Grabado que muestra la llegada de Cortés a Tenochtitlan
Grabado que muestra la llegada de Cortés a Tenochtitlan
HISTORIA

Hernán Cortés, el primer patriota mexicano

Fue un personaje imperial y global, más americano que europeo en su biografía. Una versión hispana y mexicana de lo acontecido hace 500 años se abrirá paso frente a la crónica menor, falsaria, criolla blanca, acomplejada e indigenista solo del pasado

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Todo lo que queda en España relativo a la vida inicial de Hernán Cortés es su pila bautismal. La iglesia de San Martín, en Medellín, que ha salido recientemente de la influyente lista roja de patrimonio en peligro de Hispania Nostra, gracias a las reparaciones parciales financiadas por la Junta de Extremadura y el trabajo encomiable de un grupo de vecinos, que no dejó obispo, alcalde o diputado sin remover, fue escenario de su bautismo el 15 de noviembre de 1485.

La mayor diferencia con la cuidada Trujillo en Cáceres, patria del conquistador del Perú Francisco Pizarro, radica en que Medellín fue «visitada» por las luces de la ilustración francesa, en forma de ejército napoleónico. En la batalla de Medellín, acontecida el 28 de marzo de 1809, los mercenarios del mariscal Víctor cumplieron con la orden de no hacer prisioneros y pasaron el día siguiente fusilando españoles. Quizás murieron 4.000 franceses y unos 10.000 civiles y militares del bando patriota. De 453 casas que había en la villa, quedaron en pie 170. La casa natal del conquistador de México fue destruida.

En 1890, la poeta extremeña Catalina Coronado logró que le homenajearan con una plaza dotada de estatua y un modesto monolito de piedra, que recuerda: «Aquí estuvo la habitación donde nació Hernán Cortés en 1485». Cuarenta años antes, le había dedicado unos vibrantes versos: «Descastada España/ ¿con que no le valió a Cortés la hazaña/ ni una tumba de mármoles siquiera?».

Fallecido en Castilleja de la Cuesta, cerca de Sevilla, el 2 de diciembre de 1547, cuando retornaba derrotado a México, señaló en testamento que sus restos debían ser trasladados al virreinato de Nueva España, conquistado a su costa para el emperador Carlos V. En pleno centro de la capital de los actuales Estados unidos mexicanos, se halla el templo de Jesús nazareno, anexo al hospital del mismo nombre. Es el más antiguo de América, pues está abierto desde 1524, gracias a las tierras y donaciones con que lo dotó Cortés. Allí se encuentran sus restos en situación semiclandestina y, nunca mejor dicho, por un verdadero milagro. Han sido trasladados de lugar hasta una decena de veces, como ha mostrado Iván Vélez en El mito de Cortés.

Fundador de México

En 1823, dos años después de la proclamación de la independencia absolutista de México de la España del trienio liberal, el compasivo padre intelectual y político de los conservadores mexicanos, Lucas Alamán, quiso inhumarlos en la catedral, pero la oposición le obligó a improvisar un plan para disponerlos en un nicho en la pared y propagaron, para despistar, que estaban en Italia. Aunque en la embajada española se sabía del asunto, en 1946 el socialista exiliado Indalecio Prieto, que consideraba a Hernán Cortés tan español como mexicano, protegió el hallazgo de los restos e hizo pública su existencia con apoyo de las autoridades mexicanas. El debate que se suscitó fue de largo alcance.

Para algunos exiliados republicanos, la reivindicación de la figura de Cortés como fundador español de México equivalía a proponer una suerte de ciudadanía compartida, en espera de tiempos mejores. Para otros, como el historiador y archivero gallego Ramón Iglesia Parga, estudiado de manera excelente por Salvador Bernabéu, la reivindicación de Cortés equivalía a una dolorosa reflexión sobre las causas de la derrota republicana, vistas en el espejo de la conquista de los aztecas.

En 1942, Iglesia había publicado en el Colegio de México, matriz del encuentro intelectual hispano-mexicano y premio «Príncipe de Asturias» en 2001, un estudio comparativo de los principales cronistas de la conquista, a excepción del soldado castellano Bernal Díaz del Castillo. De las Cartas de relación, escritas por Hernán Cortés al hilo de los acontecimientos, destacó «el tono mesurado, ecuánime, sereno, sobrio e impasible a los acontecimientos extraordinarios que protagoniza». Del milanés Pedro Mártir de Anglería, resaltó la desconfianza (no olvidemos el papel clave de los italianos en la formación de la leyenda negra) y del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo criticó la contradicción entre contenido y conclusión. Frente a ellos, valoró la denostada Historia general de la conquista de México de Francisco López de Gómara, capellán de Cortés, publicada en 1553, criticada por haber sido un adulador de pluma contratada.

Liderazgo necesario

Lo cierto es que, a pesar del éxito de la obra de Gómara a mediados del siglo XVI, tanto la hostilidad de la corriente proindigenista acaudillada en origen por el fraile radical Bartolomé de las Casas, como la edición en 1632 de la Historia verdadera de la conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, liquidaron su prestigio y consolidaron la hostilidad hacia Cortés. Señala Iglesia Parga: «Por las páginas de Bernal, no obstante sus continuadas protestas de lealtad y admiración, corre un descontento apenas reprimido contra Cortés, un deseo enconado de rebajar sus méritos. El punto de vista de Bernal viene a coincidir con el de una época que se ha esforzado por nivelarlo todo, que ha visto con recelo a los hombres geniales».

La experiencia de la guerra civil española ha cambiado su percepción de la conquista de México. Frente a la visión de Bernal Díaz, que considera la conquista una empresa colegiada, en la que el mérito se reparte entre capitanes y soldados, el exiliado Iglesia Parga ha descubierto que sin liderazgo solo cabe la derrota. En sus propias palabras, «estalla la guerra, tomo parte en ella, y adquiero así una experiencia directa, vivida, de los problemas militares, experiencia que no me hubieran dado todos los libros de historia del mundo. Y veo de cerca cuál es en la guerra el papel de los jefes, de los jefes que saben mandar, y de los soldados que saben obedecer y morir, la necesidad profunda de la jerarquía y de la disciplina en un ejército, cosas todas que habíamos ido olvidando».

El valiente Cortés, que asume el mando de su hueste y logra la victoria en la conquista de México, es un héroe necesario y trágico, derrotado al final por la razón de Estado y el autoritarismo de Carlos V, que le quita todo poder político. En este punto, Iglesia Parga, que se quitó la vida en 1948, coincide con una tesis tradicional del liberalismo español, según la cual el descubrimiento de América fue una maldición. El oro de las Indias habría dado el triunfo al despotismo aristocrático, enfrentado a las libertades que se disfrutaban en los reinos peninsulares y en particular en Castilla.

Paradojas

La coincidencia en el argumento alcanza a otro liberal y exiliado español, también gallego, Salvador de Madariaga, que alabó a Hernán Cortés en una biografía clásica publicada en 1941. Lo calificó de «símbolo del espíritu español». Diez años después, Madariaga editó una biografía crítica de Simón Bolívar, al que consideró un imitador de Napoleón inundado de resentimiento. En su obra sobre Cortés, había señalado: «En cuanto su propia grandeza le hubo elevado por encima del común de sus compatriotas, fue blanco favorito de la injuria, la calumnia, la insidia, todos los ruines sentimientos con que los bajos e impotentes procuran nublar a los ojos del pueblo sencillo la odiosa encarnación de un éxito para ellos demasiado evidente. Puede afirmarse, sin temor a torcer los hechos ni un ápice, que Cortés fue el primer hombre que sintió latir en su corazón un patriotismo mexicano. La primera cláusula de su testamento estipula que se enterrarán sus huesos en Coyoacán. Abundan los trozos de sus cartas e informes en que expresa su clara visión de una Nueva España donde vivirán españoles y mexicanos en paz y prosperidad, es decir, un México moderno, esencialmente mestizo de espíritu. ¿Cómo podía adivinar que en la entraña de razas y naciones viven ocultos océanos de instintos, de emociones y de oscuras, pero tenaces memorias, y de que preparaba para la Nueva España siglos de tormentos morales y mentales? ¿Cómo podía adivinar que un día vendría en que habría que proteger con el secreto sus cenizas contra la furia de las multitudes de la nación que había fundado, revuelta en frenesí, destructora de sí misma contra el hombre a cuya visión debía su existencia?».

La asombrosa narrativa de Madariaga, que parece escrita ayer, abre la perspectiva sobre algunas paradojas cortesianas, en España, México y más allá. De los 62 años que vivió, pasó más en América, donde llegó con 19 años, que en España. Cortés fue un personaje imperial y global, más americano que europeo en su biografía. Aunque no se graduó de abogado en Salamanca, para disgusto de su familia, escribía bien, razonaba como hombre de leyes y fabricó una leyenda de sí mismo. Fue muy moderno en su búsqueda de fama perdurable. Esta ha sido hasta hace poco tiempo una imagen influyente en Gran Bretaña y Estados Unidos, pues reconocían a un líder que venció enormes dificultades.

Una versión sin complejos

En la medida en que Cortés se situó al margen de la ley, al comenzar la conquista con la fundación de Veracruz, estaba obligado a inventar una épica para justificarse y sobrevivir. De ahí que, como en toda la conquista de América, el papel no solo relevante sino decisivo de los indígenas colaboracionistas no fuera reconocido. El nacionalismo actual, criollista, guevarista, leninista o lo que corresponda, esconde esta evidencia histórica. La hostilidad a la independencia de España de todos los indígenas, desde California a Patagonia, también la ocultan.

Aunque los recién llegados llevaran arcabuces que hacían ruido, o algunos caballos y perros, los soldados de la conquista de los aztecas (en otras regiones del México actual hubo pactos, fiestas, bailes, o no hubo nada) fueron decenas de miles de totonacas y tlaxcaltecas, entre otras naciones indígenas, que querían acabar con el opresivo dominio militarista y depredador de los aztecas. Cortés, un extremeño educado en el mundo mental de la España de finales de la edad media, con reinos de taifas y cristianos en inestable equilibrio, supo atraérselos. Una tarea en la cual la extraordinaria Malinche, cofundadora de México, tanto le ayudó.

Afortunadamente, otra versión global, hispana y mexicana de lo acontecido hace 500 años se abrirá paso. La crónica menor capitalina, homogeneizadora, criolla blanca, acomplejada, indigenista solo del pasado y falsaria de lo ocurrido, no explica nada. Ni siquiera a la esposa del presidente López Obrador, doña Beatriz Gutiérrez Müller, que podría dirigirse con sus inquietudes históricas al señor presidente de Alemania, de donde proceden sus ancestros, ya que los banqueros Welser de ese origen fueron los conquistadores desde 1528 del occidente de Venezuela. Entre otros lugares.