Fritz Thyssen, en su hotel de París el 8 de abril de 1940
Fritz Thyssen, en su hotel de París el 8 de abril de 1940 - GETTY

Fritz Thyssen: El fantasma del pasado nazi remueve la oscura historia familiar

El ser uno de los más ricos de la Alemania azotada por el Tratado de Versalles llevó al tío del barón Thyssen a apoyar económicamente el régimen fascista. Acabó dando marcha atrás y sufriendo las consecuencias

MadridActualizado:

La sangrienta mancha que los nazis dejaron en nuestra historia se hubiese quedado en poco menos que en un amago paranoico si no hubiesen tenido el dinero necesario para darle forma. De seguir vivo, Adolf Hitler podría presumir de haber contado con el apoyo de quien era uno de los hombres más ricos de Alemania. Fritz Thyssen (1873-1951), tío del barón Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza (el que fuera marido de Carmen Cervera) y responsable de buena parte de la industria metalúrgica del país en los albores del movimiento nazi, relata en «Yo pagué a Hitler», que publicará a finales de septiembre Renacimiento, qué le llevó a sufragar con un millón de marcos a uno de los personajes más abyectos de todos los tiempos. El mismo que tiempo después haría de él su prisionero.

El origen de la fortuna de los Thyssen se remonta a los tiempos del abuelo de Fritz, Friedrich, fundador del imperio otrora industrial que maduraría su hijo August y a la postre rememorado por su patrimonio artístico. En gran parte, por el peso del Museo Thyssen-Bornemisza, donde desde el año 1992 se expone la colección que el barón vendió un año después al Estado español, alentado por su mujer, que prefería que la transacción se hiciese con el país que la vio nacer, pese a que las ofertas recibidas de países como Inglaterra superaban con holgura el montante final de la operación. El libro, cuya primera edición se publicó en 1941, expone como autor a Fritz Thyssen a pesar de que este no sea estrictamente quien lo grabó con su puño y su letra sobre las 247 páginas de las que consta el relato –el tomo alcanza las 300 con un prólogo escrito por Juan Bonilla y un apéndice con notas biográficas de los personajes y documentos de interés para el relato–. Fue Emery Reves, un avispado agente literario que ya contaba en su cartera de clientes con Winston Churchill, el «ghost writter» que hizo posible la redacción de la obra: una vez Thyssen había emprendido su huida tras renegar de su apego a los nazis, le contó todos los detalles a Reves, que luego difundiría sus palabras –en contra de su voluntad– en el volumen que ahora llega a las librerías españolas.

«Un error político capital»

En una simplificación llana y desprovista de cualquier matiz emocional que pudiera haber movido a Fritz Thyssen a actuar del modo en que lo hizo, su conducta podría resumirse a partir de dos hechos: el miedo a un comunismo en plena expansión y las consecuencias del Tratado de Versalles. De esto último habla con profusión el autor del libro, que se refiere al pacto como «un error político capital». «Al firmar, nos comprometíamos a cumplir, y, sin embargo, sabíamos que el cumplimiento era imposible», escribe.

Hitler, segundo por la izquierda, en compañía de Fritz Thyssen, tercero por la izquierda
Hitler, segundo por la izquierda, en compañía de Fritz Thyssen, tercero por la izquierda - ABC

El magnate, como tantos otros de sus compatriotas, consideraba lo firmado con el bando aliado una ofensa para el honor nacional, que en el caso de los alemanes se traduce con sencillez en un golpe sobre su autoestima más personal. Su dignidad se veía menoscabada al mismo ritmo que se debilitaban sus fábricas. El Tratado de Versalles era el veneno que había hecho enfermar primero a su país y más tarde a toda Europa. «La gran mentira», como lo define Thyssen, ferviente defensor, durante su etapa como afiliado al Partido Conservador, de la creación de unos Estados Unidos hechos a la medida del Viejo Continente, que ayudasen a ser constructivos, «desterrar los odios para siempre», y «trabajar para el futuro y olvidar lo pasado».

La causa nacionalsocialista emergió como la vía más segura hacia el modelo ideal con el que soñaba. También como parapeto contra el comunismo. Más aún tras atender a los cantos de sirena de Hitler, al que conoció en 1923 en casa del doctor Max Erwin von Scheubner-Richte, un alemán báltico que formó parte del Partido Nazi desde sus inicios. Allí hablaron del peligro del Tratado de Versalles para los empresarios y de lo nocivo que era el comunismo. Justo lo que Thyssen necesitaba oír.

Que organizase la resistencia pasiva en los territorios ocupados del Rin y el Ruhr en el periodo de entreguerras reforzó el sentimiento alemanista que siempre caracterizó al empresario. La oportunidad de unirse al Partido Nazi en 1931 surgió como la salida perfecta hacia unos anhelos que a cada segundo parecían alejarse un poco más. Su posición influyó en que los gerifaltes del partido lo nombrasen representante suyo ante los empresarios teutones. De ellos, agrupados en torno a la Asociación de Industriales Alemanes, logró reunir seis millones de marcos para la causa. Tampoco se cortó en escribir a Paul von Hindenburg, entonces presidente de la nación, para sugerirle que nombrase a Hitler canciller. El agrado que sus actos causaron en el führer derivó en que Hermann Goering, primer ministro de Prusia, lo nombrase consejero de Estado vitalicio. Los lazos que le ataban al movimiento nazi estaban más apretados que nunca.

La noche que calaría en las páginas de la historia como la de «Los cuchillos largos» significó también la eclosión de la duda en el seno de las convicciones de Fritz Thyssen. Zozobra igualmente estimulada por la muerte de su sobrino austríaco Von Remnitz en circunstancias tan inciertas como sospechosas. La bola de nieve crecería con tres causas concretas que él subraya en el libro: la represión ejercida sobre los cristianos y sobre la Iglesia, la equivalente sobre los judíos y el pacto de colaboración que Hitler firmó con Stalin el 23 de agosto de 1939.

No votó la ley de Nuremberg

La evolución de su posición en lo referente a los judíos se produjo de manera simultánea a la ligada a su apego por lo nazi. Tras entregarse a la corriente imperante echando a cuantos semitas tenía a su cargo, protestó tras los horrores de la «Noche de los cristales rotos», no votó la ley de Nuremberg –que hacía del antisemitismo una norma escrita– y renunció a izar la bandera con la esvástica en la boda de su hija, aun consciente del mensaje que ello transmitía. Su familia, de tradición católica protestante, emergía como una auténtica «rara avis» entre la clase industrial alemana.

August Thyssen, padre de Fritz y responsable del crecimiento de la industria metalúrgica que este heredó
August Thyssen, padre de Fritz y responsable del crecimiento de la industria metalúrgica que este heredó - ABC

Pero nada revolvió tanto los pensamientos de Fritz Thyssen como esa vinculación con la Rusia de Stalin que Hitler obró. Y no sólo significó un zarandeo que lo despertó del embrujo en que estaba sumido hasta entonces –recuérdese que el descrédito que Hitler hizo del comunismo en presencia de Thyssen fue uno de los motivos que lo llevaron a apoyarlo–, sino que significaba la aceptación definitiva de una segunda Gran Guerra, lo cual colisionaba de manera frontal con sus creencias y sus deseos. Así lo explica en un telegrama urgente enviado a Goering el 31 de agosto de 1939, tras no poder asistir a la reunión del Reichstang convocada en Berlín para planificar el inicio de la guerra: «Una guerra colocaría a Alemania en situación de dependencia de Rusia para las materias primas, y Alemania renunciaría así a su posición de potencia mundial». Acto seguido, el gobierno invalidó su pasaporte e hizo que la Gestapo embargase sus bienes.

Detenido en Bélgica

Su relación con Hitler se cierra con su propia detención en Bélgica, mientras visita a su madre y aprovecha para alejarse de los tentáculos nazis. Permanecería encerrado hasta el final de la guerra. Una vez libre, tuvo que hacer frente a una sanción de medio millón de marcos para compensar el daño causado a los judíos, aunque se le exoneró del resto de cargos y recuperó las riendas de su nave empresarial.

A sus vivencias les extrajo una máxima que revela las raíces de sus convicciones más añejas y también los matices que las arrancaron de su sitio: «Lo malo de los nazis no es el partido en sí, sino ciertos individuos que lo componen».

Las últimas páginas, empleadas ya para relatar su desencanto, destripan desde la mentira de la economía social que promovían los nazis hasta la incongruencia discursiva oculta tras el antisemitismo de Hitler, principalmente por sus probables orígenes judíos. Y completan la historia de quien por imponerse como fin preservar el brillo de su dignidad sucumbió a la oscuridad de cuanto rodeaba al medio. Aunque se saliese a tiempo.