Boxeo

Ali en su cuenta final

Con la muerte de Mohamed Alí se nos hace definitivamente lejano el siglo XX. Fue el boxeador más inteligente, el que mejor interpretó los combates y se amoldó a los rivales

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Dos de los pesos pesados más grandes de la historia coinciden en que decidieron aprender a pelear cuando comprendieron que ahí fuera, en la vida, tendrían que ser capaces de defender cuanto amaran. Mike Tyson lo descubrió con nueve años, cuando un matón de su barrio en Brownsville agarró una de las palomas que mantenía en crianza y le retorció el cuello. Mohamed Ali, entonces todavía Cassius Clay, lo supo cuando a los doce años le robaron la bicicleta y no supo luchar por ella. Se fue a una comisaría de Louisville a denunciar y ahí un policía, Joe Martin, le dijo que, para que no le volviera a ocurrir, probara mejor a franquear una puerta lateral del edificio: la que daba a un gimnasio de boxeo. En las fotos de esos primeros años se lo ve enjuto, escurrido, carente aún de la actitud desafiante con la que años después, a base de fanfarronería y rimas improvisadas, inventaría el "show" del púgil cuyos combates empezaban con una paliza verbal.

Con la muerte de Mohamed Alí se nos hace definitivamente lejano el siglo XX. Su rostro es el que más aparece en los tatuajes que uno ve cuando frecuenta los gimnasios españoles. F ue el boxeador más inteligente, el que mejor interpretó los combates y se amoldó a los rivales. En sus años de plenitud, sólo Joe Frazier lo tiró a la lona con ese mítico gancho de izquierda en el Madison Square Garden, durante la primera de sus tres peleas, aquella en que Sinatra tuvo que contratarse como fotógrafo para Life con tal de obtener ubicación en primera fila de ring, mientras que al gángster Costello le negaban entradas para todo el cortejo con el que llegó de Chicago. La tercera pelea contra Frazier, la del calor y la humedad en Manila, fue tan dura que ambos hombres querían abandonar: la toalla la tiró primero la esquina de Frazier. Alí dijo después que había estado "a las puertas de la muerte": otra entrada lateral que ha franqueado sólo ahora.

Cuando ganó el oro en los Juegos de Roma, Cassius Clay era propiedad de un "pool" de empresarios de Louisville. Ya tenía definido el estilo elusivo, basado en una prodigiosa velocidad de piernas, con el que Alí adaptó al peso pesado los movimientos de bailarín con los que Ray Sugar Robinson ya había maravillado en los pesos medios. Las piernas de Robinson y la pegada de Joe Louis, en eso pensaba Alí mientras se forjaba en los entrenamientos y esperaba turno, en el albor de la Edad Dorada de los pesos pesados, para reñir el espacio con Floyd Patterson y Sonny Liston. La devoción por su país durante los Juegos ya había comenzado a transformarse, como en una epifanía, por las prédicas de Malcolm X y Elijah Muhammad. No tardaría en sorprender al mundo con un cambio de nombre y un compromiso con la Nación del Islam que lo animaría a desertar en el llamamiento a filas para combatir en Vietnam -"Ningún vietcong me ha llamado 'nigger'"- y le supondría una retirada de licencia durante los mejores años de su carrera: cuando regresó, más esférico de musculatura, menos dinámico, ya empezó a perfilar el boxeador de los últimos años. La reconciliación definitiva con su país se produjo cuando encendió el pebetero olímpico en Atlanta.

Para alcanzar el combate que lo consagraría por primera vez como campeón del mundo, Alí tuvo que derrotar como candidato a Floyd Patterson, un boxeador melancólico, de estilo ortodoxo y guardia alta, típico de la escuela de Cus D'Amato, quien años después sería el descubridor, y prácticamente el padre adoptivo, de Mike Tyson. Alí ganó con un baile de esquivas ante el cual los golpes de Patterson eran como un rabo de vaca espantando moscas. Para cuando peleó contra Sonny Liston en Miami, en febrero de 1964, Alí ya era un mito contracultural visitado por los Beatles en su gimnasio de la 5th Street, en Miami Beach. Endosó a Sonny Liston el papel de "negro malo", simiesco, irritó a todos los periodistas con sus bravatas, y prometió marcharse del país si perdía, como hizo Floyd Patterson una vez que terminó escondido en una pensión de Cuatro Caminos, en Madrid, después de subirse, con barba postiza, al primer avión que lo sacara del país. Después de ganar a Liston, Alí compuso una de sus imágenes más frecuentadas al subirse a las cuerdas en una esquina y gritar a los periodistas que había augurado su derrota: "Eat your words!" (Comeos vuestras palabras).

Mientras Alí estuvo proscrito, la gran aparición la protagonizó George Foreman, el gigante texano qe exudaba violencia y luego se convirtió en predicador y vendedor en la teletienda de barbacoas. Ambos, con Alí como candidato, pelearon en Zaire el "Rumble-In-The-Jungle", la pelea más famosa de la historia, organizada por ese gran ladrón que siempre fue Don King, y que estuvo precedida por festivales musicales con artistas como James Brown y con todo tipo de exaltaciones de la negritud. A Alí, favorito de los zaireños, le gritaban en la calle "Ali Bumaye" (Ali Mátalo) porque Foreman cometió el error de bajar la escalerilla del avión llevando de la correa un pastor alemán, el perro de los represores belgas. Una vez más, Ali se las arreglaba para encarnar al "bueno". El combate se libró ante la mayor concentración de grandes novelistas norteamericanos, desde Mailer a Plimpton, que han dejado crónicas fastuosas. Bajo la lluvia, Ali aguantó contra las cuerdas ocho asaltos de castigo infligido por un pegador brutal hasta que tiró a Foreman pegando de contra, mientras caminaba hacia atrás. El viejo candidato demolió a un joven campeón con poderes estremecedores. El concepto, "Dope-a-Rope", de aguantar voluntariamente un castigo para luego sorprender quedó integrado en el lenguaje político americano y aún se usa.

En la decadencia de Ali durante los entrenamientos en el campamento de Deer Lake, cuando, abotargado, lento, casi gordo y patético en su intento de continuar el "show" mientras lo exprimían los mismos que tendrían que haberle recomendado el retiro, el combate más lacerante fue ése en el que abusó de él un emergente Larry Holmes. A quien luego Tyson apalizó susurrándole en el oído: "Esto es por Ali". Larry Holmes dice que aún se siente odiado por aquella pelea que resume todas las que le sobraron a Ali en los minutos de la basura de una carrera en los que nada consiguió sino agravar la enfermedad que lo convirtió en un espectro recluido todos los años siguientes de su vida. Adiós al Más Grande. Lo hemos querido mucho.