Pablo Iglesias
Pablo Iglesias - EFE
Podemos

Pablo Iglesias: el poder como obsesión

Cada expresión, cada ejemplo, cada mensaje del líder de Podemos está meticulosamente estudiado. Él y su equipo llevan años trabajando con un único objetivo: el poder

JUAN FERNÁNDEZ-MIRANDA
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El día que se celebraron las elecciones europeas Pablo Iglesias (Madrid, 1978) ni se imaginaba que Podemos conseguiría cinco escaños. El resultado electoral no sólo fue una sorpresa general, también lo fue para él. Sin embargo, aunque no lo esperaba, llevaba años moldeando el producto en el que se ha convertido: en Pablo Iglesias nada es fruto de la improvisación, nada es casual. Ni su coleta desaliñada, ni sus mangas de su camisa remangadas por encima del codo, ni sus pantalones vaqueros desgastados. Cada expresión, cada ejemplo, cada mensaje está meticulosamente estudiado. Él y su equipo llevan años trabajando con un único objetivo: el poder.

Antes de las elecciones europeas del pasado mes de mayo, Iglesias era un modesto profesor y meritorio tertuliano dispuesto a todo con tal de trasladar su mensaje y de conseguir altavoces para difundirlo: lo mismo le daba la televisión iraní, que los canales de barrio o las cadenas ideológicamente contrarias. Lo importante era alcanzar cuotas de influencia. Cuando empezó a ir a tertulias, aprovechaba los minutos que discurren entre el maquillaje y la luz roja del directo para ensayar sus discursos en voz alta. Por eso estudió un curso de comunicación política.

«Un ego como Tiananmen»

Quienes le han conocido antes de ser popular dicen que era un tipo normal, muy correcto en el trato sin llegar a ser simpático, eficiente y comprometido en el trabajo y buen compañero; pero fijan su punto débil en que es muy pagado de sí mismo. «Tiene un ego como la plaza de Tiananmen», asegura un compañero de facultad.

Es aficionado al cine, al teatro y al baloncesto, pero su gran pasión es la política, que en él todo lo contamina. Recomendaba a sus alumnos series como The Wire o Juego de Tronos, excelentes ficciones sobre luchas de poder; organizaba obras de «teatro político» para sus alumnos y no dudaba en adaptar los guiones a su concepción maniquea del mundo: judíos malos, palestinos buenos, por ejemplo. Eso sí, el papel principal no era para los alumnos: él se reservaba el papel protagonista. Incluso, llegó a escribir un artículo sobre la final de baloncesto entre España y Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Pekín y lo tituló «La selección de baloncesto y la lucha de clases». «Créanme», escribió, «lo que hemos visto hoy en Pekín ha sido una lección de leninismo de las que le gustan a Zizek (y por supuesto de las que le gustaban a Mao Zedong)». Cine y política, teatro y política, deporte y política...

Licenciado en Derecho en la Complutense, fue becario de biblioteca en el Departamento de Constitucional. Pero ese no era su sitio, así que decidió probar suerte en Ciencias Políticas, donde se licenció, se doctoró y emprendió su carrera como profesor. En ese momento, arropado por un clima universitario de izquierdas, convirtió sus lecturas de juventud (Lenin, Marcuse, Allende..) en discurso político.

Hijo de una abogada de CC.OO. y de un inspector de trabajo, profesor de historia y comunista de toda la vida, Iglesias siempre ha militado en la izquierda radical. Participó en movimientos antiglobalización y defendió la desobediencia civil como herramienta de protesta contra el poder establecido. «Yo soy comunista», proclamaba públicamente antes de aspirar a todo. Capítulo aparte merece su admiración por el régimen venezolano de Hugo Chávez y su reconocida envidia a los ciudadanos de aquel país por vivir en el modelo político que es su referente. Ése es el modelo con el que sueña, ésa es la España de Podemos.

Como a todo profesor, le gusta recurrir a los ejemplos, que retuerce burdamente para reforzar sus tesis: él toma café mientras la «casta» toma «gintonics». Como los dóberman que utilizó el PSOE en un vídeo de 1996 para alertar de la llegada de «la derecha», Iglesias dispara contra toda la clase política: ellos roban, yo soy un demócrata. Porque si algo sabe es que en política el lenguaje es un arma poderosa.

Pero la inesperada noticia que fue conseguir cinco eurodiputados —sumado al creciente apoyo popular reflejado en las encuestas y a su declarada ambición por llegar a La Moncloa— implica que criticar ya no es suficiente. Debe decir qué quiere hacer y cómo tiene previsto hacerlo. Ya no vale con eslóganes, frases hechas y los ejemplos torticeros que antes ensayaba entre bastidores. Es el momento de las respuestas y da la sensación de que Iglesias no las tiene. En las entrevistas que concedió tras ser nombrado secretario general se encontró con un aluvión de preguntas sobre su programa político.

Ensayado discurso

Su ensayado discurso derivó entonces en eufemismos y evasivas: lo que antes era nacionalizar empresas, ahora se llama «desprivatizar», lo que antes era el «impago» de la deuda soberana ahora se llama «reestructuración»... y los problemas para los que no tiene receta los resolverá con un «hay que reunirse con los expertos». Y si se confiscan empresas, será aplicando la ley; si se fija un tope máximo a los sueldos, será aplicando la ley; si se cierran los medios de comunicación privados, será aplicando la ley, pues su mera existencia «ataca» la libertad de expresión.

Su gran mérito ha sido canalizar el descontento e indignación social a través de los cauces legales. Como licenciado en Derecho y doctor en Políticas sabe que la soberanía no está en la Puerta del Sol, como gritaban los manifestantes del 15-M que se resistieron a abandonar aquella plaza en la jornada de reflexión.

Fue en Derecho donde aprendió el respeto por la ley y los procedimientos establecidos. Porque lo que él quiere, y no lo oculta, es el poder. He ahí su principal contradicción: para acabar con lo que descalifica con trazo grueso como «la casta» se ha convertido en uno de ellos. Les niega el pan y la sal, pero como eurodiputado ya forma parte del club. No es lo mismo predicar que dar trigo, ni ser oposición que ser Gobierno. Ese es su Rubicón: ha llegado hasta aquí por lo que denuncia, la incógnita es adónde llega por lo que propone.