HABLEMOS DE POPULISMO

Populismos, ¿Todo por el pueblo? (I)

El populismo está en auge. Algunos intelectuales nos explican el fenómeno y sus peligros

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  1. Gabriel Albiac: «De un letal anacronismo»

    El filósofo Gabriel Albiac
    El filósofo Gabriel Albiac

    Más religión que política, el populismo es un salvacionismo: identificación afectiva con un pueblo de Dios llamado a instalarse ya en el paraíso. Se articula en lo organizativo como una secta: sus fines son milenaristas, sus valores les vienen de un absoluto al cual nada podría resistirse, su líder -siempre singular y crístico- es vehículo a través del cual habla la Providencia y sus palabras no pueden ser cuestionadas. No es un pensamiento. Es una teología política. Y, como tal, la eficacia con la que sus sectarios aplican sus directrices es temible.

    «Populismo» no existe en los diccionarios europeos del siglo XIX. Su irrupción léxica data de 1912. Es el recurso que acuña Grégoire Alexinsky en «La Russie moderne» para dar traducción al ruso «narodniki». El término -en literalidad, «yendo hacia el pueblo»- designó a la oleada milenarista que, frente al despotismo zarista, fue puesta en pie por igual por popes y agitadores. Sus fieles profesaban una obediencia mística a sus guías y derivaron al terrorismo suicida. «Los demonios» de Dostoievski permite hacernos una idea de su letal pureza.

    Sus claves últimas -fe en el destino celestial y obediencia ciega al guía- fueron detectadas por los nacientes fascismos como elementos preciosos para su específica variedad totalitaria. El irracionalismo de su cesión afectiva en el Caudillo ajustaba como un guante a la hipótesis de trabajo que Hitler iba a desplegar sobre Centroeuropa.

    De ahí, de Alemania y sobre todo de la Italia de Mussolini, lo tomará Juan Domingo Perón a su retorno a Buenos Aires. Y la impronta populista del peronismo blindó en él una perennidad que ninguno de los fascismos europeos logró. De Perón, lo tomará Laclau, para proponerlo como alternativa al decaído marxismo de final del siglo XX: nada de racionalidades; identificación sentimental con el líder, Carl Schmitt tiene razón, no Lenin.

    Esto de ahora es la harapienta herencia de un peronista harapiento. Filtrada por la harapienta precariedad mental de jóvenes sectas que se piensan ejércitos angélicos. Puro anacronismo. Pero lo más estúpido funciona. Así son los hombres

    Gabriel Albiac es filósofo.

  2. Mira Milosevich: «Lecciones que no aprendemos»

    La investigadora Mira Milosevich
    La investigadora Mira Milosevich

    El populismo y el nacionalismo son hermanos gemelos. Su vínculo ha permanecido estable a lo largo de los últimos siglos dejando como poso una serie de lecciones que, al parecer, nunca vamos a aprender. No es que seamos tontos del todo, es que el populismo, lógicamente, ha evolucionado durante este tiempo. Hoy dispone de una herramienta muy poderosa de divulgación, que son las redes sociales. En el siglo XIX está claramente unido al nacionalismo, que consagra al pueblo como creación de Dios. En el XX se relaciona con los totalitarismos: Hitler, por ejemplo, empieza con un discurso populista que culmina con la supremacía de la raza aria. El fenómeno prende en las repúblicas «populares» socialistas del este de Europa, algo que conozco bien [Mira Milosevich nació en Belgrado, en la antigua Yugoslavia].

    Finalmente, en el siglo XXI está relacionado con ciertas «dolencias» de la sociedad e inaugura un discurso nuevo contra la corrupción, la casta, el establishment. Combina dogmatismo con angustia. La inmigración -y también la emigración de talentos-, el miedo, la xenofobia, el odio religioso en Europa y Estados Unidos son elementos que se incorporan a esta especie de gatillo de una pistola, desubican el problema y lo llevan a un nivel irracional, emocional.

    ¿Cómo combatir el populismo? Desde luego, viajando, cultivándose. Eso nos ayudará a impedir que problemas reales se desplacen a un ámbito no racional, dogmático, donde la angustia y el miedo desborden la esfera de la política. Es necesario advertir a las poblaciones del peligro de los líderes carismáticos que carecen de capilares democráticos. Y, por último y más importante, devolver el valor a la democracia representativa. Nos hemos perdido en consultas populares, y las carga el diablo. Puedes organizar un referéndum sobre la comercialización de la marihuana, pero es un peligro hacerlo sobre asuntos como el Brexit, porque hay un gran espacio para la manipulación.

    Mira Milosevich es investigadora del Real Instituto Elcano.

  3. César Antonio Molina: «Cadenas para la libertad»

    César Antonio Molina es escritor
    César Antonio Molina es escritor

    Hoy, como siempre, a veces con distintas denominaciones, el populismo es la antesala de los totalitarismos. Y los totalitarismos, de uno u otro signo, son la destrucción a conciencia de la democracia y de todos sus valores de paz, igualdad y convivencia, sustituidos por el terror, el miedo, la supresión de la libertad y todas sus garantías. Los ciudadanos pasan a ser los principales enemigos del poder. El terror arrasa los límites de las leyes, los canales de comunicación entre los individuos y suprime el espacio vital para la libre circulación. Del miedo, decía Montesquieu, que era un principio de acción y, como tal, tenía consecuencias impredecibles.

    Todo se desertiza por la arbitrariedad de quienes manipulan a las masas. Uno de los elementos que utilizan los populistas es el Referéndum, tan solicitado por los nacionalistas. Un Referéndum parece democrático, pero no lo es. Los espectadores son arrastrados al escenario para dar un simple sí o no, a una proposición en cuya preparación no han tenido participación alguna. Esta democracia de la audiencia, del espectador y plebiscitaria produce una democracia fantasmagórica, sujeta al albur de quienes manipulan las convocatorias y las preguntas. Además siempre se puede convocar otro Referéndum, el golpe de estado promisorio siempre planea en la mente de los instigadores. Todo conlleva a la destrucción de los límites, la legalidad, las garantías democráticas.

    El populismo, ausente de Europa durante décadas de progreso y paz, se ha vuelto a instalar dentro de nuestras propias entrañas. Es una amenaza terrible y hay que mentalizar a la gente para defender la democracia y su libertad. En «Los hermanos Karamazov», Dostoievski le hace decir a uno de sus personajes, Zósimo, «todos somos responsables de todo y ante todos, y yo más que nadie». La culpa de que esta carcoma avance de nuevo por nuestro continente, no será de los demás sino también de nosotros mismos de no poner empeño en erradicarlo.

    César Antonio Molina es escritor.