El crítico Harold Bloom
El crítico Harold Bloom - TED THAI

Harold Bloom: vuelve la lengua de triple filo del crítico más polémico

Páginas de Espuma publica «Poemas y Poetas», su particularísima visión del canon de la poesía

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Tiene una lengua y una pluma (como bien la muestra aquí Nieto, nuestro admirado ilustrador) que más que viperina, valga la chanza, es triperina. Y una cólera a lo Yahvé, que no en vano es de ascendencia judía, y de la zona sur del Bronx neoyorquino, un barrio donde te haces o te hacen. Y Harold Bloom, probablemente el crítico literario más controvertido y reputado de nuestros días, a su 85 añazos, la mitad de ellos de profesor en la prestigiosísima Universidad de Yale (donde se las ha tenido más que tiesas con sus académicos colegas) sigue despachándose a gusto con la literatura occidental, mayormente la anglosajona, sigue siendo un intelectual polémico y no elude la refriega literaria, sino que más bien la fomenta.

Eso es lo que hace Bloom, y eso es justo lo que ha hecho en «Poemas y Poetas» (Páginas de Espuma), su nuevo libro, que llega a las librerías la primera semana de junio. Prepárense porque va a haber hule, y va a haber leña. El que suscribe, como cualquier lector habitual de poesía, reconoce que no sabía nada de un tercio de los poetas aquí representados y que en los otros dos tercios apenas si hay dos vates hispanos, Neruda y Octavio Paz, y que, eso sí, los poetas representados están tratados y criticados de una manera tan original como rigurosa e intensa, sin rodeos pero con extremado tino, tan exhaustivamente que en algunos momentos la lectura se hace hasta cierto punto extenuante.

Bloom no hace migas con los críticos marxistas ni tampoco con los conservadores, pero sus opiniones, en las que cuenta tanto su vasto conocimiento de la Biblia y la cultura judía como una idea de la Naturaleza verdaderamente rompedora, hacen de este extenso libro un manual y un exigente mapa para pasearse con soltura por los vericuentos de la poesía occidental (especialmente norteamericana de los últimos doscientos años). Excelente noticia la de esta publicación por la que hay que felicitar a su editor, Juan Casamayor, uno de esos valientes que están haciendo de las pequeñas editoriales el espolón de proa de las más barloventeras naves de nuestra literatura. Y que conste que «Poemas y Poetas. El canon de la poesía» estuvo en el punto de mira de alguna de las más grandes editoriales españolas, que vaya usted a saber porqué no se atrevió a su publicación.

Para guiarnos por las 686 páginas de esta obra tendremos de cicerone al traductor del volumen y a uno de nuestros mejores poetas de hoy: Antonio Rivero Taravillo, capaz de manejarse en el inglés de Ana Bolena a la perfección y que, ténganlo en cuenta, también domina esa lengua de los magos y las leyendas que es el gaélico. Un Rivero Taravillo que, desde Londres y a través del e-mail, y escribiendo en el teclado de su móvil, nos ayuda a poner algunos puntos sobre algunas cuantas íes de este tratado sobre la lírica contemporánea.

Apunta Rivera Taravillo que «lo más interesante del libro no es el repaso de lo ya sabido, como si fuera un manual de historia de la literatura, sino lo mucho nuevo que el lector descubre. De un lado, numerosos poetas norteamericanos y algún británico de los que seguramente no tenía noticia. De otro, es destacable la atención que presta a aspectos poco conocidos de poetas que -nunca mejor dicho, tratándose de Bloom- forman sin discusión parte del canon, como Wordsworth y Coleridge. En ocasiones dedica extensos ensayos a un poeta determinado que constituyen una excelente introducción a su obra, como sucede con Byron o con Shelley, y a veces unas pocas pinceladas le bastan para trazar la imagen de un poeta. Esto se debe a la procedencia de los trabajos aquí recopilados, que fueron originalmente publicados como artículos y prólogos independientes».

El traductor también describe otros aspectos reseñables del volumen: «No es este, a pesar de su extensión –explica Antonio Rivero Taravillo-, un libro mastodóntico en el que tengan habitación todos los poetas; es más bien un hotel boutique en el que cada aposento es diferente, según el gusto del propietario, y el tamaño de las estancias no siempre se corresponde con la supuesta o pretendida importancia del huésped».

No obstante, es imposible escapar a que «es innegable que Bloom es a veces difícil, como muchos de los poetas que estudia. Quizá lo que más resulte extraño a un lector español sea las menciones frecuentes a la tradición hebrea y al gnosticismo. La terminología que emplea es lo que más trabajo me ha costado traducir. Por el contrario, la traducción de los poemas me ha resultado gratificante, a pesar de la exigencia de la traducción en verso». Y es que Rivero Taravillo tien una larga experiencia como médium entre los lectores españoles y autores como Anne Bradstreet, Keats, Hopkins, Tennyson, Heaney o Graves.

Pero que nadie se engañe, con «Poemas y Poetas», Harold Bloom «no trata de presentar a los mejores poetas de la literatura occidental, porque Bloom presta sobre todo atención a la tradición anglosajona (particularmente la estadounidense) y son muchas las ausencias de poetas de otras lenguas. De la nuestra, solo aparecen Neruda y Paz, aunque se menciona a Cernuda (poeta que Bloom estima especialmente de entre los españoles). Pero hay poetas franceses, y un italiano y un ruso. Hay ausencias muy sonoras, como la de Pessoa y Cavafis o la de los polacos. Pero es que Bloom es parcial, en la doble acepción del término. Y no pretende hacer una obra meramente divulgativa».

Por supuesto, Rivero Taravillo admite y sobre todo subraya que «Bloom es polémico. De ahí, junto con su incisiva inteligencia y vastísima cultura literaria, su éxito. Quizá hoy haya amainado esa polémica, pero los excesos que denunció, si explicables en una sociedad multirracial y que atravesaba profundas transformaciones, siguen presentes en gran medida en el mundo académico. Curiosamente, en algún capítulo él está también más cerca de lo antropológico que de lo poético, como cuando al escribir sobre Paz centra su atención no en sus versos sino en su gran ensayo sobre México (’El laberinto de la soledad’)».

Ahí lo tienen. Lectores en general y vates y poetas en particular, vistan sus mejores galas y dispónganse a morir o matar con esta apasionante lectura.