Manuel Chaves antes de comparecer ante la Comisión de investigación de los ERE - RAÚL DOBLADO

Chaves, la costumbre del poder

Durante casi dos décadas ejerció en Andalucía un poder casi incontestable respaldado por la formidable maquinaria del PSOE

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Una noche del verano 2008, en Sanlúcar de Barrameda, José Luis Rodríguez Zapatero le dijo al periodista Carlos Herrera que Manuel Chaves era «el pasado». El presidente socialista había decidido relevar al veterano político que llevaba 18 años al frente de la Junta de Andalucía. Lo hizo ocho meses después, en la primavera de 2009, por el procedimiento de nombrarlo vicepresidente tercero del Gobierno. Chaves y toda la opinión pública entendieron que aquel ascenso a un cargo de relumbrón pero sin competencias reales era una «patada hacia arriba» destinada a desalojarlo sin traumas de su longevo feudo autonómico.

Un bastión al que, paradójicamente, llegó sin desearlo, forzado por Felipe González en 1990 a abandonar el Ministerio de Trabajo que ocupaba desde cuatro años antes para cerrar la crisis que Alfonso Guerra había abierto contra el entonces presidente andaluz José Rodríguez de la Borbolla. Chaves no ocultó su renuencia a dejar el Gobierno, pero no tuvo opción. Una cómoda victoria electoral abriría meses después su larguísima etapa como virrey en la región más poblada.

Durante casi dos décadas ejerció en Andalucía un poder incontestable respaldado por la formidable maquinaria del PSOE. Sus reticencias iniciales se convirtieron pronto en un confortable apoltronamiento sobre el colchón de un enorme aparato administrativo especializado en la distribución de recursos clientelares. El chavismo, un estilo de gobernar quietista y rutinario pero firme y expansivo, sentó plaza como una especie de costumbre política. En sus 19 años de presidente, Chaves convirtió la autonomía en un régimen, un miniestado de bienestar basado en transferencias de renta y en un monocultivo político que aún resiste asentado sobre la hegemonía socialista en todos los ámbitos de la vida pública.

En ese caldo de cultivo surgieron los ERE al amparo de una enorme sensación de impunidad en la que el poder no tenía cortapisas. Ganó seis elecciones, tres de ellas por mayoría absoluta. En otras dos firmó un apacible pacto de estabilidad con el minoritario Partido Andalucista y sólo en una de las legislaturas, entre 1994 y 1996, se vio sometido a los inconvenientes de un Gabinete en minoría que disolvió pronto para sacudirse los aprietos de la célebre «pinza» entre PP e IU. Durante el mandato de Aznar, Andalucía fue la principal herramienta de oposición contra el Gobierno central y el refugio de los cuadros socialistas desplazados por la caída del felipismo.

Chaves es un «pata negra» del PSOE, miembro del llamado «clan de la tortilla», el grupo de amigos que refundó el partido desde Sevilla bajo el liderazgo de González y que a principios de los 70 se retrató en una célebre fotografía de merienda campestre. Ese ascendiente moral le sirvió para presidir la organización durante doce años, entre 2000 y 2012, como referencia de legitimidad histórica para la renovación zapaterista. Nunca tuvo, sin embargo, un entendimiento claro con ZP, a cuyo liderazgo ofreció, junto con Bono e Ibarra, un visible contrapeso de poder territorial en las baronías.

Por eso, llegada la hora del relevo se negó a aceptar la solución sucesoria deseada por Zapatero. El presidente quería que lo sustituyese Mar Moreno, una joven feminista jienense, pero Chaves resistió y logró imponer su propia opción: José Antonio Griñán, hasta entonces su mano derecha y vicepresidente económico. Ambos eran, además, amigos estrechos, de cena semanal con sus parejas y habituales sesiones sabatinas de cine subtitulado. La solución de Griñán aplazaba la renovación generacional y la dejaba en manos del nuevo presidente.

La amistad no tardó en quebrarse cuando Griñán decidió romper la tutela del chavismo y asaltó el control del partido en Andalucía para imponer su propio liderazgo. Los chavistas se sintieron arrinconados o depurados y surgió un visible distanciamiento que desembocó en una gélida relación personal de los antiguos compadres. Esa frialdad se ha hecho patente incluso en la obligada relación que les proporciona su condición simultánea de imputados en el fraude de los EREs, que sin embargo les ha empujado a tratar de entenderse en una defensa relativamente coordinada.

El desfile por la pasarela del Supremo ligó provisionalmente sus destinos. La acción de la justicia unió lo que había separado la política. El chavismo, empero, ya es historia frente a la pujanza de Susana Díaz. Y el griñanismo nunca fue más que una breve etapa transitoria.