Muere Muhammad Ali, mucho más que un boxeador

Hay quien lo considera el mejor deportista del siglo XX, pero la influencia de «El más grande» fue más allá de lo que consiguió encima del ring

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Hay carreras deportivas que se resumen con media docena de vídeos y un puñado de gifs. Pero también hay vidas que necesitan de una explicación más allá del deporte, porque Muhammad Ali fue un atleta de éxito, un boxeador hegemónico, pero también fue una rebelión en sí mismo: un grito de igualdad entre negros y blancos y la constatación de que el deporte puede inculcar la paz. Y todo esto, con un torso cincelado y un guante de crin en cada mano.

A diferencia de sus predecesores en el trono de los pesos pesados, Cassius Clay no tuvo que pasar por el trance de ver hundirse a sus padres. Él era de clase media negra, y desde ese escalón, superior al de Floyd Patterson o Sonny Liston, construyó su conciencia de clase.

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De pequeño ya era un niño fuerte y parlanchín. Su madre contó que hablaba muy deprisa y que no paraba quieto: «Se metía en la cama conmigo, a los nueve meses. Y un día, al estirarse, como se estiran los niños pequeños, solo que él ya tenía sus músculos, me pegó en la boca y me dejó un diente flojo y otro muy dañado, hasta el punto de que me los tuvieron que quitar los dos. Por eso digo siempre que su primer golpe de KO me lo dio a mí en plena boca».

Cassius Clay estaba muy unido a su madre (no tanto a su padre, cuyo punto débil era la botella), y un día, siendo todavía un mocoso, le preguntó:

—Mamá, cuando subes al autobús, ¿qué ve la gente: una señora blanca o una señora de color?

Él empezaba a ser consciente de las diferencias entre negros y blancos de su Kentucky natal. Con cinco años, le hizo una pregunta parecida a su padre:

—Papá, voy a la tienda y el dueño es blanco. Luego voy a la farmacia y el farmacéutico es blanco. El conductor del autobús es blanco. ¿Qué es lo que hacen los negros?

En efecto, Clay (luego Muhammad Ali) conoció de primera mano la cara más cruda del apartheid. Vio cómo le negaban un vaso de agua a su madre en un restaurante del centro y cómo los blancos hacían cola siempre por delante de los negros. Esa desigualdad le marcó y con el tiempo se propuso ser el campeón de la gente de color, el ejemplo de que se puede alcanzar la cima sin plegarse al poder blanco ni a la mafia que entonces dominaba el boxeo profesional.

Dijo «no» al Vietnam

Muhammad Ali no solo fue el mejor y más talentoso boxeador de su generación, sino que representó muchos de los valores que hoy consideramos imprescindibles. Desde el cuadrilátero renovó algunos aspectos de su deporte. Fuera del ring se atrevió a desafiar la supremacía blanca y negarle su cuerpo y su espíritu a la nación más poderosa del mundo. Muhammad Ali puso a temblar los cimientos de Estados Unidos cuando rechazó con vehemencia participar en la Guerra de Vietnam, un conflicto que cada vez contaba con menos apoyos.

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El primer desencuentro del boxeador con el Ejército estadounidense fue entre 1963 y 1964, poco antes de pelear por primera vez con Sony Liston, su antagonista. Lo citaron en Coral Glabes para realizar los exámenes físicos y escritos que todos los reclutas debían superar. La biografía que David Remnick escribió del boxeador asegura que Ali no fue capaz de mostrar su aptitud: consiguió un resultado tan bajo que le atribuyeron un cociente intelectual de 78.

El púgil, todavía conocido como Cassius Clay, salió bastante avergonzado de aquella experiencia, pero supo tirar de orgullo y carisma para mitigar su fracaso:

—He dicho que soy el más grande, no el más listo.

Dos años después, volvieron a llamarlo a pesar de esa baja calificación. La guerra se estaba recrudeciendo y llamaron a filas a los reclutas menos capaces. Por entonces Muhammad Ali ya era el campeón mundial de los pesos pesados y había mostrado su simpatía por el Islam. Convertido en una especie de subversivo, los periodistas le preguntaron qué pensaba de la Guerra, del presidente Lyndon B. Johnson y del Vietcong, enemigo del Ejército americano.

Tío, yo no voy a pelearme con el Vietcong ese.

Esa respuesta, llena de ignorancia y convencimiento a partes iguales, simboliza de alguna forma todo lo que era Muhammad Ali: un hombre con las ideas claras aunque no supiera expresarlas con fluidez. Un tipo espontáneo y fiel a sus principios, aun a riesgo de que le quitasen los cinturones de campeón. Un deportista que, por todo lo anterior, trascenderá al oro y las medallas.