Una escena de «El jardín de los cerezos»
Una escena de «El jardín de los cerezos» - marcosGpunto
CRÍTICA DE TEATRO

Chéjov puesto al día

Actualizado:«El jardín de los cerezos»Teatro Valle-Inclán

Con «El jardín de los cerezos», de Chéjov, Ernesto Caballero firma su último montaje antes de dejar la dirección del Centro Dramático Nacional. No hay que excederse en las analogía, ni caer en la beatitud de los azares, pero tal vez Ernesto Caballero eligió esta obra porque en ella el adiós adquiere una nueva moral, esa que invita a una posibilidad de futuro, a una forma de inventarse de nuevo en este teatro de todas las vidas posibles, como diría Pessoa. Recordemos que Lluis Pasqual también hizo lo mismo cuando, en el 2000, el Teatre Lliure iba a cambiar su sede al Palacio de Agricultura de Montjuich.

«El jardín de los cerezos» es, en efecto, una despedida, incluso una dolorosa despedida, pero es un canto a que la vida continúa siempre; a que, en medio del derrumbe, siempre hay una oportunidad más allá de los árboles talados y los recuerdos en ruinas. Por eso, Ernesto Caballero opta por limpiar el texto de una visión excesivamente trágica y potencia aquellos elementos de la comedia, de la farsa, de la aceptación de un destino en medio de las transformaciones vitales y sociales. En «El jardín...» los personajes pagan un precio por sus errores o reciben una recompensa por su trabajo, se ven arrastrados por su forma de vida o hacen de esa vida un enorme proyecto empresarial, pero siempre hay en ellos un asentimiento de lo que son y del papel que están llamados a ser.

Caballero ha creado una versión actual, con música incorporada, una puesta al día de enorme belleza plástica y poética, pero sin dejarse arrastrar por la efusión dramática. Con intervalos un tanto confusos, a veces poco hilvanados, la obra alcanza repetidamente momentos de honda emoción, de esplendor y de encanto. Solo hay que oír los lamentos de Andréievna Ranévskaya, o a Firs, al concluir la obra, bajando por el patio de butacas y exclamando: «Me han dejado solo» una vez echado el telón.

La escenografía de Paco Azorín es sencillamente espectacular, con ese suelo móvil, ese bosque del que caen las hojas o esas lámparas encendidas que se vienen abajo. El nivel interpretativo nunca defrauda, con una Carmen Machi que hace suya la compleja personalidad de la protagonista, ese juguete roto del destino, esa vida de derroches, de muertes y de perdición por un amor. Además a nadie le pasará desapercibido el vestuario.

La fragilidad y la diversidad de Chéjov están aquí, la misericordia y la comprensión al contemplar el alma humana, la usura del tiempo. Chéjov nos mira, como lo hace Ernesto Caballero, desde una nueva perspectiva, alejada del esencialismo naturalista finisecular. Con las cajas de embalar que caen al escenario empieza una nueva vida.