La corbeta María Pita, durante el viaje de Balmis, en un grabado
La corbeta María Pita, durante el viaje de Balmis, en un grabado

Balmis: la primera expedición humanitaria global de la historia fue española

El médico alicantino recibió el encargo de llevar la vacuna de la viruela a los territorios de ultramar. Los viales fueron 22 huérfanos

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Estos ángeles fueron los 22 huérfanos que teniendo poco más que perder que la vida en el viaje llevó la salvación de la mortal Viruela en sus propios brazos a los territorios de ultramar a principios del siglo XIX. Dirigidos por experiencia de dos médicos españoles, el alicantino Francisco Javier Balmis y el catalán José Salvany y la entrega incondicional de una gallega llamada Isabel de Zendal se hizo posible esta gran hazaña.

La idea para escribir una novela sobre esta gesta tanto tiempo olvidada me la dio en el 2003, el ya fallecido, erudito historiador y buen amigo Gonzalo Anes. Por aquel entonces además la entonces Ministra de Sanidad, Ana Pastor, quería celebrar por todo lo alto el segundo siglo de historia de este inigualable hito tan desconocido para muchos.

Quise involucrarme a mi manera en ese común afán para poner de una vez por todas a Francisco Javier Balmis, a José Salvany, a Isabel de Zendal y a los huérfanos que sirvieron de probeta salvadora en esta filantropía a la altura de otros expedicionarios de la talla de Humbolt, Vancouver o Malaespina.

Poco tiempo después publiqué mi libro «Angeles custodios». En él Isabel es la protagonista que vive entregada al cuidado de los niños y como suele pasar, al saber de ella otros tantos escritores, también se decidieron a posteriori a contar esta historia con su propio estilo. Asimismo, el cine por fin se hizo eco de aquella odisea y se rodó un largometraje basado en mi novela titulado «22 angeles» dando todo ello la proyección que ansiábamos para que nunca más los héroes de esta historia fuesen vilipendiados o lo que es peor, olvidados. Procuré que no faltase un ingrediente para hacer de ella una historia cuajada de pasión, amor, viajes y aventuras y anclé sus pilares en la realidad que los ensayos escritos al respecto describían de estos etéreos héroes que hasta el momento parecían diluidos en el ostracismo de los tiempos.

La vacuna en cuerpos

Cuando a Balmis se le ocurrió la idea, hacía cinco años que el Doctor Jenner había escrito un ensayo explicando cómo había descubierto el porqué de que las mujeres que ordeñaban vacas eran inmunes a la mortal viruela y la manera de inmunizar a todos de una forma parecida. Los médicos habían llevado en cristales sellados la salvación a América del norte, pero por algún motivo que se desconocía en climas más cálidos como el ecuador la linfa llegaba degradada a su destino. Fue precisamente entonces cuando a Balmis se le ocurrió resolver esta adversidad dirigiendo el mismo una expedición que llevaría a los virreinatos la salvación en una cadena de cuerpos que según los tiempos de desarrollo de la enfermedad irían utilizando en orden.

Al no encontrar voluntarios dispuestos a prestarse para semejante experimento tuvo que recurrir a esos huérfanos que a nadie le importaban excepto a la rectora del hospicio de la Coruña de donde los sacó.

Como médico personal de la familia real, recibió el encargo del Rey Carlos IV, de extender la vacuna a todos los territorios españoles de Ultramar. En aquella época, la viruela causaba estragos entre la población, con una tasa de mortalidad del 30 por ciento.

La Real Expedición Filantrópica de Balmis, que en un principio llegaría hasta Filipinas, acabó dando la vuelta al mundo. Desde el puerto de la Coruña, inmunizó a las poblaciones de Canarias, América, Filipinas, Macao, Cantón y la Isla Santa Elena. Con medios tan precarios como un barco de vela, cuatro médicos y seis enfermeros, convirtiendo su expedición probablemente en la primera acción humanitaria de ámbito universal. La labor realizada sin duda constituyó una de las actuaciones de salud pública y educación sanitaria más importantes de todos los tiempos en general y de la Ilustración en particular.

La avanzada mentalidad científica de Balmis, al crear las Juntas Sanitarias y Casas de Vacunaciones Públicas por los lugares que pasó fue encomiable. Aquella era una enfermedad tan atroz que al que solía vencerla le quedaba tatuada en forma de profundas cicatrices por toda su piel para recordárselo.

Documentándome leí por aquella época todos los ensayos que se publicaron al respecto y me di cuenta de que faltaba un libro, en el que la que el protagonista no fuesen Balmis, Salvany o los niños que ya tenían su propio libro titulado «En el nombre de los Niños: La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna de Emilio Balaguer Perigüell y Rosa Ballester Añón»; la protagonista para mi debía de ser Isabel de Zendal, la mujer que cuidó de aquellos pequeños para que sobreviviesen al viaje y pudiesen servir a la causa.

Tuve que vestirme de Balmis. Un médico ilustrado, osco, tímido y solitario. Consciente de los tejemanejes y devaneos de una corte a punto de desmoronarse y amante de la filantropía, ante todo. De Isabel de Zendal, Cendal o Cendalla, según el documento que la mentase. Una mujer curtida por una vida de entrega y pérdidas irreparables que la convierten en una mujer temerosa de vincular sus querencias a nada que le pueda volver a hacer sufrir. Una mujer que aquí tiene una calle, pero en México tienen una importante escuela de enfermeras con su nombre. Tuve que rastrear todo sobre Salvany y escudriñar a la tripulación y a aquellos hombres de mar, curtidos por el salitre, el desarraigo y las experiencias brindadas en los mil puertos que tocaron.

Intenté reflejar aquel largo viaje repleto de aventuras, logros y sinsabores procurando no caer en la monotonía de una larga travesía. Pero… ¿Qué fue de los héroes de esta expedición? ¿Por qué estuvo tanto tiempo sumida en el olvido? Al poco de regresar Balmis, España fue invadida por los franceses y el Rey dejó su expedición a su suerte.

Vuelta a Nueva España

El insigne doctor, al no haber querido admitir a José Bonaparte sufrió el saqueo de su casa en Madrid. Es posible que en ese momento se perdiera para siempre el cuaderno de bitácora de la expedición por lo que los historiadores y novelistas posteriores hemos tenido que recurrir a otras fuentes.

Balmis, como tantos otros, salió despavorido de Madrid para refugiarse de la invasión Napoleónica primero en Sevilla y posteriormente en la ciudad de Cadiz. El único bastión que resistió su azote. Pese a la ocupación y la situación tan convulsa que se estaba viviendo en España, el 30 de noviembre de 1809 la Junta Central en Cadiz le autorizó a volver a Nueva España para revisar las estructuras organizativas creadas durante la expedición filantrópica.

En febrero se hizo a la mar de nuevo. El virreinato al que retornaba Balmis difería en mucho del que había dejado en 1805. El que había sido su enemigo, el Virrey Iturrigaray, había sido destituido y los primeros gritos de independencia sonaban en las calles. Balmis volvió a España convencido de que las redes de vacunación que con tanto sacrificio había creado sufrirían en esta guerra un gran menoscabo.

Y para terminar con esta hazaña nada más digno que parafrasear al Doctor Marañón. «El verdadero sentido de la gesta de Balmis no radicó en su proeza sino en una representación arquetípica del espíritu típico del siglo XVIII». En el «hombre sensible», en «la ilustración» y en «la filantropía»