Wieland Giebel, periodista y autor del libro «Por qué me hice nazi»
Wieland Giebel, periodista y autor del libro «Por qué me hice nazi» - ABC

Así contaron los alemanes el entusiasmo por hacerse nazis en los años treinta

El libro «Por qué me hice nazi» reúne los testimonios de ciudadanos de todas las clases sociales en los que explicaron las razones de su adhesión incondicional a Hitler

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En 1933, con Hitler recién asentado en el poder y en una capital alemana deseosa de mostrarse al mundo, de cara a los Juegos Olímpicos de 1936, un profesor polaco se puso en contacto con el Ministerio de Propaganda de Joseph Goebbels. Se trataba de Theodore Abel, que había emigrado a EE.UU. y estudiado Sociología en la Universidad de Columbia, que más tarde lo promovió como profesor. Buscaba un sobresueldo y publicaciones que impulsasen su carrera académica. Quería escribir un ensayo sobre los motivos del fulgurante éxito del partido nazi, un asunto que fascinaba al otro lado del Atlántico.

Goebbels apoyó el proyecto y pensó que la mejor opción era que nazis de toda Alemania, de toda clase y condición, relatasen en primera persona la motivación que los llevó a seguir a Hitler. Convocó un concurso de redacciones y pagó del bolsillo del Ministerio los 18 premios de entre 125 y 10 marcos del Reich para los ganadores. Fue así como Abel se hizo con 683 «informes biográficos» en los que los ciudadanos más dispares, desde un panadero de Schönebeck/Elbe como Sens Truppf, entregado a las mejoras sociales de Hitler para las clases bajas, hasta el Príncipe zu Schaumburg-Lippe, Friedrich Christian, nostálgico de un orden anterior que jamás volvería ya a Europa, confiesan serenamente, sin pudor y sin complejos, por qué se hicieron nazis.

El porqué

Al margen del trabajo de filtro y pulido que seguramente hizo Goebbels, que desde luego no daba puntada sin hilo, los «biogramas políticos» originales indagan en la paradoja que supone que un pueblo culto y de altas miras morales como el alemán, cuna de Schiller, Beethoven o Kant, llevase a cabo el Holocausto. Abel llegó a publicar un libro en 1938, pero poco después estalló la II Guerra Mundial y Europa no estaba ya para ensayos, por lo que no alcanzó gran difusión y los fajos de papeles quedaron archivados, en el olvido, en la biblioteca Hoover, en California.

Solo algunos historiadores se han acercado recientemente a ellos como fuente parcial, como Katja Kosubek, que entresacó las redacciones enviadas al concurso por 36 mujeres para su libro «Igualmente consecuente en lo socialista que en lo nacional» publicado por Wallstein en 2017, o Sven Felix Kellerhoff, para su «Un partido y sus miembros», también de 2017. Wieland Giebel, periodista, autor y fundador de la editorial Berlin Story, presenta ahora un análisis sistemático de ese material en el libro «Por qué me hice nazi». «No hay una respuesta única y concreta», reconoce, «pero sí un muestrario que ayuda a entender cómo muchos déficits personales fueron canalizados por una determinada visión del mundo, del racismo y la violencia».

«Niños ricos y tontos podían hacerse profesores o funcionarios, mientras nosotros, que sacábamos muy buenas notas, no podíamos seguir estudiando», relata su frustración Christoph Delp, hijo de una confitera con cuatro hijos y dos sobrinas huérfanas a la que la inflación obligó a cerrar el negocio. Afiliada a cooperativas de compras para adquirir azúcar y harina en escasez, la familia constató que «toda la organización estaba en manos de judíos, todos los vendedores eran judíos, y pude ver con horror que aquí nada se hacía en beneficio del pueblo, sino que todo era manejado para el beneficio de la clase judía», justifica su antisemitismo.

«Por fin se nos permitía hacer algo a las mujeres», se felicitaba Herta von Reuss, a la que unos amigos del Ministerio de Defensa llevaron a una conferencia de Hitler en Múnich en 1920 y decidió implicarse en la promoción del «salvador de Alemania».

A lo largo de 15 páginas, el profesor de Wolfsburg, Rudolf Kahn, detalla su proceso de radicalización hasta convertirse en Sturmführer IV/17 y «con imperturbable lealtad, servir al Führer hasta que una generación de jóvenes ganadores de guerras tome el relevo y nos lleve de nuevo sobre las fronteras de los siglos».

Impacto en la Alemania de hoy

El mero hecho de la publicación en Alemania de estos textos es síntoma de un profundo cambio de mentalidad y actitud hacia el pasado nazi. La desnudez de los testimonios, la vertiginosa embriaguez que destilan, cobra relevancia además por la coincidencia de su publicación, en absoluto planeada por el autor, con una ola de xenofobia que tiene lugar en el Este de Alemania.

También ahora resulta difícil explicar que en la potencia económica de Europa vuelven a exhibirse cruces gamadas en las calles. «No creo que se repita la historia, AfD no va a llevar a cabo otro Holocausto y esos cabezas huecos que hemos visto son muy minoritarios», responde Giebel en el búnker de la Ausburgerstrasse de Berlín, una reliquia nazi que hace ahora las veces de atracción turística, en referencia al partido Alternativa para Alemania. «Pero con el argumento de “nosotros somos más” que repiten en las manifestaciones contra la xenofobia, no es suficiente. Si el Estado no interviene, tarde o temprano irá a más», añade, «AfD no es el NDAP pero lo que hemos visto en Chemnitz es nuevo».

Establecer ciertos paralelismos parece inevitable. «En Berlín vivimos en una burbuja de bienestar, pero hay zonas rurales en las que la escuela cierra por falta de niños, el autobús ya no llega al pueblo y no hay ningún proyecto político que vaya a devolverles la situación anterior», señala el autor, «tienen la impresión de que el país va muy mal y culpan a alguien para explicarse a sí mismos todos esos cambios», afirma, la misma semana en que el ministro de Interior alemán, Horst Seehofer, ha dicho que «la inmigración es la madre de todos los problemas».

Gustav Heinsch, de Berlín-Charlottenfug, dejó de leer periódicos porque «la prensa mentirosa estaba toda en manos de judíos» y «leyendo reveladores libros descubrí que la política y la economía también, por eso me hice más y más antijudío». «¿Qué sentido podía tener una vida así?», se preguntaba, «¿puede ser el deseo de un ser superior dejar el mando del mundo en manos de judíos?».

Waldemar von Schöler, comandante de batallón durante la I Guerra Mundial, escuchó un discurso de Goebbels en 1928 «y por primera vez alguien me puso la grandeza del pueblo alemán delante de los ojos». Alfred Kotz, de Berlín-Neukölln, se presentó voluntario a las SS en 1930 «y encontré lo que buscaba, la firmeza modesta, incondicional, masculina, honorable y sencilla».

«¿Qué pasará ahora?, se preguntan los periodistas que no entienden el éxito del partido…» adelantaba María Engelhardt, una oficinista de Frankfurt, «Alemania es nacionalsocialista, pero la gente es la misma. Nuestra tarea es expandir y profundizar en la idea de Hitler para que la siguiente generación haga realidad la idea de vida de un pueblo».

Giebel no cae en la tentación de elaborar algún tipo de decálogo para el consumo o supuesta lista de las experiencias colectivas que llevaron a Alemania a la debacle. Huye de la simplificación, quizá el único común denominador de los 683 testimonios, junto a la desconfianza en las élites.

A pesar de la resistencia

Ya Peter H. Merkl intentó descodificar el origen de la Alemania nazi a través de la estadística y jugando matemáticamente con 79 criterios sociológicos, pero tuvo que rendirse. Más recientemente, Peter Longerich ha defendido en su biografía de Hitler que los nazis lo fueron sencillamente por interés, situando el beneficio por encima de la ideología y del cuestionable para él carisma del Führer. Giebel subraya que la nazificación de Alemania tuvo lugar a pesar de una gran resistencia social y política. «La policía fue muy activa contra los nazis. Las familias también, no comenzó siendo un fenómeno mayoritario, vemos de que 11 hermanos solo uno era nazi y soportaba el rechazo del resto…», entresaca el autor de las páginas de amarillentas redacciones, «y vemos que el resto de los partidos, instalados en sus privilegios, no hicieron nada hasta que ya fue demasiado tarde».

«Muy especialmente me alegro de haber tenido razón», concluye su curriculum vitae Walter Jungeln, vinatero nacido en Kinheim, Mosel, y fundador del partido nazi local, a pesar de ser el único nazi en el pueblo de 1.200 habitantes y de la resistencia activa de su madre y sus dos hermanas, «y poder decir con satisfacción que también nuestros opositores reconocen ahora que era necesario un cambio en nuestra economía y en nuestro país, un cambio que solo era posible a través de nuestro movimiento y de sus principios auténticos. ¡Heil Hitler!».