Terezín, el campo de concentración en el que la música venció a la muerte

En «Los prisioneros del paraíso», Xavier Güell recrea las vivencias de los más grandes compositores y artistas judíos de la Segunda Guerra Mundial. Maestros que fueron confinados en Theresienstadt y obligados a exprimir sus capacidades en favor de Hitler

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Xavier Güell se expresa igual que dirige su orquesta: de forma vehemente y dibujando con sus manos en el aire (cual si tuviera en ellas una batuta) aquello que su boca convierte en palabras. Es imposible apartar la vista de él mientras habla. Su amor por la música hace que cada una de las frases que hila sea como una sinfonía en la que esperas ansioso la siguiente nota.

Todo es interesante. No importa que narre la vida de grades compositores como Beethoven (algo que hizo en 2015 con su primera novela) o que explique, como es este el caso, la importancia que tuvieron las artes en uno de los campos de concentración (y posteriormente guetos) más famosos de la Segunda Guerra Mundial: el de Theresienstadt (en el que fueron encerrados los ilustrados judíos más destacados de su época).

Este, precisamente, es el argumento de su última novela: «Los prisioneros del paraíso» (Galaxia Gutemberg). Un texto en el que historia y ficción van de la mano para relatar lo acaecido en Theresienstadt (o Terezín) un campo de concentración ubicado a menos de 70 kilómetros de Praga.

El mismo gueto que los nazis utilizaron como escaparate para mostrar a Europa la falsa la bondad del Führer hacia los judíos y el lugar que se convirtió en el centro neurálgico de la cultura judía después de que los germanos acabaran con sus principales festivales artísticos. «Les dejaban tocar y componer para que, en Europa, se creyeran que Hitler trataba bien a los presos», explica Güell a ABC.

El autor también tiene claro lo que motivó a los artistas encerrados en el campo de concentración de Theresienstadt a componer y tocar y participar en aquella farsa mientras, a su alrededor, morían entre 50 y 100 persoans al día. Era la convicción de que, de lo peor, estaban extrayendo algo bueno. De que, a pesar de todas las barbaridades que se sucedían (cada semana partían del gueto no menos de 1.000 personas para ser exterminadas), siempre podían dedicar su tiempo a lo que más amaban. «El gran secreto de la vida es transformar el dolor en alegría», sentencia.

El director de orquesta y autor habla con conocimiento de causa, ya que eso es -exactamente- lo que le sucede a uno de sus personajes principales en «Los prisioneros del paraíso». El afectado no es otro que Hans Krasa, un compositor conocido internacionalmente cuya vida, tal y como él la conoce, acaba en el momento de pisar el campo de concentración. El personaje existió realmente y pasó por aquel calvario, pues había dado conciertos a lo largo y ancho del mundo.

En el texto, Hans Krasa solo se da cuenta de lo que de verdad importa en su vida cuando lo pierde todo después de entrar en Theresienstadt. «Esta es una novela de compromiso, de como se puede sobrevivir a las más duras condiciones de vida que se planten y seguir adelante con la esperanza de que, a pesar de todo, hasta el final hay tiempo», añade.

Junto al compositor, el autor incluye uno de los pocos personajes de la novela que hacen que no pueda ser definida como « novela histórica»: Elisabeth von Leuenberg, la verdadera protagonista del libro. La mujer del director de Theresienstadt.

Ella, la hija de un aristócrata y empresario alemán que ha colaborado en el ascenso de Adolf Hitler al poder buscando el orden social, será la que acompañará al lector en un viaje a través de la realidad de un campo de concentración lleno de claros y oscuros. Un gueto en el que, además, encontrará recluido a su ídolo de la infancia, Krasa, al que había seguido por toda Europa de pequeña ansiosa de disfrutar de sus grandes creaciones.

«Para Elisabeth la figura de Krasa es mítica. Era un hombre que había sido un ideal para ella. Cuando lo reencuentra en el campo todo su mundo se tambalea. Ella, que solo ha conocido el nacionalsocialismo, verá como sus ideales se desmoronan. Entonces empezará un viaje iniciático en el que tomará conciencia de las cosas que realmente suceden a su alrededor. Sufrirá, en definitiva, una transformación interior», añade el autor.

Todo ello será acompañado por un marco histórico abominable (el de un campo de concentración brutal), las vivencias de artistas de renombre que realmente pasaron por aquella prisión, y el hilo conductor que ya se ha convertido en la seña de Güell: la música. «La novela es un viaje. Muestra la profunda renovación de una persona que se compromete a encontrarse a sí misma».

-¿Qué trata de hacer entender al público con esta novela?

Que pasión y compasión deben ser palabras muy cercanas. La vida sin pasión es difícil porque la pasión nos permite concentrarnos en nosotros mismos y, a la vez, entregarnos al mundo y a los demás. Pero vivir con pasión significa compadecerte de los demás y estar con ellos, amarlos y comprometerte con tu mundo. Los nazis eran grandes aficionados a la música y muchos de ellos también eran grandes músicos. Eran capaces de extasiarse con una sinfonía de Beethoven e, inmediatamente después, pegar un tiro a un niño sin contemplaciones. ¿Cómo es posible esto?

-¿Cuál es la principal enseñanza de su novela?

Es una novela que trata de la capacidad de resistencia a unas condiciones de vida durísimas. Una novela en la que Krasa llama a escuchar la melodía interior.

Es una melodía que todos tenemos, pero que debemos saber interpretar. Una melodía serena, cálida, que proclama la reconciliación entre el pulso trágico que late inevitable en todo ser humano, y las fuerzas ocultas de la naturaleza. Esa armonía entre las dos cosas. Ese impulso ciego de esencia y ese sonido exterior de la propia naturaleza, que es parte de ti mismo.

Percibir esa melodía interior, entender su significado y aprender a interpretarla proporciona la enorme satisfacción de sentir algo mucho más grande que tú mismo. Con ella ves que todo está concordado en una cadencia general de la que tú formas parte, aunque de forma minúscula.

Hay que armonizar esa melodía interiorizar con el sonido del universo. Si eres capaz de articular tu propia melodía con la de la naturaleza, tienes la posibilidad de entenderte a ti y entender el mundo mucho mejor. Y eso se puede hacer en las peores circunstancias.

Y no solo eso, sino que las peores circunstancias te ayudan a ello porque te transmiten que nos va a tener ninguna otra oportunidad para hacerlo. El problema es que el ser humano pierde tiempo porque le abruma el ruido del mundo. Le aturde. Le quita tiempo para la reflexión y para escuchar su propia melodía interior. Le impide armonizarla con la melodía del mundo exterior. En las extremas circunstancias de la novela no tienes más remedio que hacerlo.

-¿Por eso Krasa invita a Elisabeth a escuchar su melodía interior?

Si. Ella tiene grandes conflictos, empieza a intuir las barbaridades del nacionalsocialismo. Empieza a considerar que lo que están haciendo en el Instituo Genético en el que ella trabaja como médico (experimentar con órganos humanos de prisioneros judíos asesinados en campos de concentración) no es aceptable.

La protagonista es una mujer extraordinariamente cultivada, una artista y pianista excepcional, y una científica y médico de primer orden. Pero poco a poco va evolucionando tras el contacto y la recuperación de ese mito que tenía en Krasa. El gran compositor al que había seguido en toda Europa acompañando a su padre.

-En el libro afirma que hay dos melodías interiores...

Hay dos melodías. Una buena y una mala. Eso explica que los nazis pudieran ser grandes aficionados a la música. Hay que escuchar la melodía interior que te hace ser más humano, mejorar tus relaciones con los demás y aprender el significado y lo cerca que están la palabra pasión y la palabra compasión.

La pasión es un instrumento para vivir con intensidad la vida, pero la pasión sin compasión pierde su sentido. Esa melodía es la que te hace preguntar quién has sido, qué has querido de verdad, qué has sabido, a quién has sido fiel, si te la has jugado por alguien o por algo, qué recuerdos vas a querer llevarte de tu vida, cómo vas a valorar tu vida al final, si has podido ser fiel a ti mismo.

Todas esas preguntas que al final hay que responder, y no solo con palabras, sino con los actos que han conformado tu vida entera. Eso lo vas a tener que hacer.

-¿Conoce algún nazi que amara la música, pero fuese a la vez cruel?

Heydrich. El creador del campo. Era el jefe de Eichmann. Organizó la conferencia para llegar a la Solución Final, el exterminio de 10 millones de judíos de la faz de la Tierra. Él también era la máxima autoridad de Bohemia y Moravia. Era un violinista excepcional, un músico extraordinario. En general, los nazis tenían una gran educación musical, eran muy buenos intérpretes.

-En su obra se nota cierta influencia de la literatura rusa

Efectivamente. Soy un lector empedernido de la literatura rusa. De Tolstoi y Dostoievski. Y el modelo que he tenido es el de “Guerra y paz”. Este combina personajes históricos como Napoleón o el zar de Rusia, con la familia de los Rostov, el príncipe Andrei... que son personajes de fabulación. Aquí pasa igual. Tienes personajes históricos como Mengele, Eichmann, Krasa o Klein; pero también otros que no lo son como Elisabeth, que es la protagonista de la novela, todo gira en torno a ella. Y como toda su familia, fundamentalmente su padre. La novela es su viaje para encontrarse a sí misma. Es el personaje que hace que no sea una novela histórica, sino una novela pura y dura.

Esta novela es como una sinfonía, la lectura no se puede interrumpir al igual que no se puede interrumpir una sinfonía- El tránsito de un capítulo a otro no se puede detener. Hay un flujo del pulso rítmico cada vez más rápido. Hay algo que te lleva a tener que acabarla.