Emilio de Justo, en el inicio de un pase de pecho al tercer toro
Emilio de Justo, en el inicio de un pase de pecho al tercer toro - @EmiliodeJusto

Emilio de Justo supera un duro examen con seis victorinos

Corta cuatro orejas y sale a hombros como único espada en Dax en una complicada corrida

Andrés Amorós
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No es apuesta fácil matar seis toros: además de capacidad y preparación física, exige variedad, sentido de la medida… La dificultad aumenta mucho si los toros son de Victorino. Lo hicieron con éxito algunos grandes toreros: en Madrid, Andrés Vázquez, Ruiz Miguel, Roberto Domínguez, El Niño de la Capea y Manuel Caballero; en Valencia, Enrique Ponce; en Bilbao, El Cid…

Afronta ahora ese reto Emilio de Justo en Dax, una de las principales Plazas francesas. (Recuerdo los triunfos, allí, de Luis Miguel y Paco Camino). Después de ser la revelación de la pasada temporada, la actual no le ha sido fácil. Los toros resultan, en general, complicados, exigentes. Emilio realiza faenas meritorias y sale a hombros, con cuatro orejas (hubieran sido seis, si hubiera matado mejor).

El primero saca complicaciones: es mirón, vuelve rápido, no se entrega. Emilio lo recibe con buenas verónicas y se muestra firme, sólido, en una faena sobria; metiéndose en su terreno, le saca algunos buenos muletazos pero le cuesta encontrar la forma de meter la espada.

Aunque pese menos, el segundo es más serio (el peso importa poco) y encastado; tampoco es fácil. El diestro lo lidia bien con el capote; consintiéndole mucho, liga muletazos de mérito; destacan los naturales muy rectos, típicos de su estilo. Mata bien pero a la segunda: oreja discutida.

El tercero, justo de presentación, sale suelto y flaquea, después de dos buenos puyazos de Félix Majada. Brinda al presidente de la Comisión Taurina de Dax. El toro tiene fuerza justa pero mete la cabeza con nobleza. Emilio traza suaves muletazos, con armonía y gusto; cierra con excelentes naturales con la derecha, sin la ayuda, que tienen gran eco, pero pierde los posibles trofeos por la espada.

Complicado es el cuarto, fiero, violento. Aplauden al picador Nicolás Bertoli. En la muleta, el toro se revuelve con rapidez. Emilio de Justo traga mucho, la pelea épica emociona de verdad al público pero vuelve a pinchar antes de la estocada y pierde otra oreja.

Recibe con buenas verónicas, cargando la suerte, al quinto, mejor presentado, bien picado por Germán González. Brinda a los dos sobresalientes. El toro se mueve mucho, es pegajoso, exigente, transmite. Sin probaturas, lo engancha bien, pasa momentos de apuro cuando el toro vuelve rápido, en los pases de pecho; destacan buenas series de naturales. ¿Por qué no las cierra por bajo, si el toro no permite otra cosa? Esta vez sí logra la estocada: oreja.

En el último, veleto, saludan Chacón y Miguelito. El toro se mueve pero exige mucho mando. Emilio hace el esfuerzo, el trasteo es desigual pero esta vez sí se coloca bien y logra una gran estocada: dos orejas y la ansiada salida en hombros.

La espada ha limitado el triunfo de Emilio de Justo, sobrio y firme, con toros muy exigentes; también le ha faltado variedad, como único espada. (A casi todos los diestros actuales les sucedería). Ha superado un duro examen pero debe mejorar, en la suerte suprema.

Postdata. Los taurinos suelen llamar «encerrona» a estos festejos de un solo matador. No es correcto: la palabra se refiere a una trampa en que cae alguien, por culpa de otro. Recurro a la autoridad indiscutible de Manuel Seco: «Hecho de quedar alguien encerrado a merced del enemigo» o «situación premeditada en que se coloca a alguien para obligarle a hacer algo». No tiene nada que ver con el caso de un matador que, por propia voluntad, asume este reto. Me temo que los taurinos seguirán diciéndolo y escribiéndolo.