Retratos posados a la cantante Rosalía en el palacio de Santoña
Retratos posados a la cantante Rosalía en el palacio de Santoña - Guillermo Navarro

Rosalía, deseo y realidad

Parece la combinación perfecta de talento, actitud e imagen. Y lo es. Canta extraordinariamente bien, tiene duende y es guapísima. Pero el fulgurante y ya casi avasallador éxito de Rosalía quizá tenga más que ver con nosotros, el público, de lo que pensábamos

MADRIDActualizado:

Parece la combinación perfecta de talento, actitud e imagen. Y lo es. Canta extraordinariamente bien, tiene duende y es guapísima. Pero el fulgurante y ya casi avasallador éxito de Rosalía quizá tenga más que ver con nosotros, el público, de lo que pensábamos. Llevábamos tanto tiempo idolatrando a cantantes de pacotilla salidos de Operación Triunfo y similares fábricas de churros que, cuando ha subido a la palestra una artista de verdad y con verdad, que jamás ha escatimado en sudor y lágrimas para llegar hasta aquí y que es dueña absoluta de su arte, nos hemos puesto histéricos. No sabíamos que la necesitábamos, pero la necesitábamos. Lo expresó muy bien una de las hormigas de Pablo Motos: «Porfa, ve a Eurovision, que queremos ganar». Queríamos a nuestra propia Beyoncé, a nuestra intocable, y al no haberla tenido en décadas, hemos celebrado el advenimiento con alharacas. Y oigan, tampoco es tan grave.

Escuchar decir a una niña de veintitantos años que lleva diez estudiando flamenco nos impresiona. Se ha formado concienzudamente trabajando con vehemencia hasta comprender la insondable rítmica de los palos del género, y conoce con profundidad la obra de La Repompa de Málaga, La Niña de los Peines, Antonio Mairena, La Paquera de Jerez, Bernardo el de los Lobitos, Chato de la Isla, Juan Valderrama, Pepe Marchena y tantas otras leyendas del arte jondo más puro y seminal. Ya no esperábamos que eso pudiese pasar, mucho menos aún fuera de los clanes gitanos. Y eso también nos ha hecho bajar la guardia.

Sus virtudes, por supuesto, están ahí, y ayudan a que bajar la guardia se convierta en un ejercicio de generosidad recíproca, con el que sabemos que vamos a obtener algo especial a cambio. Tiene el timbre de voz de nuestros sueños. ¿Cómo puede esa niña inocente sumergirse en las profundidades del alma flamenca? Eso también nos ha impresionado mucho. Hay otras voces jóvenes de inmenso talento en este país, pero la tesitura de Rosalía nos ha hechizado y, según los flamencólogos, ha nublado nuestro juicio. Pero se olvidan de que la música no va de juicios, va de enamoramientos, que son todo lo contrario. Es cierto que sus melismas, caramelos para los oídos, se hacían repetitivos en su primer disco «Los Ángeles» (más ceñido a la tradición flamenca y licenciado con Universal, que inexplicablemente no amarró el fichaje). Y es por eso que aunque contenga momentos de mayor belleza que «El Mal Querer» (Sony), no es mejor disco. El segundo álbum de la catalana es una cosa tremenda, una piedra de toque que también nos ha impresionado muchísimo a todos, a unos por su calidad, a otros por su espíritu rompedor, y a otros porque no lo entienden pero, sin saber por qué, están completamente enganchados. Tiene algo que ni «La leyenda del tiempo» ni «Omega» tuvieron: el don de la revolución representativa, y no menos importante, inclusiva. Sí, sus códigos visuales han jugado un papel fundamental en eso, pero debajo de su apariencia hay tomate. La milenial poligonera y flamenca es de verdad. Esa es la rotura de esquemas definitiva: que una chica que ha estudiado el flamenco a conciencia no se refugie en su academicismo, no construya un personaje orgulloso que se cree mejor que sus coetáneas por haber sido disciplinada. Si se tiene que poner en plan spice girl frívola, puede hacerlo. Increíble.

En la distancia corta, Rosalía es de esas chicas que pueden intimidar por su seguridad y confianza. Pero ella no quiere hacerlo, quiere enamorar y no epatar. No pueden ni imaginar su cara de desolación cuando le comenté que detecto envidia en algunas compañeras de oficio. Si por dentro estaba pensando «¡bien, eso es lo que quería!», Almodóvar debería haberle dado más que una sola escena en su próxima película. Debería nombrarla su nueva «chica».

Esa humildad que podría disolverse en tanto talento se nota también cuando aparece en televisión. Y si alguien reconoce el buen hacer de Rosalía pero después de ver sus entrevistas le tiene tirria porque es demasiado divina, que hable con ella. La tirria crecerá y crecerá hasta derrumbarse por su propio peso. Como si hablar con ella fuera fácil, dirán con razón. Pues no es tan difícil, oigan. Y aquí viene otro por qué de su éxito: Contesta los mensajes de sus fans de vez en cuando, convirtiendo las redes sociales en canales públicos para su honestidad. ¿Que estoy hechizado y todo es puro marketing? Por supuesto. Pero este marketing no insulta a la inteligencia, no pretende vender un producto prefabricado de forma tan grosera que lo despacha con el código de barras a medio quitar. Más bien despierta curiosidad, e incluso el creativo de turno parece compartirla como vendedor. ¿Es Rosalía real? No puede serlo. ¿Pero y si lo es?

No deja de ser chocante que cientos de miles, millones de personas estén disfrutando de un álbum tan complejo, incluso incómodo en ocasiones, como es el «Mal Querer». Es la antítesis del «easy listening» y sin embargo, nos gusta a todos. Que la moda, la tendencia, acerque a la gente a canciones como «De aquí no sales», eso sí que es un hechizo bien bonito. Que no salgamos de él.