían, Okmeydani, en el centro de Estambul, era uno de los puntos calientes de la protesta. De modo que Berkin, su hijo adolescente, se ofreció a ir en su lugar. «Mamá, tú tienes un problema en la pierna y no podrás correr para escapar del gas lacrimógeno. Yo iré y volveré en una carrera», dijo el muchacho, de acuerdo con el testimonio su familia. Sus padres nunca volvieron a hablar con él: una granada de gas disparada por la policía le impactó en la cabeza y le postró en un coma irreversible. Tenía 14 años.

Por eso, cuando esta semana, el muchacho –cuyo peso había bajado hasta apenas 16 kilos- murió tras haber permanecido inconsciente durante 269 días, el abismo entre las dos Turquías volvió a ensancharse un poco más. Más de dos millones de personas salieron a la calle en todo el país en señal de rechazo a la actuación policial y, en último término, al gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, a quien muchos consideran responsable último de la violencia desplegada por los agentes en los últimos meses, que ha causado otros cinco muertos, decenas de heridos graves y miles de afectados de diversa consideración.

Pero el miércoles, a su vez, algunos partidarios de Erdogan decidieron también echarse a las calles. Grupos de islamistas fueron vistos en diversos puntos de la ciudad entonando consignas contra los «vagabundos ateos comunistas» que en aquel momento marchaban hacia la ya emblemática plaza de Taksim, epicentro de las protestas de junio, ante la resistencia de las fuerzas de seguridad. Se produjeron enfrentamientos entre manifestantes y policía en varias ciudades, y en la localidad oriental de Tunceli, un agente murió intoxicado por los gases lacrimógenos. En Estambul, la situación no tardó en escalar, y esa tarde, en Okmeydani, caía abatido a tiros el joven Burak Can Karamanoglu, de 22 años.

¿Karamanoglu, islamista?

Los detalles sobre este episodio son confusos. En un primer momento se informó de que Karamanoglu podía ser miembro de la agrupación de hinchas «Kasimpasa 1453», de ideología islamista (la cifra es el año de la caída de Constantinopla en manos otomanas, una fecha muy querida por estos grupos). Pero según su padre, Karamanoglu no estaba envuelto en nada, sino que simplemente había salido con sus compañeros a observar las protestas.

«Los tres amigos estaban sentados uno junto al otro. Estaban observando desde un lado de la calle cuando fueron atacados. Todo ocurrió en cinco minutos, en que mi hijo llegó a casa desde el trabajo y volvió a salir. En menos de diez minutos había sido alcanzado por una bala perdida que vino desde el grupo de manifestantes», declaró Halil Karamanoglu a la prensa turca. Al día siguiente, la muerte fue reivindicada por el DHKP/C, una organización armada izquierdista con cierta presencia en el barrio de Okmeydani, considerada terrorista por Turquía, los EE.UU. y la Unión Europea.

Más que suficiente para inflamar los ánimos de algunos. Al día siguiente, grupos de islamistas (muchos procedentes de Kasimpasa, el barrio ultraconservador en el que se crió el propio Erdogan) se dirigieron a Okmeydani a vengar la muerte de Karamanoglu. Allá, las organizaciones militantes hicieron un llamamiento a resistir el ataque. El resultado fue una noche de barricadas en llamas y disparos de armas de fuego e incluso kalashnikovs, ante lo que incluso los antidisturbios tuvieron que hacerse a un lado. La situación solo se calmó, temporalmente, ante la intervención de las fuerzas especiales de la policía, armados con fusiles de asalto y vehículos «Akrep» de lucha antiterrorista.

Tensión preelectoral

Los hechos dan una idea de la escalada de tensión que se está viviendo en Turquía en las semanas previas a las elecciones locales, fijadas para el próximo 30 de marzo. Unos comicios cuya importancia es mucho mayor de lo que podría parecer: por primera vez desde hace más de una década, la oposición se ve con fuerzas suficientes como para lograr la alcaldía de Estambul, donde reside una quinta parte de la población del país. El Partido Justicia y Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco) de Recep Tayyip Erdogan se ve acosado por los escándalos de corrupción, las dimisiones, y sobre todo la guerra sin cuartel que está llevando a cabo contra el movimiento de su antiguo aliado, el teólogo Fethullah Gülen, que cuenta con millones de seguidores en toda Turquía.

La imagen del propio Erdogan se ha visto empañada por la filtración en internet de varias conversaciones comprometedoras, en las que, entre otras cosas, se le escucha dar órdenes a su hijo Bilal de «deshacerse de todo lo que tenga en casa» (en referencia, aparentemente, a una cierta cantidad de dinero negro). Por eso, muchos observadores creen que el primer ministro está siguiendo una estrategia de polarización para movilizar a las bases más radicales que le permita seguir en el poder.

«La persona que ocupa el puesto del Primer Ministro y un grupo muy reducido a su alrededor están buscando una provocación muy seria», aseguró este miércoles Kemal Kiliçdaroglu, líder del Partido Republicano Popular (CHP), la principal formación opositora, que a finales de mes pasado anunció que no volvería a dirigirse a Erdogan con los términos «Señor» o «Primer Ministro» al considerar que ha perdido toda legitimidad como gobernante.

Llamamientos a la calma

«Está claro que esta persona, que no tiene sentimientos de amor por su país ni por la humanidad, ve el llevar al país al caos y la catástrofe como la única forma de salvarse a sí mismo. Es extremadamente importante que nuestra gente actúe con la máxima cautela y sensibilidad contra las provocaciones de este gobierno que intentan convertir esta mentalidad autoritaria en un régimen permanente», dijo Kiliçdaroglu, horas antes de la muerte de Karamanoglu. Por ello, durante los disturbios de Okmeydani, miles de personas hacían en Twitter llamamientos a la calma y a no entrar en la peligrosa espiral de la violencia.

Entre los que piden moderación se cuentan los progenitores de las dos víctimas. El viernes, Sami Elvan, el padre del niño Berkin, llamó a Halil Karamanoglu para ofrecerle sus condolencias por la muerte de su vástago. «Tu hijo es mi hijo», se dijeron ambos, y aseguraron que «nadie puede entender el dolor de perder a un hijo», y que no permitirán que ese sentimiento «sea usado como herramienta política para crear odio en la sociedad», aseguró la familia Elvan en un comunicado.

Justo al contrario que el primer ministro: «Kiliçdaroglu está mintiendo, como siempre, cuando dice que Berkin Elvan había ido a comprar el pan», declaró este fin de semana Erdogan durante un mitin electoral. «Era miembro de una organización terrorista y se cubría la cara con una bufanda», afirmó. El mandatario turco pidió a sus seguidores que no se dejasen engañar por esa gente que, según él, pretendía haber ido al funeral de un niño cuando en realidad lo que quiere es «dañar la economía, la paz y el proceso de negociación» con la guerrilla kurda del PKK, en marcha desde la primavera pasada.