Ramón Marsal y el gol del minuto largo
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Ramón Marsal y el gol del minuto largo

El delantero del Madrid persiste en la memoria por un gol de 1957 tras una larguísima serie de recortes imposibles

andrés amorós
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El recuerdo de algunos artistas queda vinculado a una sola de sus obras: Manrique y las «Coplas a la muerte de su padre»; Albinoni y su «Adagio»; Lampedusa y su «Gatopardo». Algo parecido puede suceder en el fútbol, cuando se trata de un gol extraordinario: el de Marsal al Atlético de Bilbao, en Chamartín, el 17 de noviembre de 1957. Los diarios lo calificaron como «el primer gol mágico». Para los viejos aficionados, fue, simplemente, «el gol de Marsal».

En aquel Real Madrid de las cinco Copas de Europa, Marsal jugaba de interior derecho, alternando con Mateos. A este le llamaban, cariñosamente, «Fifiriche». A Marsal, «El Nene»; después de aquel gol, «el rey del dribling».

Ramón Marsal Ribó había nacido en Madrid, en 1934. A la vez que preparaba el ingreso para ingeniero industrial, entró en las categorías inferiores del Real Madrid. En la temporada 1953-54, fue cedido al Hércules; al año siguiente, al Murcia: jugaba entonces Marsal de delantero centro, junto a Peiró y Antonio Collar.

Con Villalonga volvió al Real Madrid, ya al primer equipo, en la 1954-55. Tuvo la fortuna de jugar en la inolvidable primera final de la Copa de Europa, el 13 de junio de 1956, en París, en la que remontaron un 0-2 frente al Stade de Reims, para acabar ganando 4-3. Formaban aquella delantera Joseíto, Marsal, Di Stéfano, Rial y Gento. En una foto, lo veo junto a don Alfredo, en un parque parisino: los dos, con traje oscuro, llevan en la mano un curioso maletín de mimbre...

A partir de ahí, fue campeón de la Copa de Caracas, en 1956; de la Liga, en 1957 y 1958; internacional A y B... Era alto, un poco desgarbado, parecía que podía enredarse él solo, con la pelota; pero tenía clase, visión de la jugada y una gran habilidad para regatear en un palmo a los defensas.

Llegamos ya a la tarde decisiva, el 17 de noviembre de 1957, en Chamartín, frente al Atlético de Bilbao. Cincuenta años después, Carmelo, el portero vasco, sigue recordando la jugada: «Se fue de Etura, de Garay, de Orúe, de Canito. Todos mis compañeros fueron al suelo y se le quedaron mirando. Lo hizo a una velocidad increíble. Parecía que tenía chicle en la bota. Vino hacia mí y me amagó hacia la esquina. Le pudo pegar con la zurda, pero no tiró sino que me volvió a driblar hacia dentro. Me dribló dos o tres veces, cosa que era imposible. Yo pegaba. Yo iba duro. En medio metro, yo era muy rápido y no me pasaban. Le solté una patada, pero no le cogí. Entonces, remató a la red. Fue un golazo, más que una obra de arte. El estadio se llenó de pañuelos blancos».

Los espectadores vivimos algo así como el «más difícil todavía» del circo: cada nuevo regate provocaba un grito de alegría y también de angustia. Al final, levantó el puño, junto al palo, para celebrar ese gol, aparentemente imposible... Tenía entonces Marsal 22 años: esa fue la cumbre de su vida deportiva. Después...

El 20 de abril de 1958, en Chamartín, jugando frente al Celta, pisó mal y se lesionó gravemente en la rodilla. Sufrió un calvario, tres operaciones en un año, hasta confirmarse el diagnóstico: rotura de los dos meniscos y del ligamento cruzado anterior. Tuvo que abandonar la profesión.

Definía así su juego: «Creo que mi virtud principal es mi enorme afición, mientras que mi defecto peor reside en mi falta de tiro a gol, no porque no sepa tirar, sino porque, inconscientemente, baso siempre mi juego en el regate, que estimo es lo que hago mejor en el campo».

Murió Marsal, en Madrid, el año 2007. De su famoso gol apenas quedan unos segundos de película, en blanco y negro. (La televisión no había llegado aún). Con su gracia habitual, lo resume Alfredo Di Stéfano: «Dejó un tendal en el suelo. Un tendal de gente. Como si se cayera la ropa que estaba colgada, igual. Total, que ganamos por 8-1 y no se hablaba más que del gol de Marsal. Se habló durante años». Algunos —cada vez, menos— seguimos hablando.