Ilustración de Laura Liedo que representa el auge del discurso populista
Ilustración de Laura Liedo que representa el auge del discurso populista
UN FENÓMENO EN AUGE

La hora del populismo: soluciones improbables para una queja justa

Nuevos partidos cuestionan la democracia liberal al plantear un enfrentamiento entre las élites dirigentes y los ciudadanos que se han quedado atrás

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Cuando los eruditos del futuro estudien el sarpullido populista del inicio del siglo XXI, probablemente señalarán 2016 como el pistoletazo de arranque. Ese año se registraron dos seísmos en las urnas que supusieron una desobediencia masiva del público frente a las admoniciones de las élites dirigentes (políticas, económicas e intelectuales). En junio, los británicos eligieron la arriesgada vía del Brexit, desoyendo el consejo -razonable- de la clase patricia que siempre había tutelado el país y el de «los expertos», abiertamente despreciados por la exitosa campaña del «Leave», que los ridiculizó con el mote de «Proyecto Miedo».

En noviembre, un millonario «outsider» septuagenario y pintoresco, salido de la televisión y del negocio inmobiliario, ganó las elecciones de Estados Unidos (aunque es cierto que con tres millones de votos populares menos que su oponente). Los 62,9 millones de estadounidenses que optaron por Trump también hicieron oídos sordos a todos los especialistas y a los consejos editoriales de la prensa clásica. «La gente» reclamaba su soberanía frente a las élites.

El Brexit y el «trumpismo» estallaron como la queja chillona de quienes se sentían olvidados y relegados en el nuevo mundo global. Ciudadanos occidentales cuya vida real ya no mejora (y menos desde el revolcón que siguió a la caída de Lehman Brothers en 2008), o que sienten que su identidad no está siendo respetada, o tal vez ambas cosas. Las preocupaciones cotidianas de esas personas se encuentran a años luz de los debates de los líderes cosmopolitas de los salones de Davos. La novedad de la globalización los incomoda y perciben que la desigualdad aumenta. Pagan impuestos puntualmente, pues no tienen otra alternativa, pero saben que los gigantes monopolísticos de internet se escabullen y que se lucran en una realidad virtual que escapa al control de los gobiernos nacionales y dirige ya nuestras vidas. Añoran un pasado idealizado. Desean recuperar un sentimiento de comunidad perdido, en teoría amenazado por la llegada masiva de inmigrantes (la incorporación de mano de obra y talento extranjero beneficia al conjunto de la economía, pero crea fricciones a nivel local, por ejemplo con la sobrecarga de los servicios sociales). Perplejos y doloridos, observan que por primera vez, tras largas décadas de progreso continuo en Occidente, puede que ahora los hijos comiencen a vivir peor que sus padres.

Malestar justificado

Ese malestar, que es el germen del populismo, resulta legítimo. También lo es la pretensión de los partidos populistas de darle respuesta. El auténtico debate debería radicar en si realmente esas nuevas formaciones poseen soluciones para el problema o simplemente solo saben señalarlo con resultones aspavientos de «marketing» político y líderes carismáticos. La medida más importante hasta ahora de Trump, que llegó al poder como defensor de las clases medias y bajas que se habían quedado atrás, los «left behinders», ha sido bajar los impuestos un 20 por 100 a los súper-ricos, lo que agudizará la desigualdad en lugar de beneficiar a aquellos a los que apeló y confiaron en él. Los populistas transalpinos ya han logrado sumir a Italia en la recesión en tiempo récord. Una vez en el poder, los populistas de extrema izquierda de Syriza se han olvidado de toda la demagogia neocomunista que les sirvió para alcanzarlo, que solo conservan como un ornato verbal.

El populismo no va a pasar rápidamente. La crisis le dio alas. Revivirá incluso a un repunte económico

Un populista de derechas ha ganado también en Brasil y esas formaciones han dado grandes estirones electorales en Suecia, Holanda o Alemania. La exitosa irrupción de una nueva fuerza nacionalista-populista, Vox, marcará también las elecciones españolas del próximo día 28. La democracia liberal se ve cuestionada desde dentro por partidos y dirigentes que dicen encarnar a las personas de a pie olvidadas por el «establishment». Aunque a veces se da la paradoja de que quienes se erigen en paladines de la «gente corriente» representan todo lo contrario, como los excéntricos multimillonarios Trump y Berlusconi, o a su modo autoritario, el propio Putin (un actor importante en la expansión del populismo en la Unión Europea al instigarlo bajo cuerda). El pinchazo de Podemos atiende al grave error táctico de Iglesias e Irene Montero de entregarse a un boato que «la gente» no tiene a su alcance.

Repunte autoritario

La democracia liberal vivió su edad de oro tras la Segunda Guerra Mundial. Tomando la jerga del economista Schumpeter, cabría afirmar que aquel horror planetario supuso al tiempo un proceso de «destrucción creativa»: el mundo quedó destrozado y hubo que volver a montarlo, lo que disparó la economía en las décadas de los años cincuenta y sesenta. Bajo la «Pax Americana», la democracia liberal daba por fin voz a todo el público y la prosperidad parecía la pauta perenne. La caída del Muro de Berlín en 1989 se leyó como el triunfo definitivo del modelo occidental. Ilusamente, el entonces joven pensador Francis Fukuyama llegó a proclamar «el fin de la historia», pues ya no cabía alternativa ideológica.

Pero la fórmula se fue agotando. Contra pronóstico, se ha producido incluso un repunte del autoritarismo (Turquía, Rusia, Venezuela, Filipinas...). China, que pronto será la primera potencia mundial, predica que la libertad no es sinónimo de éxito, al revés, la desaconseja y reprime. Trump reniega de la «Pax Americana» y ha convertido a los aliados occidentales de su país en su blanco predilecto, sin reparar en que se está pegando un tiro en el pie, pues sin EE. UU. mal cabe hablar de Occidente.

El populismo ha desfondado a los partidos socialdemócratas clásicos

En Europa, los partidos conservadores acabaron asumiendo como propio el Estado del bienestar, privando así a la socialdemocracia de su principal seña de identidad. Los partidos que sostenían el bipartidismo se tornaron cada vez más similares. Como señala con ironía certera el politólogo alemán Jan-Werner Müller «las elecciones se empezaron a convertir en algo así como elegir entre la Coca-Cola y la Pepsi-Cola». Durante la posguerra, democristianos y socialdemócratas suponían el 90 por 100 del voto en Alemania. En las elecciones de 2017 captaron solo el 53 por 100.

El aprecio por la democracia liberal se ha desplomado, tal vez porque se da por hecha. Nadie valora el aire que respira hasta que se vuelve nocivo. Cuando en una escala de uno a diez se solicitaba que valorasen qué importancia tenía la democracia en sus vidas, la generación de los estadounidenses que lucharon contra Hitler y los «baby-boomers» señalaban casi unánimemente que «un diez». Entre los «millennials» solo uno de cada tres le otorga la máxima puntuación.

El populismo ha desfondado a los partidos socialdemócratas clásicos, que directamente han desaparecido en Italia y Francia. Los que perviven lo hacen adoptando ropajes populistas, como el PSOE de Sánchez. El voto comunista de la clase obrera francesa se ha trasvasado al Frente Nacional de Le Pen, pues sienten que aborda mejor su resentimiento y sus preocupaciones cotidianas, que ya no están en el debate ideológico izquierda-derecha que marcó el siglo XX. Lo mismo ocurrió en el Reino Unido con el voto laborista fugado en su día a UKIP.

Élite cuestionada

El ensayista Mark Lilla, un estudioso de centro-izquierda que imparte clases en Columbia, ha explicado con perspicacia que los partidos de izquierda se han desfondado electoralmente por su énfasis en el «progresismo de identidad». Se centran en atender a sucesivas minorías marginadas, olvidando a la corriente central de la sociedad. Los votantes de clase obrera se ven abandonados por esa micropolítica y entonces abrazan soluciones populistas. Así perdió el Partido Demócrata ante Trump, que fue quien habló para el cuerpo ancho de la sociedad (amén de que presentaron una pésima candidata, pues Hillary Clinton constituía un paradigma de esa élite liberal ahora puesta en cuestión).

El Brexit y el «trumpismo» estallaron como la queja de quienes se sentían relegados

El populismo es un movimiento «antiestablishment», que desafía a una élite y desprecia los valores de la democracia liberal. Pero en contra de los vituperios de la izquierda no es fascismo, pues no apela a la violencia. Además, aunque erosiona internamente a la democracia en su actual formulación, no proclama un deseo franco de destruirla. Su propagación se ha visto alzaprimada por internet, que ha debilitado la capacidad de los medios clásicos de orientar a la opinión pública y que ha traído la novedad de las redes sociales, poderosísima herramienta de reafirmación de prejuicios. Además, las redes son instantáneas y la política, lenta. El público, acostumbrado a la velocidad-«web», ya no transige con la parsimonia de la clase política ante sus problemas diarios.

Identidades

El debate ya no es de clase. Se ha vuelto moral y de justicia, de ahí el pinchazo también de partidos conservadores clásicos que vendían como punto fuerte su capacidad de gestión, caso del PP, que se ha visto fragmentado por una escisión nacionalista y emotiva. Para el populismo, la identidad nacional y la personal deben primar sobre la globalización y el cosmopolitismo. «La gente» se revuelve contra «los amos del universo».

Los populistas, adictos a la simplificación y el maniqueísmo, pretenden que existe una solución buena que sirve para todo el mundo y que además es de puro sentido común. Rousseau -padre de tantas malas ideas- sostenía que la gente es algo más que una colección de individuos, es un actor unitario; una idea refutada por liberales como Edmund Burke o John Rawls. La democracia liberal entiende que el público es plural y tiene intereses diversos. Pero el populismo en cambio es homogéneo. Además, en su visión la gente es pura, por lo que si las cosas van mal la culpa ha de recaer necesariamente en una élite corrupta.

El populismo no va a pasar rápidamente. La crisis le dio alas. Pero probablemente perviviría incluso a un repunte económico, porque como señaló en su día Nigel Farage, el estrafalario e inteligente bocazas que al frente de UKIP volteó la política británica: «Hemos ganado ya, porque hemos logrado alterar el discurso». Solo tiempo -y la educación- dará o quitará razones.