Plácido Domingo
Plácido Domingo - Efe

Plácido Domingo y lo políticamente correcto

El tenor tiene fama de seductor, pero todavía está por demostrar que sea un acosador

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Parecía que las aguas se habían calmado, pero ha sido un espejismo. Era de esperar que, tras la publicación del reportaje en el que nueve mujeres acusaban a Plácido Domingo de haberlas acosado sexualmente, surgieran nuevos casos. Y han aparecido, de nuevo a través de la agencia Associated Press, de nuevo de forma anónima, salvo una de las acusadoras, y contando situaciones ocurridas en algún caso hace treinta años -aunque esto no es lo más relevante; la indignidad de los hechos que relata, caso de que fueran reales, no prescribe-.

Sí resulta significativo, por contra, el hecho de que las acusaciones vuelvan a ser anónimas. También lo es un componente nuevo: el reportaje habla de que Plácido Domingo podía dañar las carreras de las acusadas si lo rechazaban; un hecho que agrava singularmente el asunto, porque introduce el abuso de poder. Hay que recordar que Patricia Wulf, la primera denunciante que consintió en que se diera su nombre, reconoció que, a pesar de su negativa a ceder ante Plácido Domingo, su carrera no se resintió por ello.

El acoso sexual es un asunto extraordinariamente grave. No puede tomarse a la ligera ni trivializarse. No se pueden disculpar actitudes intolerables con la excusa de que las reglas del juego han variado. El acoso sexual lo es ahora y hace cincuenta años. Pero no hay que ser fariseos y negar que pueda haber quien se haya podido aprovechar de determinadas situaciones, ni tampoco debe demonizarse en aras de lo políticamente correcto a quienes son acusados. La presunción de inocencia y el derecho al honor deben siempre tenerse muy presentes.

Actitudes como las de la Orquesta de Filadelfia o la Ópera de San Francisco, que cancelaron en el primer minuto sus compromisos con Plácido Domingo sin comprobar la veracidad de las acusaciones ni escuhar la posible defensa del tenor, son fruto, sin duda, de esa dictadura de lo políticamente correcto y del ambiente creado por movimientos como el #MeToo, tan necesarios como exprimidos. El escudo de lo políticamente correcto es el que permite que acusaciones anónimas como las que han realizado estas dieciocho mujeres sean recibidas con la misma credibilidad que si se hicieran con nombres y apellidos. El escudo de lo políticamente correcto es el que permite que acusaciones de esta naturaleza hagan zozobrar la honorabilidad y arruinar la carrera de un artista (aunque en el caso de Domingo nadie puede ya arruinarla).

Expresiones como «era un secreto a voces», «los responsables de los teatros miraban hacia otro lado» se han escuchado y se han escrito estas últimas semanas. Pero no es lo mismo ser un seductor que un acosador; Plácido Domingo ha tenido siempre fama de seductor, pero todavía está por demostrar que sea un acosador, y hay quien ya lo ha condenado por el simple hecho de haber sido acusado. Lo «políticamente correcto» dice que Plácido Domingo es culpable mientras no se demuestre lo contrario. Lo «correcto» a secas dice que Plácido Domingo es inocente mientras no se demuestre lo culpable. Lo demás es, como ha dicho Ainhoa Arteta, caza de brujas.