Mario Vargas Llosa, con semblante serio, durante la rueda de prensa de presentación de «Cinco esquinas»
Mario Vargas Llosa, con semblante serio, durante la rueda de prensa de presentación de «Cinco esquinas» - AFP

Mario Vargas Llosa: «El amarillismo es uno de los graves problemas de nuestra cultura actual»

El premio Nobel presentó su última novela, «Cinco esquinas», en medio de una enorme expectación mediática

MADRIDActualizado:

Nunca antes habían coincidido en una rueda de prensa históricos del periodismo cultural y del papel cuché, mezclados y agitados en un divertido cóctel que Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) se encargó de servir ayer, con singular maestría y hasta algún pase de capote. Acostumbrado, en los últimos meses, a acaparar esos flashes que disparan a las vidas ajenas, el premio Nobel acudió a la presentación de su última novela con semblante serio pero relajado. La cita era a las 12 del mediodía en la Casa de América, en la madrileña plaza de Cibeles. Más de sesenta medios acreditados y una enorme expectación, más propia de la visita a la capital de una estrella de Hollywood que de la rueda de prensa de un escritor. Un escritor, sí, pero no uno cualquiera: todo un premio Nobel de Literatura. «Cinco esquinas» (Alfaguara), la obra protagonista, ha hecho correr ya tantos ríos de tinta debido a la vida personal de su autor que habría quien pudiera pensar que poco más se podía añadir ya. Y, sin embargo, queda tanto por decir... Lo más importante, como Vargas Llosa demostró durante su intervención ante los medios, de algo más de una hora.

«Me da mucha más alegría formar parte de La Pléiade que salir en las revistas del corazón»

Se hizo esperar, porque la ocasión lo merecía. En la entrada «noble» de la Casa de América le esperaba su cuadrilla, con J. J. Armas Marcelo a la cabeza, quien le conduciría hasta el anfiteatro en el que le aguardaban decenas de periodistas. Tras atravesar la enlutada cortina que le separaba de la jauría mediática, Vargas Llosa solventó con clase la lluvia de flashes, que se estamparon, como ráfagas de humo, sobre el inmaculado traje gris, de raya diplomática, que vestía para la ocasión. ¿Qué pasaron: tres, cuatro minutos? Al jefe de prensa de Alfaguara, convertido en improvisado guardaespaldas, se le debieron de hacer eternos, hasta que logró separar a los fotógrafos del Nobel, que ni aquel día de diciembre de 2010 en Estocolmo suscitó tanta atención. Tomó, por fin, asiento y Pilar Reyes, su fiel editora, explicó cómo «Mario» le contó la idea del libro y cómo, también, estas «Cinco esquinas» fueron el tema de la última conversación que ella mantuvo con la desaparecida Carmen Balcells, agente y descubridora de Vargas Llosa.

Estragos de una dictadura

Dicho lo cual, el escritor tomó la palabra, y todos callaron. Silencio absoluto. Incluso los representantes de la prensa del corazón parecieron enmudecer, sin alcachofa que llevarle a la boca, escuchando, atentos, lo que «don Mario» tuviera que decir. «Es una historia situada en un periodo de mucha incertidumbre sobre el futuro del Perú: las últimas semanas de la dictadura de Fujimori», comenzó diciendo, sobre la trama de la novela, que arranca con una escena erótica protagonizada por dos mujeres, que pasan la noche juntas en el barrio que da nombre a la novela, sorprendidas por el toque de queda, tan habitual en aquella época. «Debía ser una historia sobre la utilización de la prensa amarilla por parte de la dictadura de Fujimori para intimidar a sus críticos», continuó el Nobel, según el cual «el amarillismo es uno de los graves problemas que tiene la cultura de nuestro tiempo».

«Donald Trump es un peligro para EE.UU., payaso, demagogo y racista»

Esa idea le daba vueltas en la cabeza hasta que, gracias a la imagen «volandera» de esas dos mujeres recostadas en plena noche, logró plasmarla en esta novela. «Cuenta una historia que al principio parece policial y luego vemos los estragos que una dictadura causa». Estragos personales, pero también periodísticos, pues «el poder ha tratado siempre de poner al periodismo a su servicio». La novedad hoy, a juicio del Nobel, es que «el peligro del periodismo viene desde dentro, ante la exigencia de un público interesado en el entretenimiento». Y ahí llega el sensacionalismo.

Pero, como bien aseguró el escritor, «un autor no tiene nunca la última palabra sobre lo que escribe», y bien quedó de manifiesto al arrancar el turno de preguntas, en el que Vargas Llosa fue interrogado acerca de lo divino (esencia de la literatura) y, como no podía ser de otra manera, lo humano (protagonizado, en este caso, por la relación sentimental que mantiene con Isabel Preysler). Tras asegurar que Donald Trump es «un peligro para Estados Unidos, un país demasiado importante como para tener en la Casa Blanca a un payaso, demagogo y racista», le tocó contestar a la pregunta incómoda que incluso él mismo esperaba, y quizá por eso tenía la respuesta bien preparada: ¿no le resulta paradójico formar parte, de alguna manera, de esa «civilización del espectáculo» que en su día denunció en un ensayo?

Un «fenómeno cultural»

«Su pregunta está mal formulada. A mí no me gusta aparecer en “¡Hola!”. Ahora aparezco por razones de tipo personal. ¿Qué tendría que hacer para no aparecer?», dijo, con elegancia y hasta un esbozo de sonrisa. «No me gusta aparecer en las revistas sociales porque me hace perder el tiempo. Los fotógrafos me persiguen, y no sé por qué. Son revistas que yo no leo», señaló. Y terminó su argumentada defensa analizando el «fenómeno» de la mencionada revista, que en los últimos meses ha tenido «la experiencia de conocer desde dentro».

«El poder ha tratado siempre de poner al periodismo a su servicio»

«Estamos ante la perspectiva terrible de que los periódicos vayan a desaparecer. “¡Hola!” aumenta su tirada cada semana. Sólo en España vende un millón de ejemplares cada semana. Es un fenómeno cultural». En opinión del Nobel, esa «vida en rosa» que representa la prensa del corazón, en la que «todos son felices» (él incluido), es demandada por «millones de seres» porque «les hace soñar»; «antes esa función la hacían las novelas, la poesía... Es un problema social, pero es el único periodismo que parece crecer».

Tras dejar ese recadito, Vargas Llosa no quiso despedirse sin ironizar sobre su situación personal («Me da mucha más alegría formar parte de la colección La Pléiade que salir en las portadas de “¡Hola!”, se lo puedo asegurar») y apelar al buen ejercicio de la profesión. «La responsabilidad que tenemos los que escribimos en periódicos es enorme, y es la de no mentir. La irresponsabilidad es lícita en la literatura, pero no en el periodismo», remató. Y los flashes volvieron a apuntarle, como si hubiera nacido una estrella... de la Literatura.