Stella Gibbons, escritora de «La hija de Robert Poste» - abc
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La risa de Stella Gibbons

«La hija de Robert Poste», de Stella Gibbons, se ha convertido en uno de los éxitos de la temporada. Uno de sus secretos es su despiadada parodia de la Inglaterra profunda

MADRID Actualizado:

En 1798, la británica Jane Austen escribió la primera de sus novelas, la irónica y deliciosa La Abadía de Northanger, protagonizada por una inocente heroína de clase media. Publicada póstumamente en 1817, con ella Austen se propuso hacer una parodia de las novelas góticas, del estilo de Los misterios de Udolfo, de Ann Radcliffe, y otras similares, muy en boga en aquellos tiempos. Más de un siglo después, una joven poeta y periodista de The Evening Standard de la época de entreguerras, Stella Gibbons (Londres, 1902-1989), que no ignoraba en absoluto este hecho de su admirada maestra Jane Austen, así como tampoco muchos de los tics y modas populares entre sus contemporáneos, hizo lo mismo a su manera.

Su primera y divertidísima novela, publicada en 1932, Cold Comfort Farm (aparecida ahora en nuestra lengua como La hija de Robert Poste), era una sátira inclemente de las novelas de trágico fatalismo rural y sensualidades morbosas, al estilo de Tess D’Uberville, de Thomas Hardy, y las de D. H. Lawrence, pero también de otros autores menos conocidos en nuestros días, como Mary Webb o Sheila Kaye-Smith, de enormes ventas en aquellos años. Su burla despiadada de aquel neorromanticismo bucólico adquirió gran popularidad. Una popularidad sostenida a través del tiempo, que llegaría a oscurecer, muy a su pesar, sus otras veinticinco novelas, por no hablar de sus recopilaciones de cuentos y los libros de poesía publicados en vida.

Marca de calidad

¿Cuál era la excepción literaria planteada por Stella Gibbons? Precisamente la misma de Jane Austen, homenajeada varias veces en su obra. Ambas eran mujeres practicantes de un género, el humor –en un caso, más irónico y suave; en el otro, más disparatado y cruel–, en el que, por oscuras razones antropológicas y culturales, no siempre fácilmente desglosables, jamás reinaron las mujeres. Un género que es evidente que en su lugar de origen, Inglaterra, era casi una marca de calidad inevitable, y que por esos caprichos de las cuotas no legisladas a través de las cuales una sociedad realmente se refleja, los hombres o, más precisamente, escritores geniales como Evelyn Waugh o Wodehouse, por citar solo los más famosos, representaban siempre una abrumadora mayoría.

Extravagante e irreverente, la historia narrada por Stella Gibbons –quien biográficamente provenía de una infancia dura, con un padre médico, violento y alcohólico, que tenía aterrorizada a su mujer– se dedicaría a derribar, uno tras otro, muchos de los tabúes e ideas recibidas por el convencionalismo burgués de su época. En su novela, Flora Poste, una huérfana reciente de padre y madre, sin problemas para quedarse a vivir cómodamente en Londres con una amiga rica que la anima a busca un trabajo «apropiado» para una chica de veinte años como ella –un trabajo como el de secretaria, bibliotecaria o «incluso el periodismo o la apicultura»–, decide escoger el camino para ella más emocionante y tortuoso. Lectora entusiasta de manuales del tipo El sentido común de índole superior y moderna defensora del racionalismo y el pragmatismo más efectivo y evolucionado a la hora de salvar esos escollos a menudo melodramáticos y atávicos que impiden avanzar no solo a grandes partes de la sociedad de su tiempo, sino a jóvenes y mujeres como ella, Flora se lanza, como una vendedora de biblias del regeneracionismo de comienzos del siglo XX predicado en lugares rústicos y recalcitrantes, por los páramos de la más profunda Inglaterra. Alejados del progreso, inmersos en la eterna lucha del caos contra el orden, Flora se ha propuesto el «experimento» moralista y urbano de llevar la buena nueva de la civilización y de un higiénico «adecentamiento» general a una sombría y lúgubre granja perdida, propiedad de unos parientes lejanos que, de malos modos, han aceptado que la huérfana vaya a vivir con ellos una temporada.

Paranoias y delirios

Se trata de seres o, más bien, de inhóspitos espectros, apenas «presunciones de humanidad», como pronto comprueba la muy correcta y esnob Flora. Cada componente de la asilvestrada familia Starkadder procede de algún tipo de enajenamiento o terca pasión más allá de lo racional. Con nombres bíblicos que parecen sacados de una oscura secta de fanáticos pertenecientes a alguna iglesia marginal e indescriptible, cada uno de ellos se ve adornado por febriles amasijos de paranoias y delirios: el obcecado predicador de los tormentos del infierno, Amos; la prima Judith, que, con doscientas fotografías de su hijo Seth repartidas por su mohoso dormitorio, apenas disimula la pasión ciega por su fiero vástago, un lujurioso semental cuya obsesión, en realidad, no son las jóvenes campesinas del lugar, sino el cine; el viejo criado, Adam, que conversa a diario con sus animales más de lo que gruñe de forma incomprensible cuando está junto a los humanos; la abuela loca, que encarna otro más de los clichés románticos, encerrada en el ático; o el brutalizado primo Reuben, que se enorgullece de cientos de surcos arados por minuto, no se sabe bien si con ayuda de una bestia o sin ayuda de ella.

El catálogo de parodias llevado a cabo por Gibbons, incluidas las continuas bromas metaliterarias y los incesantes juegos de palabras, es prácticamente inagotable. De una aguda inteligencia y mordaz capacidad crítica, disfrazada de sofisticados e irrelevantes comentarios naifs dejados caer aquí y allá a lo largo de la historia, su ración de ofendidos tampoco se hizo esperar. Por ejemplo, su jocosa defensa de los más elementales métodos anticonceptivos predicados por la joven liberal a Meriam, la criada que acostumbra a quedarse preñada cada año del señorito Seth, fue una de las escenas más provocadoramente sarcástica de esta novela. Su desopilante burla sería muy mal recibida por la sociedad biempensante de la época y en la República de Irlanda se prohibió la publicación del libro.