Manolete con su madre, Doña Angustias
Manolete con su madre, Doña Angustias - abc

Winston Churchill envió un telegrama de pésame a Doña Angustias, la madre de Manolete

Tres años antes de la cornada mortal, había recibido la cabeza de un toro con la V de la victoria lidiado por el torero

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«Señora, estoy muy apenado al conocer la trágica muerte de su hijo en Linares, y quiero enviarle la expresión de mi más profunda simpatía. Me conmoví al recibir el noble trofeo de su hijo soberbiamente matado en la plaza de toros, enviado a mí con ocasión de nuestra victoria en Europa. Quiero añadir mis sinceras condolencias a todos los reconocimientos que Vd. ha recibido. Sinceramente suyo. Winston Churchill». La trágica muerte no era otra que la de Manuel Rodríguez «Manolete» y el telegrama iba dirigido a su madre, Doña Angustias, aquel sangriento verano de 1947.

Churchill, de quien este año se cumplieron cincuenta años de su fallecimiento, agradece en la breve carta un «noble trofeo». Se refiere a la gran V de la Victoria con la que le honraron desde España. No era una V cualquiera. Tal símbolo estaba estampado en blanco en la testuz negra de un toro lucero estoqueado por Manolete en Valencia. Su criador, José María Escobar, mandó disecar la cabeza del ejemplar, bautizado como «Perdigón», para hacérsela llegar en diciembre de 1945 —a través del embajador de Inglaterra en Madrid y el duque de Alba— al mismísimo Churchill, quien envió en mayo de 1946 una carta a su «toreador» agradeciendo el gesto.

«Perdigón» había sido lidiado por el Monstruo de Córdoba el 23 de julio de 1944 en el coso valenciano. Todos los astados fueron huidizos y pelearon con mal estilo. Menos el toro con nombre de ave, que desarrolló bravura y nobleza. Manolete, fiel a su quietud, arrancó faena con tres ayudados por alto y abrochó con cinco manoletinas herradas con su sello valiente. Pero marró con la espada —un pinchazo, media estocada y cuatro descabellos— y lo que iba para un triunfo apoteósico se quedó en una vuelta al ruedo. «Gracias» a su fallo en la hora final, el regalo llegó intacto y con los peludos apéndices hasta Churchill.

Por ese obsequio de la cabeza de «Perdigón», Winston Churchill envió al torero esta carta, expuesta en una taberna de Linares: «El toro -se lee en la misiva- tenía marcada claramente una V en la frente, y me dicen que fue muerto por usted en el día de la Victoria. Quiero darle las gracias por la parte que usted ha tomado de proporcionarme esta prueba que es expresión de la amistad y buenos deseos de España. Le ruego acepte mi felicitación por el feliz resultado de lo que debió ser dura lucha».

En este sentido, el exgerente de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, Carlos Abella, comentó al respecto a raíz de una exposición sobre Churchill en Madrid: «Son algo más que meras expresiones de cortesía e incluso se podrían interpretar como una muestra de que Churchill no compartía los habituales prejuicios anglosajones contra la Fiesta de los toros». Al igual que Hemingway, admiraba el riesgo y la gallardía, características atribuidas a los españoles. Abella considera el acto de entrega de «Perdigón» como «muy comprometido frente a la administración franquista, a la que costó despojarse de su inicial simpatía por las fuerzas del Eje y de su germanofilia». Y recordaba el testimonio de Julio Caro Baroja, que cuenta «cómo los simpatizantes de Inglaterra, en principio no muy numerosos, se reunían en Madrid en torno al Instituto Británico, dirigido por el profesor Walter Starkie, durante los años de derrotas de la Guerra Mundial y cómo, cuando las tornas se cambiaron, muchas más personas empezaron a manifestar sus opiniones contrarias a la Alemania nazi».

El honor como bandera

Churchill compartía con Manolete su «amistad» con la soledad, su pareja inseparable, y el valor de torero que latía en su corazón de león indomable. Siempre con el honor como bandera, se marcó sus propios cánones en el difícil arte de gobernar: dirección, estrategia y aprovisionamiento. Durante la última Guerra Mundial, se apretó los machos y luchó con asombroso aplomo en tiempos en los que la resistencia se antojaba una empresa imposible. Lo escribió en ABC Ramón Serrano Suñer, primer ministro de Exteriores en la etapa bélica: «Su actuación en aquellos años conduciendo al país en la mayor dificultad de su historia fue un prodigio de serenidad, de ingenio y de valor y tengo por muy cierto que nadie, nadie, ni militar ni civil, ni Roosevelt ni Stalin (y mucho menos De Gaulle, limitado entonces a la estrategia verbal) desempeñó en el campo aliado un papel tan decisivo como el suyo en la victoria».

Winston Leonard Spencer Churchill, como Manuel Rodríguez, respiraba entre el olor a cloroformo. Durante cualquier episodio de combate, resplandecía la verdad de su discurso ante la Cámara de los Comunes, en 1940: «No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». Vio cómo se derramaba la lluvia roja de su ejército ante «las cornadas del enemigo». Su política era hacer la guerra por mar, por tierra y por aire, «con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y lamentable catálogo de crímenes humanos». Al igual que el Califa del Toreo, peleó con bravos y mansos, con marrajos y nobles. Su objetivo de figura: «Victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y duro que pueda ser su camino; porque, sin victoria, no hay supervivencia».

Churchill y Manolete, dos leyendas...