Adriana Torrebejano y Pablo Puyol, en una escena de «Muerte en el Nilo»
Adriana Torrebejano y Pablo Puyol, en una escena de «Muerte en el Nilo» - ABC

Crimen, música e intriga

Actualizado:«Muerte en el Nilo»Teatro Amaya, Madrid

Adaptación del texto homónimo de Agatha Christie, «Muerte en el Nilo» es una obra proyectada al entretenimiento. En esta travesía de lujo, en esta mínima intriga y en este amor que lleva al asesinato el espectador encontrará, en efecto, un artefacto donde se mezclan los códigos propios del género negro o policial, el teatro romántico y el musical. No es poca pretensión. De la novela original se ha mantenido la anécdota, el esqueleto anecdótico, el exotismo, el lujo, los trazos confusos de unos personajes que tienen esa cara oculta, esas dimensiones psicológicas tan queridas por la escritora inglesa: la envidia, la ambición, la corrupción, la mentira... Todo ello está ahí, sí, pero tal vez solo esbozado, apuntado, es decir, no resuelto en toda su hondura y profundidad. Hay un juego de tiempos, una técnica y una narración perfectamente equilibradas, pero todo se queda en esa epidermis que el público puede fácilmente asumir.

A esto se le añade la música, la coreografía, esas fiestas en cubierta que intentan recrear el ambiente glamuroso de los años 30. La música es tan fundamental en este espectáculo que tal vez se convierta en uno de sus aspectos más sobresalientes, sobre todo por la riqueza interpretativa de la voz de Paula Moncada y el piano de Dídac Flores, pero también debido a que la realización le debe muchos a los musicales contemporáneos.

Después de «La Ratonera» o «Venus», Víctor Conde lleva a escena este thriller que, sin duda, tiene ya la buena acogida de una obra que entretiene y divierte. Con una escenografía muy versátil que busca la contemporaneidad, y con un vestuario donde los años treinta no están reñidos con el lujo de nuestros días, Conde ha sabido rodearse de un grupo de actores que dan el tono que se ha querido imprimir a esta obra. Un tono de voluptuosidad creado a través de poses, de frivolidades, pero también con esa carga de obsesión romántica, de amor llevado al límite, de venganza que despliega su carácter más irracionalmente calculado. Ana Rujas sobrecarga su interpretación de estereotipos posturales y gana mucho como actriz cuando se acercan los momentos de la tragedia. Cisco Lara no dimensiona convenientemente su personaje. Quien destaca, sin embargo, es Pablo Puyol que literalmente se echa la obra a la espalda y sabe dar todos los matices que esperamos de él.

«Muerte en el Nilo» tiene asegurada, como hasta ahora, una larga vida en los teatros de nuestro país, sobre todo porque Víctor Conde sabe lo que se trae entre manos.