Ilustración de Hernán Cortés por Ferrer Dalmau
Ilustración de Hernán Cortés por Ferrer Dalmau
ENTREVISTA

Tomás Pérez Vejo: «No es un problema con España, sino de México consigo mismo»

El investigador español afincado en el país azteca analiza la construcción del relato nacional sobre la conquista y la caída a los infiernos que ha sufrido Hernán Cortés

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El virreinato de Nueva España, cuyo legado encarna hoy México con más complejos que orgullo, alcanzó una superficie catorce veces más grande que la España actual y veintitrés veces el Imperio azteca. Hacia 1800, solo la ciudad de México albergaba a 137.000 almas, cuatro veces más que Boston. Decir que aquello era una simple colonia de España o un enorme campo de esclavitud indígena -como parece insinuar López Obrador en sus discursos- resultan afirmaciones anacrónicas y falseadas. Cómo el hombre que prendió aquel éxito civilizador pasó en un chasquido de padre de México a villano cruel está íntimamente relacionado con el relato que se impuso tras la independencia.

El historiador Tomás Pérez Vejo (Caloca, Cantabria, 1954) sabe mucho de cómo se conforman los relatos nacionales y de la historia en común entre ambos países. Desde el que lleva siendo su hogar durante dos décadas, este investigador del Instituto de Antropología e Historia de México (INAH) trata de diseccionar a qué se debe que un presidente con dos apellidos castellanos y un abuelo español tenga una visión tan distorsionada sobre lo que fue la conquista.

-¿Por qué escogen este momento para exigir perdón?

-Creo que lo relevante es el trasfondo político e ideológico. Por un lado, López Obrador encarna un relato de nación, de origen decimonónico y que el régimen nacido de la Revolución hizo suyo, en el que el Estado-nación mexicano se imaginó como heredero y continuador del mundo prehispánico. Además, se trata de un tipo de política, tanto en la derecha como en la izquierda, basado en la polarización social y en el uso de elementos identitarios como puntos de fractura. Estos conflictos son casi por definición innegociables y, por ello, perfectos para construir un abismo entre ellos y nosotros.

-¿España representa aquí el papel del enemigo histórico?

-Sí, es una interpretación compartida por buena parte de sus seguidores y en la que España representa el «otro» extraño y ajeno al ser de México, su enemigo histórico. La hispanofobia forma parte del ADN de la izquierda mexicana, y en parte de la del resto del continente. Si a esto añadimos la polarización en los conflictos identitarios, con un relato de nación conservador alternativo al liberal, en el que México se asumió como hijo y heredero de la conquista, tenemos todos los elementos para su utilización por un presidente que desde el mismo momento de su toma de posesión ha convertido la distinción entre ellos y nosotros, buenos y malos, pueblo y «fifís», progresistas y neoliberales, en el eje de su discurso. No es un problema con España, sino de México consigo mismo.

-Curiosamente, no pide al Rey que envíe sus disculpas en nombre de la población indígena, sino de todo México.

-La apropiación del pasado indígena por las élites criollas es un fenómeno interesante, pero no es muy original, pues debe de ser puesto en el contexto de los procesos de construcción nacional del mundo euroamericano, en el que todo el pasado de los territorios de los nuevos Estados fue asumido como parte del pasado de la nación y no de los distintos grupos que habían habitado en él a lo largo del tiempo.

La particularidad del caso hispanoamericano es su condición de sociedades multiétnicas en las que la herencia genética, a diferencia de Europa, hace visible de quién se desciende. La marca de la diferenciación étnica se lleva impresa en la cara de cada mexicano, de modo que es una sociedad particularmente adiestrada para distinguir diferencias raciales y donde la raza ha formado parte habitual del debate público.

-¿Cuándo se convirtió Hernán Cortés en un villano?

-Cortés ocupa un lugar central en los dos relatos de nación que articulan el ser de México: el liberal, para el que la conquista representa la muerte de México y el inicio de un largo periodo de tres siglos en el que México dejo de ser México; y el conservador, de un México nacido con la conquista, crecido en la época virreinal y llegado a la edad adulta con la independencia. Tanto el relato del Cortés villano como el del Cortés héroe fundador han convivido desde la Independencia, con variaciones en función de quién haya estado en el poder. En este sentido, las categorías ideológicas no siempre han coincidido con las identitarias. Sin ir más lejos, Vasconcelos, el gran ideólogo de la postrevolución, asumió como propio el relato de nación conservador y una mirada claramente favorable a Cortés, que contrasta de manera muy notable con la imagen del conquistador, deforme y sifilítico, de las casi contemporáneas pinturas de Rivera.

-Muchos recuerdan que Cortés no se abrió paso en su conquista lanzando flores. ¿Hay razones para pedir perdón?

-La pregunta plantea varios problemas: el de si es lícito juzgar los hechos del pasado desde nuestros valores y, en el caso de que la respuesta sea afirmativa, quiénes son herederos de las víctimas y quiénes de los verdugos. Me refiero a la herencia moral, no a la biológica. Tanto el actual Estado-nación español como el mexicano son hijos de la disgregación de la Monarquía católica, un imperio del Antiguo Régimen que poco tiene que ver con un Estado-nación contemporáneo. Tan herederos de los conquistadores son uno como el otro, quizás si acaso más el mexicano, que en el momento de la independencia asumió como deuda propia toda la generada por la administración virreinal.

-El propio concepto conquista de México lo reduce todo a una cuestión militar.

-Sí, pareciera así como si lo único relevante fuese el momento de la conquista y no lo ocurrido durante los casi tres siglos posteriores, que es cuando realmente se pusieron las bases de las actuales sociedades hispanoamericanas. Se trata de una visión historiográfica que se remonta en parte a la propia conquista y a su voluntad de crear una historia de héroes, que la Ilustración del dieciocho hizo suya con la oposición entre un colonialismo bueno, el de los colonos ingleses, y uno malo, el de los conquistadores españoles. Asimismo, la historiografía romántica, tanto española como americana, también la asumió variando sólo la condición de héroes o villanos, pero siempre conquistadores, en función de la perspectiva de la que se escriba.