HABLEMOS DE POPULISMO

Populismo, ¿Todo por el pueblo? (II)

El fenómeno populista crece. Varios intelectuales lo analizan y nos advierten de sus amenazas

Actualizado:123
  1. Mercedes Monmany: «Sacar lo peor de cada cual»

    La escritora y crítica literaria Mercedes Monmany
    La escritora y crítica literaria Mercedes Monmany

    Los movimientos populistas son siempre unos inmejorables psicólogos de lo peor y más infame. Umberto Eco decía que el populismo es simplemente un método que prevé «la apelación visceral a las opiniones o prejuicios más arraigados en las masas». Si la democracia trabaja sobre lo mejor y más perfectible de una sociedad, sobre virtudes que pueden ser aún mejor cultivadas y estudiadas en escuelas y centros de formación, los populismos apelan a los vicios y tendencias más inconfesables de una sociedad, atizando «visceralidades» que son todo menos ejemplares (odio, división social, rencor por frustraciones privadas, racismo).

    Aunque siempre estuvieron entre nosotros, los populismos no se limitan a mentir sin escrúpulos, sino que sacan lo peor de cada cual. Enfrentan a comunidades, a países, a creencias religiosas, a personas que hablan distintas lenguas, radicalizándolos y diciéndoles que se tienen que sentir orgullosos de sus diferencias y no de las cosas que los unen. Señalando a los otros, los que no son exactamente iguales, como enemigos potenciales. Polarizan de forma salvaje a sociedades que antaño progresaban unidas, haciendo imposible la convivencia y retrasando varias décadas el crecimiento económico, cultural y humano, instalando valores contrapuestos a la ética y la moral que rigen la conducta de seres civilizados. Seres que se niegan a volver, una y otra vez, a la selva. Son los nuevos totalitarismos del siglo XXI. Por su parte, en el mundo de la cultura, se propugna un frente único, de un único pensamiento y un único y paritario analfabetismo, con el objeto de desposeer de criterio y pensamiento independiente a los ciudadanos. El populismo siempre iguala desde lo más bajo, desde una ínfima formación y un ínfimo nivel de educación, con lo cual es mucho más fácil vender productos, inculcar ideas y segar divergencias.

    Mercedes Monmany es escritora y crítica.

  2. Ignacio Sánchez Cámara: «La política de las masas»

    Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del Derecho
    Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del Derecho

    El populismo es la política del hombre-masa en rebeldía, en el sentido orteguiano, del hombre que no reconoce modelos ni instancias superiores a su arbitrio. Representa la corrupción de la democracia: la democracia radical y morbosa. Propugna la acción directa y desprecia los mecanismos de la democracia representativa. Desprecia convencer; sólo impone. El populismo sólo renuncia a la violencia estratégicamente. Odia el liberalismo en el sentido de Marañón (y en los otros): ser liberal consiste en dos cosas: «estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo» y «no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin». Sus formas clásicas en el siglo XX han sido el comunismo y el fascismo. Hay, por tanto, populismo de izquierdas y de derechas. En tiempos moralmente débiles no es extraño que hayan aparecido también populismos «débiles».

    El populismo apela a emociones primitivas y renuncia a la razón. Ignora el noble sentido de ejemplaridad de las élites y las reduce a los poderosos corruptos. Exhibe un politicismo integral. Todo, para él, es política. Ortega afirmó que quien nunca se ocupa de política es un inmoral, pero quien sólo se ocupa de ella y todo lo ve políticamente, es un majadero. Tres son sus conceptos fundamentales: el pueblo, la élite y la voluntad general. Se apropian indebidamente de la democracia. De tener alguna relación con ésta, la suya sería una democracia totalitaria. Aman la igualdad y odian la libertad. Los populistas invocan la existencia de poderes malignos ocultos. Richard Hofstadter describió el populismo como «el estilo paranoico en la política». El populismo no entraña la profundización de la democracia sino su destrucción. Constituye la apoteosis de la demagogia. El populismo es la política de la «rebelión de las masas», la política contra la libertad.

    Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho.

  3. Gabriel Tortella: «Democracia y populismo»

    El economista e historiador Gabriel Tortella
    El economista e historiador Gabriel Tortella

    Sabemos, al menos desde Aristóteles, que la democracia puede degenerar en demagogia. El populismo es un tipo de demagogia, la demagogia del siglo XXI, pudiéramos decir, aunque en realidad apareció en Hispanoamérica a mediados del siglo XX, personificada por Getúlio Vargas en Brasil y Juan D. Perón en Argentina. La Academia define la demagogia como «dominación tiránica de la plebe con aquiescencia de ésta». El populismo viene a ser la misma cosa. En la era democrática, se caracteriza porque esa aquiescencia es ratificada en los comicios.

    Recordemos que la democracia es un sistema de gobierno muy malo: su única virtud es que las alternativas son aún peores (el primero en decirlo fue Churchill). El verdadero problema de la democracia son los electores, que a menudo se dejan engañar, están mal informados, no entienden lo que votan, y cambian de opinión como veletas. Los electorados enloquecen cuando sienten que su nivel de vida está amenazado. Entonces van a las urnas dispuestos a votar a quien les prometa un remedio simple a sus temores. Además, cuando se sienten amenazados, los votantes se tornan intensamente paranoicos y ven enemigos por todas partes. En la Alemania de 1930 eran los judíos; hoy en muchos países europeos, los inmigrantes. En el Reino Unido, los inmigrantes y la UE. En América Latina, el imperialismo, sea yanqui, británico o español. En Estados Unidos, las importaciones de países extranjeros con salarios bajos. Para muchos españoles, los bancos son los villanos; y, si se tercia, el capitalismo entero.

    Para el político populista un electorado atemorizado y paranoico es presa fácil. Lo atestiguan el éxito de Trump y el resultado del Brexit, donde los votantes ingleses, inducidos por demagogos populistas y creyendo dar una lección a los burócratas de Bruselas, han metido a su país en un atolladero del que no puede salir bien parado. La paranoia es mala consejera. ¿Hay remedio? Un electorado bien educado es menos crédulo. Y una juiciosa dosis de cargos vitalicios y no renovables puede atemperar los vaivenes del electorado. Un periódico monárquico forzosamente debe concurrir con mi propuesta.

    Gabriel Tortella es economista e historiador.